Oh Sees en el Teatro Margarita Xirgu: El poder de la catarsis.

Crónicas
Oh Sees en el Teatro Margarita Xirgu: El poder de la catarsis.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Chechu Dalla Cia

Los califonianos tal vez hayan dado uno de los shows más intensos de este año, al punto que un público completamente embelesado por su propuesta terminó completamente exhausto. Una experiencia intensa, única y esperemos que no irrepetible.

Si alguien duda que la música tiene un sentido catártico, debe ver en algún momento de su vida un show de Oh Sees. Esta afirmación que parece exagerada seguramente no lo es para quienes estuvieron el viernes a la noche en un Teatro Margarita Xirgu acondicionado especialmente para el magma adrenalínico que produjo la banda guiada por el inclasificable John Dwyer.

Si tuviéramos que definir su música deberíamos hablar de un oxímoron permanente; principalmente porque la música de los californianos se siente bien en los extremos: es furia mezclada con calma, es hardcore punk mezclado  con grandes zapadas psicodélicas y finalmente es delirio y descontrol escénico mixturado con una impecable capacidad para no perder en ningún momento el eje hacia donde se dirigen las canciones. A ese lugar fuimos los presentes desde el minuto cero de un viernes que, entrada la madrugada, abrió las puertas para una experiencia transformadora.

Si bien muchos conocíamos la potencia en vivo del grupo, la sensación a lo largo de la noche fue la de encontrarnos con lo que el rock debería ser: la música de Oh Sees es potente, ruidosa y fundamentalmente peligrosa. Ese vértigo en el que nos envolvió la banda tal vez sea el mejor adjetivo para definir lo sucedido, al punto que un público totalmente exaltado pareció engancharse desde el minuto cero con la propuesta. Un teatro sin butacas fue el espacio propicio para generar un ambiente vital y liberador en el que el pogo y el mosh fueron la respuesta concreta a las explosiones sonoras que vinieron del escenario. La gran muestra de esto que decimos vino al comienzo del show con una serie de imágenes antológicas. Por un lado los patovicas intentando que la valla no ceda ante la presión de la gente por generar su propio accionar, por el otro el mismo Dwyer desenchufando la guitarra y yendo hacia ese lugar a putear a alguien de seguridad que trató mal a alguien del público. ¿El resultado? Alguien de ese mismo público saltando desde ese escenario en modo stage diving hacia la gente. Un verdadero símbolo de lo que fue una noche en donde la euforia y la entrega dominaron el ambiente.

Desde el punto de vista musical es inevitable pensar a Dwyer como un acelerado e hiperquinético director de orquesta de una banda al servicio de sus locuras. Lo suyo en el escenario fue prácticamente inclasificable. Con la guitarra bien arriba, rodeado de pedales, synths y micrófonos manejó la tensión de las canciones a su gusto sin por ello caer en ningún momento en el descontrol ni en la zapada sin sentido. Con un sonido fuerte claro y nítido la sensación fue que la banda no hizo nada más ni nada menos que retroalimentarse de su propia energía. Entonces cada quien tuvo el protagonismo necesario para que esto sucediera. En este sentido la relación entre las sonoridades de la guitarra y los synths de Dwyer tuvo su correlato en el impecable trabajo de Tomas Dolas en los teclados, quien fue el encargado de generar las capas y capas de sonidos necesarios para que las canciones lograsen una cacofonía orgánica. Tim Hellman desde un bajo omnipresente y bastante arriba en la mezcla aportó la contundencia necesaria para que las canciones funcionaran generando una alianza clara con sus compañeros: mientras los otros generaban espacios de alto vuelo, el permaneció rasante para sostener las canciones.

El trabajo de la doble batería ejecutada por Dan Rincon y Paul Quattrone fue sencillamente revolucionario. Si uno supone que una doble presencia percusiva puede generar un efecto de contundencia, viendo a Oh Sees se queda corto con esta afirmación. Si bien como dijimos la banda abunda en sonoridades aquí lo dos protagonistas fueron capaces de generar algo pocas veces visto. Por momentos funcionaban de manera gemela y paralela en una especia de coreografía alucinante que tuvo un punto alto en la genial “Withered Hand” o en la graciosa “C”. En otros lograron una independencia admirable entre si, al punto de que el mismo Dwyer los dejó zapar en soledad hacia el final del show y dio una vuelta por todo el lugar para entrar al escenario por adelante, prenderse un cigarrillo y continuar con la zapada.

En este contexto un show explosivo y urgente en que canciones como “Tidal Wave”, “Animated Violence”, “I Come from the Mountain” o “Toe Cutter / Thumb Buster” mezclaron sin ningún tipo de complejo la psicodelia pop de los sesentas, el riff sabbathico, el punk y la velocidad desmedida;  dos extensas versiones de "Gelatinous Cube" y "Contraption / Soul Desert" envueltas en una zapada lisérgica, fueron el cierre de un show donde por casi una hora y media público y banda se olvidaron literalmente de lo que pasa ahí afuera. Salir a la calle fue encontrarse con la propia realidad y empezar a preguntarse ¿Cuándo vuelven? Seguramente pronto.

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