Graveyard junto a Güacho y El Triángulo: Música de Contrastes

Crónicas
Graveyard junto a Güacho y El Triángulo: Música de Contrastes
Texto: Carlos Noro | Fotos: Jorge Sebastián Noro

Tres propuestas que no temen mezclar estilos e influencias con un resultado más que atractivo.

Escuchar a Graveyard en vivo permite encontrarse con sus distintas dimensiones. En este sentido hay una primera conclusión bien concreta: los suecos saben lo que hacen y cómo hacerlo. Su blues a veces suena más pesado, en otros momentos más clásico y en otros más psicodélico y oscuro. En algún punto tal vez la tensión entre blusear  o no las canciones parece ser la mejor manera de definir la propuesta cruda, orgánica e hiper prolija del cuarteto. En ese lugar se ubicaron las canciones que mostraron en esta primera visita a argentina.

El inicio con “Hisingen Blues” que cuenta la vieja historia del encuentro con el diablo, fue una interesante manera de comenzar la noche,  principalmente porque la respuesta del público fue instantánea. El vibrante y ganchero riff tuvo un impacto certero. Mientras varios y varias (sorprendió la cantidad de chicas en el show) movían la cabeza al ritmo de las violas, otros y otras intentaban un mini pogo dando la pauta de algo que se repetiría constantemente a lo largo del show: en aquellas canciones donde el riff pirotécnico y sanguíneo marcó el pulso, la respuesta fue acompañada por el frenesí del público. En los momentos donde las atmósferas fueron más bluseras y climáticas, hubo aplauso respetuoso casi como esperando que la banda explote todo el tiempo, algo bastante improbable para un grupo que hace de esta tensión entre su faceta más atmosférica y su lado más pirotécnico, la manera de entender la música.

En este sentido canciones como “Walk on” mostraron ese lado más blusero del que hablamos, mientras otras como “Cold Love” y “Uncomfortably Numb” y “Hard Times Lovin´” mostraron algo de los dos mundos. La primera tuvo un comienzo bien blusero y luego explotó a puro riff, la segunda ¿una respuesta a la canción Floydiana? fue hiper festejada tal vez porque todos sabían que el blues épico y melancólico con el que la canción comenzó, iba a subir irremediablemente en intensidad hasta explotar en un vendaval sonoro de riffs distorsionados. La tercera fue capaz de torcer el volante sonoro transformando una canción digna del mejor rhythm  and blues estadounidense en una pieza de hard rock épico. En este punto es bueno destacar la habilidad de la banda para ir proponiendo sonoridades en la que cada quien aporta lo necesario para que todo funcione con una precisión milimétrica.  Definitivamente una de las grandes virtudes que tuvo Graveyard en vivo y en directo fue por el lado de que cada quien cumplió con maestría su papel con un nivel de concentración absoluta. Si hablamos de Joakim Nilsson lo primero que tenemos para decir es que transitó con soltura la complicada tarea de dividir su tiempo en escena entre la guitarra y su labor como cantante sin ser demasiado comunicativo con el público o tal vez intentando que las canciones hablen pos si mismas. Canciones como “Ain't Fit to Live Here”  lo mostraron con un caudal de voz rasposo y agresivo lo que siempre terminó por mostrar su adn blusero algo que en el blues deforme “Low (I Wouldn't Mind)” terminó por salir a la luz con claridad. Desde el punto de vista de la guitarra,  la interacción con Jonatan Larocca-Ramm fue evidente, al punto de que durante toda las noche las armonías de guitarras gemelas, los arreglos complementarios y la sensación de zapada dirigida fue palpable en cada canción. En este sentido la propuesta de este último vino por el lado de sostener melódicamente lo que fue sucediendo. “Bird Of Paradise” única canción cantada por el bajista Truls Mörck, dio la libertad suficiente para que los dos guitarristas interactúen entre si y dio una interesante perspectiva de la intensidad musical que logró la banda cuando se embarca en una guerra de riffs muchas veces impedida por la exigencia vocal de las canciones.

Tanto el ya mencionado Truls Mörck como el baterista Oskar Bergenheim (quien ingresó a la banda en el 2017 luego de un breve periodo de separación) fueron quienes aportaron los cimientos sonoros para que la estructura musical cobre forma. El primero con interesantes líneas melódicas y con un instrumento siempre presente en la mezcla final. El segundo con un golpe rudo y pesado, más cercano al hard rock y menos al blues lo que de alguna manera contribuye a confirmar la hipótesis de que el grupo transita con soltura los dos universos.

Llegando al final canciones como “An Industry of Murder” (con un riff casi calcado de “Seis vírgenes descalzas” de Babasónicos) y “The Siren” fueron capaces de definir este contraste del que hablamos principalmente porque “An Industry…” volvió a mostrar la faceta más riffera mientras que la última canción de la noche mostró un blues lo suficientemente tenso y dramático para servir de síntesis de todo los transitado durante el intenso set de los suecos. Interesante primer visita y vuelta asegurada. Bien por ellos a la hora de manejar sus propios contrastes.

El Triángulo y Güacho: Abriendo caminos

De alguna manera las propuestas nacionales siguieron la lógica de contrastes que propusieron los suecos. El Triángulo mostró una propuesta interesantísima en la que interactúan el rock nacional de los setentas (especialmente desde lo vocal con una voz aguda y trabajada) con elementos de psicodelia y mucha pericia técnica. No es casual entonces que los tres integrantes lucieran remeras de Pescado Rabioso, Pink Floyd e Infectious Grooves; un poco en esa mezcla se sitúa la banda que por momentos transita atmósferas jazzeras, otras psicodélicas y  que permanentemente da la sensación de que sus canciones están trabajadas desde la zapadas. “Raíces” la canción con la que cerraron mostró una verdad concreta que dejó la conclusión de su set: todos venimos del rock pesado y Pappo´s Blues es el responsable.

En el caso de Güacho, la principal noticia de la noche fue que el trío platense tomó la decisión de separarse por lo que fue un show particular para una de las propuestas más interesantes que surgieron en los últimos tiempos. Como siempre el trío (Lisandro Castillo en la guitarra y voces, Hernán Torres en la batería y Joaquín Castillo en bajo con la aparición de Juan Marcos Borba ex Sutrah para sumar al guitarra en algunas canciones) mostró su música que se caracteriza por encontrar base en el blues, en la psicodelia, en el rock pesado o en cierta percusión más moderna, entre otras maneras de entender la música. “Somos una banda extraña” dijo Lisandro Castillo antes de despedirse. Se los va a extrañar principalmente porque en esa extrañeza estaba uno de los atractivos de los de La Plata. Veremos que nuevas formas toman.

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