Gabo Ferro en el Nd Teatro: Un comienzo y un encuentro

Crónicas
Gabo Ferro en el Nd Teatro: Un comienzo y un encuentro
Texto: Carlos Noro | Fotos: Chechu Dalla Cia

Toda presentación de un disco tiene, al mismo tiempo, una dimensión de encuentro y de comienzo. La idea de encuentro viene por el lado de que el público tiene por primera vez la posibilidad de percibir las distintas dimensiones de las canciones, lo cual genera una lógica expectativa. La idea de comienzo queda de alguna forma del lado del músico: es él el encargado de darle forma a esta nueva tapa potenciando las virtudes y sonoridades de cada una de las canciones.

Sabedor de estas dos cuestiones Gabo Ferro presentó “Su reflejo es el lobo del hombre”, dándole una interesante dimensión sonora a sus canciones, lo que tal vez inaugure una saludable nueva época de reinterpretación de su historia y su presente. Mucho de lo que hablamos tuvo que ver con la interacción entre lo que propuso Gabo en escena y el aporte desde la consola de Alejandro Pugliese. Desde el inicio con una intro en donde se escucharon sonidos etéreos y distorsionados, la idea fue la de generar un show que se apoye tanto en dimensión acústica y orgánica (después de todo en escena lo que uno ve es a Gabo con su guitarra, su voz y su atril) como en ciertos aportes sutiles (ecos y reverberaciones en las voces e incluso algunos efectos puntuales) que nada más ni nada menos permitieron exagerar (en el buen sentido de la palabra) los momentos más dramáticos de las canciones.

En este contexto para un disco en el que conviven la dimensión personal y colectiva (la angustia frente a la pérdida y la idea de reflejo en el mundo digital contemporáneo), esos artilugios sirvieron en vivo para profundizar las palabras de las canciones. Así “Insular” se vio potenciada por un eco que remitió a un pasado no muy lejano, “Todas las cosas que no tienen nombre” puso en carne viva la idea de bronca y dolor y “Relumbra sobre lo opaco”, mostró todo su trasfondo tanguero que el mismo Gabo se encargó de aclarar antes del comienzo de la misma. A pesar de haber estado ubicadas en distintos momentos del show “Cuando se vuela” y “Cuerporeclamo” tuvieron varios puntos en común. Aquí la puesta de luces, brillantemente propuesta y monitoreada por Agnese Lozupone encontró su faceta más poética. En la primera acompañó la idea de este “varón que se transforma en mariposa”, sumándose con luces y sombras a las distintas etapas del vuelo que el mismo Gabo construyó con su voz. En la segunda un arcoíris por detrás generó una interesante metonimia con la idea de la autopercepción del propio cuerpo y de la libertad que eso requiere (Ndr. Para profundizar esto recomendamos esta nota que hicimos para Artezeta) en unos de los momentos con más potencia política y colectiva de la noche.

Sabiendo de la intensidad, el dramatismo y tal vez lo conmovedor del disco (no por nada en algún momento del show Gabo afirmó con particular ironía “Este es el disco más de mierda que hice”, la segunda parte del show propuso la interacción ente las nuevas canciones (prácticamente la segunda parte del disco) y algunas de las más identificables de su discografía.

Esto de alguna manera dio lugar a la participación de un público eufórico y  tal vez demasiado activo a la hora de interactuar con Gabo. En este contexto “El amigo de mi padre” recibió el acompañamiento de palmas para potenciar el aire a chacarera, mientras que “Cuando el amor no entra” y “Soy todo lo que recuerdo” fueron cantados de manera explícita por varios de los presentes incluso tapando la voz de Gabo, algo que tal vez invita a reflexionar sobre si es conveniente perderse la dimensión interpretativa de un Gabo que justamente en este show, dio una sugestiva vuelta de tuerca a la sonoridad de sus canciones históricas.

En este punto es interesante destacar le vitalidad de temas como “Costurera y carpintero”, “El cuadro de mi daño”, “Volver a volver” y “Volví al jardín”, principalmente porque fueron cantadas a viva voz por Gabo e interpretadas con la vehemencia necesaria para calar hondo en los presentes. Tal vez por sus temáticas (la construcción de género, la angustia post separación, la soledad) o simplemente por encontrar alguna similitud con nuevas canciones como “Pleguemos el atril” (una de las que promete permanecer en los sets venideros) o “El miedo viene con la delicadeza”; en esos momentos donde el set amalgamó el pasado con el presente, uno pudo entender como conceptualmente Gabo Ferro sigue una línea literaria y estilística que dialoga consigo mismo a lo largo de los años.

La última parte del show con algunas referencias a la actualidad (estas canciones las estrenamos en el 2015 en la calle porque era necesario explicó Gabo antes “La silla de pensar” y “El beso urgente”) muy festejadas por el público presente, transitó entre la introspección (la ya mencionada “El miedo…” y la intensa “De más de nadie”) y la a esta altura imprescindible arenga de “Hay una guerra” que pareció recordar que a pesar de la euforia, nada está decidido. Ya fuera de set y a capela “Dios me ha pedido un techo” fue el cierre que es solo un comienzo: el de comenzar a desasnar estas intensas canciones para seguir generando dimensiones de encuentro.

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