Acorazado Potemkin en el Teatrito: Otro porvenir.

Crónicas
Acorazado Potemkin en el Teatrito: Otro porvenir.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Chechu Dalla Cia

Para una banda que a lo largo de los años ha hecho bandera de la independencia y la autogestión no solo desde el punto de vista práctico sino también ideológico, seguramente llegar a diez años de carrera y festejarlo con un lugar como El Teatrito colmado funciona como un premio merecido. Tal vez por eso, los rostros de los que estaban sobre el escenario y los que estaban debajo de él tenían la misma expresión de alegría, dando la pauta de que en la noche del viernes hubo un mensaje común, colectivo y esperanzador.

En este contexto a lo largo de más de una hora de show el trío supo mostrar su versión más frenética y potente. Sosteniendo firmemente la idea de que las canciones hablan por sí solas, el recorrido por los tres discos Mugre (2011), Remolino (2014) y Labios del Río (2017) fue desgranándose con vértigo y fiereza sin por ello dejar de lado momentos de sutileza.

En este sentido el aporte de cada quien fue claro en pos de lograr esta amalgama entre las distintas atmósferas sonoras que propone el trío. Desde la batería, Luciano “Lulo” Esain fue quién llevó al grupo hacia la bien entendida desprolijidad del punk. Canciones como “Remolino”,  “Desert”, “Pintura Interior” o “A lo mejor” explotaron y cobraron velocidad en sus manos hasta generar una de las improntas que definen al grupo: si uno es un avezado escucha de las grabaciones de la banda y luego los va a ver en vivo se da cuenta que las canciones toman nueva forma. Pocas veces se tocan igual a como fueron concebidas. Entonces  de la mano de “Lulo” cobraron vértigo y crudeza al punto de que fue inevitable para el trío no dejarse tomar por esos estados. Por otro lado, canciones como “Sabes”, “La Mitad” y “Misere” tal vez fueron las que mejor expresaron el aporte de Fede Ghazarossian en el bajo. Aprendiz en la escuela post punk, cada melodía que propone desde las cuatro cuerdas fue un arreglo que llenó con maestría melódica los espacios. Tal vez por eso no resulta raro que uno dedique varios minutos durante estas canciones a observar como el bajo marca el pulso melódico de de manera a veces simple, otras compleja y siempre atrayente. Finalemente, el aporte de Juan Pablo Fernandez tuvo la difícil tarea de repartir su tiempo en escena entre el labor como guitarrista y como cantante (para la que Lulo desde los parches aporta una interesante base de coros). “Flying Saurces” y “Sopa de Alambre” tal vez son las que mejor sirven para fotografiar la el desempeño detrás de las seis cuerdas. La primera porque es una muestra de su capacidad para jugar con las sonoridades y la distorsión, la segunda porque le permitió armonizar con una de las invitadas, Christine Brebes, quien le dio un vuelo interesantísimo a la canción desde su aporte con el violín. La interacción entre los instrumentos construyó uno de los grandes momentos de la noche, dato nada menor si pensamos que el show se sostuvo la mayor parte del tiempo en la interacción entre los tres integrantes. “Mundo Lego”, “Reconstrucción” y “El Rosarino”, por su parte, mostraron algo del peculiar fraseo vocal que funciona como marca registrada de la propuesta de AP. La primera principalmente por el interesantísimo gesto de deconstrucción que implica relatar una historia desde el punto de vista femenino (recordemos que la letra es de Josefina Saffioti), la segunda por la impronta tanguera y arrabalera que cobró sentido gracias a la figura del Cardenal Dominguez en las voces y finalmente la tercera por contar una historia irónica y trágica en la que los arreglos vocales fueron construyendo distintos estados dramáticos, paródicos y felices. En el resto de las canciones, Juan Pablo fue capaz de mostrar una capacidad interpretativa bien ajustada a la necesidad de cada tema. Desde el recitado, pasando por canción más primaria y transitando estados como la desesperanza, la redención y hasta las atmósferas épicas, su capacidad para realizar acuarelas íntimas, urbanas, individuales o colectivas con un tono tan melancólico como urbano, sonó con fuerza durante la noche porteña.

Tal vez por eso, a la hora de cierre, la imprescindible “El Pan del Facho” fue la mejor manera de congregar a un público que en cuanto a edad y momento vital se acerca mucho a lo que sucede sobre el escenario. El final de la canción repetido al infinito con la frase “Otro porvenir” tal vez sea la mejor manera de dar cuenta de los tiempos que corren. El futuro será nuestro parecieron decir los Acorazado Potemkin. Depende de nosotros lo que suceda.

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