Periphery en el Teatro Flores: Auténtica coreografía sonora.

Crónicas
Periphery en el Teatro Flores: Auténtica coreografía sonora.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Seba Delacruz

La idea de metal contemporáneo es la idea que mejor cuadra con una banda como Periphery principalmente porque los estadounidenses son el resultado de una interesante mezcla de estilos entre los que se encuentra el Djent (una suerte de onomatopeya que sirve para describir el resultado de lo que implica usar palm mute en una guitarra afinada muy grave y con distorsión), la música progresiva bien pesada llena patrones polirrítmicos y una suerte de contraste entre la sensibilidad y la música de dientes apretados.

Cuando uno ve a la banda sobre el escenario es imposible despegarla de las tendencias de la música pesada de los últimos años. Barbas, saltos en escena y movilidad de todos los integrantes, seguramente deben mucho al metalcore, el look del vocalista Spencer Sotelo recuerda a una especie de Chino Moreno de Deftones con campera blanca y pantalones floreados mientras que el agite de todos es permanente. Nadie se queda quieto y todos esperan encontrarse cara a cara con el público.

Precisamente ese público estuvo lejos de llenar el Teatro Flores, pero mostró una efusividad y un conocimiento admirable de cada una de las canciones. En algún punto la respuesta de la banda fue acorde. Canciones como “Remain Indoors” dieron una muestra exacta de lo que puede hacer la banda en vivo. Si hay algo que caracteriza la propuesta del grupo, es su capacidad de construir una rara mezcla de canciones climáticas en donde la potencia sostiene la propuesta. En este sentido los breakdowns parece ser la puerta de entrada a las dos facetas: la tranquila donde la voz melódica de Sotelo brilla con maestría y la extrema donde todo parece transformarse en un grito catártico. Allí también Sotelo sabe ubicarse con claridad para soltar la furia que sostiene al grupo.

“Graveless” fue la primera canción que abrió la puerta al pogo circular y a la vertiente más primitiva del grupo. En este punto es bueno hacer una aclaración. Una de las grandes virtudes de la banda es su extrema prolijidad a la hora de generar riff imposibles. Claramente en vivo, esto se debió a la incansable interacción entre las guitarra de Misha Mansoor (líder del grupo y con un perfil bajísimo en vivo), Jake Bowen y Mark Holcomb quienes virtualmente se repartieron el protagonismo durante toda la noche. En este sentido fue interesantísimo observar como en canciones como “The Way the News Goes…” cada quien recorrió su instrumento generando una arquitectura sonora, pesada y melódica por partes iguales en la que la banda se sintió muy cómoda. Durante el resto de las canciones sucedió algo similar, hasta el punto de que nadie extrañó que no hubiera bajista en escena. Las afinaciones bajas y la capacidad de los guitarristas de ir ocupando incluso a lo largo de una misma canción la construcción de las bases junto a una muy eficiente labor de Matt Halpern desde los parches, dio la pauta que el nivel acrobático de las canciones no es casual. El grupo se conoce a la perfección y lo demostró en cada uno de los momentos del set.

Sobre el final de un show algo corto para lo que estamos acostumbrados (tocaron algo más de una hora que sin embargo dejó una buena sensación de mas) la seguidilla de “Milezero”, “Blood Eagle” e “Icarus Lives!” mostró una trilogía de sensaciones. La primera fue un contraste concreto entre la faceta melódica y emocional del grupo y sus explosiones sonoras. La segunda fue un golpe en la mandíbula por el nivel de pesadez que mostró, mientras que la tercera hizo saltar a todo el mundo. En cada caso la actuación de Sotelo fue descollante, principalmente porque su capacidad de gritar y cantar melódicamente rompe con los estereotipos del estilo. La música pesada puede ser sensible y emocional parece ser su mensaje y en vivo fue capaz de mostrar este contaste.

“Masamune” fue la canción previa a los bises con un público a esa altura entregado por la energía de Periphery. Si bien el sonido jamás terminó de acomodarse (si uno iba más adelante ganaba en nitidez) la imagen de Mansoor y Holcomb subidos a una tarima especialmente prepara a los costados para mostrarse al público tal vez haya sido la mejor manera de definir la caótica coreografía sonora que propuso la banda a lo largo de la noche. La vuelta para los bises con la emocional “Luna” fue un cierre épico en el que la participación de la gente dio el broche final a la noche. Buen show de una propuesta moderna, contemporánea y con sabor a futuro.

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