Max e Igor Cavalera en el Teatro Flores: Sobre Arise y Beneath the Remains

Crónicas
Max e Igor Cavalera en el Teatro Flores: Sobre Arise y Beneath the Remains
Texto: Emiliano Scaricaciottoli

Los dos discos más thrasheros de Sepultura llegaron al Teatro de Flores. Max & Iggor Cavalera, en compañía de los Soulfly Marc Rizzo-en guitarra- y Mike Leon-en bajo-, nuevamente, hicieron temblar el reducto de Av. Rivadavia para bienestar de tres generaciones de metaleros y de una escena que necesitaba la visita de padres dignos.

Alejandro Taranto me llama a las 17 hs del domingo 9 de junio. Necesito que me cuente cómo fue esa fecha con Lethal, la presentación de Arise en Halley, allá por 1991. Sí, no son los mismos, no somos los mismos. Y esos kilos de Max (sic) son directamente proporcionales a la potencia con la que el recuerdo se convierte en una realidad contradictoria. ¿Por qué volver a esos años trasheros de Sepultura, a la prehistoria de la banda que más nü metaleros cosechó en Latinoamérica? Beneath the remains (1989) fue el principio de un poderoso vínculo entre los Cavalera y Scott Burns, productor, también, de Arise (1991) y espalda vital de Roadrunner. Burns ya venía de producir a Death y este dato basta y sobra para entender las estructuras progresivas de “Mass hypnosis” (nuestra “Masa anestesiada” de la H) o las intro melódicas de “Dead embryonic cells”. Y también, ese curriculum bastó para que la escena del metal brasileño hacia 1991 le peleara cabeza a cabeza a las joyitas que se habían arrojado al mercado de la Bay Area al resto del mundo. El Black Album de Metallica, Seasons in the Abyss de Slayer, Rust in Peace de Megadeth y la novedad que revolucionaría las grietas del thrash en otras clasificaciones que los periodistas especializados aún hoy discuten: Cowboy from Hell de Pantera. Había que defender-pacto ético- la decisión de Max de salir de Brasil. Era la hora y el día. Pero el 11 de mayo de 1991, previo a la gira que los expatriaría de territorio carioca para siempre, un muerto, otros tantos demorados y detenidos por las fuerzas represivas y un eterno enfrentamiento-la grieta que el mercado quiere cerrar y que nos mantenía creando y levantando la vara- entre punks y metaleros enchastraron esa “emergencia”, Arise, sí, claro, para siempre. Lo que vino (pienso en Chaos A. D. y Roots) abrió otra puerta. Había que buscar otro mercado en el que competir. El nü metal duraría poco pero dejaría serias secuelas de las cuales aprender. Ahora, ¿por qué había que defender a escala continental el proyecto de Sepultura en la asociación con Burns? Porque Ácido Argentino jamás saldría de este suelo; porque la propuesta de Magos, espadas y rosas de Rata Blanca no había “evitado el ablande”. Porque a  Collor de Mello y a Menem no se los enfrentaba con dragones, ¿nos entendemos?

Curiosamente, y como Igor lo dijo en la reciente nota realizada para WYWH, Brasil y Argentina siguen votando a gobiernos de derecha, siguen enfrentando a algo más que “idiotas”  Reducir el problema político más grave de la contemporaneidad a un conjunto de “idiotas”, es, al mismo tiempo, desentenderse del peso específico (en sus líricas, sobre todo; y en sus violentos riffs) de estos dos discos vitales de Sepultura. Los “C.I.U (Criminals in uniform)” no son solamente los del pretérito carnal con Estados Unidos. Ahora también llevan uniformes y matan en la favela al mismo calibre que en el sur argentino. Pregúntenle a Santiago Maldonado o a Rafael Nahuel si no.

La sensación que me dejó la visita de Max & Iggor en esta coyuntura es contradictoria. Como diría David Viñas en ese programa del canal estatal llamado Los Siete Locos: “me siento rodeado de funcionarios y ex funcionarios”. En los alrededores, mientras la bola insufrible de saturación valvular de Proyect 46 sonaba (siendo generoso, claro), Joana Gieco y Alejo León (tecladista y guitarrista de Iorio) se sacaban una foto promocional en favor de la defensa de los océanos (o algo así, traté de no prestar mucha atención por prescripción médica), para no perder la costumbre de limpiarse la cara cuando papá está lejos. Por otro lado, el Tano Romano cerraba cuentas por celular mientras una horda de muchachitos y muchachitas lo rodeaba; Nekro se acodaba en la barra y pensaba. Creo que el show estaba más en el anillo del Teatro que en su interior sediento.

La salida de los hermanos fue ofensiva. Como la gira y los discos en cuestión lo proponían. El canto de “Sepultura, Sepultura” vino con el aliento de “Beneath the remains” al palo. Le siguieron unas arengas de Max que se repetirían durante toda la noche: “¡Chingada!”. Y el público mexicano (¿?) alentaba la brutalidad de “Inner self” para los reparos de oxígeno de un Max cuyos pulmones vaya a saber uno en qué estado lo habitan. “Stronger than hate” y un solo de bajo de Mike dieron otro respiro para un mosh con mayoría de “playeras” (ya que estamos en la Chingada-Slam-Nigth) de Pantera se gasten en la fuerza centrífuga de “Mass Hypnosis”, himno del disco. El salto al Arise fue el tema homónimo y esa calavera con rosas pudriéndose de fondo. Max insistía con la “¡Chingada!” y sus “Manos de fuego” (haciendo un gestito muy simpático con las manos, puesto que es evidente que ya no puede ejecutar su instrumento). Hasta aquí, disfrutaríamos de “Dead embryonic cells”, “Desperate cry” y “Altered state”, con un pedido insólito: “Solo ustedes con las luces de sus celulares”. El eco del recuerdo lateral me llevó a Walter Benjamin y la muerte de la experiencia contemporánea: si hay algo que uno no puede llevar encima en  un mosh del carajo es su celular en foco. Pero sí, pidió eso y eso obtuvo de una concurrencia muy disciplinada. Mientras “Altered state” atravesaba un remanso de respiro, Max se permitió un juego con Sabbath, un gesto bello, bueno y cierto. Padres homenajeando a padres. Ese primer remanso fue el comienzo de una segunda parte del show muy confusa con un “Dirty deeds done dirt cheaps” porque, según cuenta Max, le sorprendió aquellos conciertos en River que AC/DC realizó en Buenos Aires y que se inmortalizaron en un DVD. Pero este homenaje de recuerdos y melancolías varias también trajo una versión de “Raining blood” muy innecesaria que me llevó a preguntarme dónde carajos había quedado el motivo de la visita, el Arise y el Beneath the ramains.

El cierre reparó cierta confusión con “Refuse/Resist” y “Roots Bloody Roots”, para rearmar el juego del pogo y cerrar, de manera insólita, con una nueva ejecución de “Arise”, ahora más breve y con espacios para que el público sea la figura.

Celebro que Max haya sacado a Igor de Londres y de las discotecas. Celebro que los hermanos sean unidos. Celebro que se toquen estos discos opacados por el éxito posterior. No celebro la decadencia de los padres, solo la aceptamos porque han estado a la altura de la coyuntura. Porque Bolsonaro, porque Macri (aunque Max no se haya pronunciado ni una vez en las dos horas del show), requieren de esos riffs, de esas voces, de esos golpes. A muchos kilómetros de El Teatro, en la Estación Darío y Maxi, la URM (Unión de Radio Metaleras) recordaba a los muertos del pasado para estar alertas sobre el presenta y las voces de Exocet y Metrasheros se perdían en las orillas del tren levantando, quizás, la misma consigna: “Refuse/resist”.