Slayer en el Luna Park: El infierno los espera

Crónicas
Slayer en el Luna Park: El infierno los espera
Texto: Carlos Noro

Uno de los cuatro grandes del thrash dijo basta en un Luna Park colmado y a la altura de su historia.

Fieles a sus principios los Slayer se despidieron de los escenarios argentinos sin apartarse ni un milímetro de una impronta que los define como una de las bandas más extremas y pesadas de la historia del heavy metal. Mientras sus contemporáneos (Metallica, Megadeth, Anthrax) ¿cambiaron? ¿evolucionaron? su sonido y hasta su postura, los ahora comandados por la dupla Tom Araya – Kerry King (la muerte de Jeff Hanneman y los conflictos con Dave Lombardo hicieron que desde el 2013 Gary Holt y Paul Bostaph sean miembros fijos de la banda) no solo incrementaron la velocidad sino también potenciaron su intransigencia a la hora de incorporar momentos más calmos o contrastantes en sus canciones.

Tal vez por eso el comienzo del show, luego de que caiga una inmensa bandera con el logo de la banda proyectado con una serie de cruces que se transformaban en invertidas, mostró la versión más cruda, veloz y corrosiva del cuarteto. Canciones como “Repentless” (del último disco) o “Evil Has No Boundaries” mostraron a una banda que escupió las canciones sin descanso con una precisión admirable.  “Word Painted Blood” fue la primera que al menos permitió la participación del público a través de la repetición monolítica del nombre de la canción, mientras una de las viejas “Postmortem” enganchada como una de las más nuevas “Hate Worwide” mostró que, al menos en estos primeros minutos, la banda buscó generar el impacto brutal que contiene su versión más extrema en la que Araya logró rápidamente poner en funcionamiento su particular fraseo que relata verdades que ponen de manifiesto a veces con violencia y otra con ironía las contradicciones del sistema dominante.

“War Ensemble” incluyó la primera intervención de un Araya que no se caracteriza por ser demasiado locuaz en vivo pero que tiene un particular modo de mostrar su humor. El objetivo fue que el público iniciara junto a él, el grito de guerra que da vía libre a la canción. El resultado fue que la atmósfera bajó al menos unas revoluciones pero no la pesadez. El impacto sonoro fue vibrante aunque tal vez, como a lo largo de la noche no tuvo la nitidez que uno espera en un show de Slayer. Si hay algo que caracterizó a la banda en visitas como las de los históricos Obras 2006, sumados al Luna Park 2011, el Festival Maquinaria del 2012 y el Maximus Festival del 2017 fue la conjunción perfecta entre volumen brutal y un audio perfecto que favoreció a cada instrumento incluyendo la voz. Desde el campo, la mezcla del show estuvo lejos de tener ese nivel de perfección sin por ello perjudicar a cada una de las canciones. Sería necio decir que el show tuvo un mal sonido pero también lo sería si dijéramos que estuvo a la altura de las visitas anteriores. “Gemini” por ejemplo, con una oscuridad que remitió al doom más denso, ocuro y pesado fue hiper disfrutable principalmente porque permitió que los oídos descansen de tanto clima frenético, algo que continuaron en parte “Disciple” (con el icónico grito “God Hate us all) y “Chemical Warfare” aunque sin tanta efectividad como las anteriores. “Mandatory Suicide” fue un caso aparte, ya que su atmósfera ominosa se sostuvo con una impecable interacción entre las guitarras y las voces se Araya. En este punto el trabajo de Gary Holt brilló con maestría. Si bien no descubrimos nada si conocemos su desempeño en su banda de toda la vida Exodus,  canciones como esta fue evidenciaron que su aporte es clave a la hora de sumar algo de melodía al riff duro y monolítico de Kerry King. Al igual que lo que sucedía con Hanneman el reparto de roles es casi perfecto. Uno es agresivo, rápido y contundente. El otro aporta melodía o simplemente se pone sobre sus hombros la difícil tarea de construir una brutal pared sonora. Juntos logran que estas funciones se intercambien en función de las necesidades de las canciones.

Antes de la última parte del show dedicada exclusivamente a los clásicos “Payback” fue el cierre para la etapa más “moderna” de la banda. Si bien la canción fue presentada de manera entusiasta por Araya estuvo lejos de estar entre los mejores momentos del show, principalmente porque el sonido se elevó aún más lo que hizo que la nitidez no fuera de la partida. “Temptation”, “Born Of Fire” y “Season in the Abyss” se unieron para hacer un pequeño a homenaje a “Seasons…” (Exitoso disco de principios de los noventa). Si bien las primeras sufrieron algo de los problemas sonoros de “Payback”, “Seasons…” con su densa, pesada y oscura introducción fue uno de los grandes momentos de la noche sostenida en la potencia riffera que sostiene a casi toda la canción. Algo así sucedería, más tarde con “South Of Heaven”, otros de los momentos en donde el grupo pareció pisar por un momento el freno de la velocidad pero no de la pesadez. En esas canciones la banda se encargó de comprobar que para hacer música pesada no solo es necesario tocar exageradamente rápido, premisa que insólitamente fueron dejando de cumplir a nivel compositivo en la discografía que empieza a finales de los noventas y llega a su fin en este 2019. El impecable trabajo percusivo de Paul Bostaph en “Hell Awaits” fue una especie de comprobación concreta de que, con ciertas reservas, el puesto de baterista de Slayer no le queda grande. Si bien su tocada es distinta a la de Lombardo (tal vez el “cubano” utiliza un sonido más orgánico y percusivo) sería injusto decir que su actuación no fue al menos correcta en la hora y media que duró el show. “Raining in blood” fue su mayor desafío y logró atravesarlo con soltura. La foto de la banda de espaldas al público mientras llenó de acoples la introducción fue una de la postales más significativas de la noche principalmente porque junto con la veloz versión de “Black Magic” y la densidad de “Dead Skin Mask” lograron sintetizar los límites del universo Slayer con canciones imposibles a nivel velocidad como la primera, con letras provocativas como la segunda (que tematiza la vida del asesino en serie estadounidense Ed Gain) y con referencias al satanismo como la tercera, una influencia concreta para el Black Metal y el Death Metal de mediados de los noventas en adelante.

“Angel Of Death” con otro provocadora letra esta vez dedicado al genocida Nazi Joseph Mengele fue el cierre perfecto con Gay Holt utilizando una guitarra con el logo de Hanemman y sin ningún tipo de bises. Una rápida despedida de todos dejó solamente en el escenario a Tom Araya protagonizando una escena nunca antes vista. El chileno recorrió el escenario varias veces de punta a punta y se detuvo a mirar las caras de los presentes en un gesto que viene repitiendo a lo largo de cada show de la gira y que tal vez simboliza la emoción que le genera la situación de despedirse de su banda de toda la vida. Un lacónico “Muchas gracias. Adiós” en castellano fue lo último que vimos de Slayer. Parece mentira que ya no vayamos a verlos. Pocas bandas han sabido mantenerse inclaudicables frente a un sistema que apunta a que las propuestas se ablanden para lograr masividad. Slayer lo hizo y salió victorioso. Se los va a extrañar.