Acid Mothers Temple + Ayermaniana + El Festival de los Viajes en Uniclub: Celebración Psicodélica.

Crónicas
Acid Mothers Temple + Ayermaniana + El Festival de los Viajes en Uniclub: Celebración Psicodélica.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Chechu Dalla Cia

Para muchos es difícil definir de qué se trata la música psicodélica, principalmente porque su estado de libertad sonora hace que dentro de esa categoría se incluyan distintos tipos de melodías y de propuestas. Uno puede encontrar intensidades, sutilezas y distintos estados que confluyen en un objetivo común: abrir la puerta al propio viaje de la mente. Algo de eso tuvo la noche del viernes en Uniclub y tal vez sea lo que haga casi imposible encontrar una definición cerrada de este tipo de música.

El inicio de la jornada en el contexto de una tarde extendida que se empeñaba en convertirse en noche, fue para el regreso a los escenarios de El Festival de los Viajes quienes hacía un tiempo largo que no mostraban lo suyo. Verlos en vivo dio la sensación de que volvieron con su mejor versión. Es claro que su psicodelia que podríamos mencionar como surrealista no es para cualquiera. El quinteto (ahora con Martín Garrido en sintetizadores) apuesta a movilizar las neuronas con una propuesta que tiene de todo y eso incluye desde invocaciones místicas, pasando por momentos bailables, atmósferas dignas del mejor spaghetti western y referencias al kraut rock, hasta llegar a terminar el set con una canción dedicada a San Martín. Mucho de esto se debe a la presencia de Federico Wolman quien funciona como un bizarro maestro de ceremonias capaz de vehiculizar los momentos de las canciones. La sensación después de verlos es la de haber pasado un momento alegre y festivo. Después de todo, de ahí viene su nombre.

Si El Festival apuntó a mostrar todo esto que decimos, Ayermaniana se encargó de mostrar que su música es capaz de surcar y entrecruzar caminos sin problemas. Con una formación de quinteto, los muchachos dieron cuenta de su capacidad para ir construyendo intensas sonoridades sin ningún tipo de egoísmo a la hora de repartir el protagonismo de los instrumentos y las voces. Entonces se sucedieron canciones más guitarreras, otras más percusivas (uno de los puntos salientes y más fuertes de la propuesta), se sumó en algún momento el saxo y fueron intercambiándose las voces siempre sostenidas en una contundente y monolítica base que sirvió para generar distintos estados y colores desde lo musical. En este contexto con una propuesta sólida y cancionera (con links al rock argentino de los setentas, algo de Santana pero sin nunca perder el aporte original y propio), los muchachos se mostraron como una banda original, atrayente y con una propuesta asentada. No es poco.

Al igual que en su anterior visita a Niceto Club los japoneses de Acid Mothers Temple dieron cuenta de su carácter autogestivo vendiendo ellos mismos vinilos, cds y remeras a un precio aceptable, una característica infrecuente para las visitas internacionales que suelen derivar esta cuestión en los promotores locales y casi nunca traer su propio merch. Esto dio la interesante posibilidad de llevarse algunas obras inconseguibles por acá y de charlar con los integrantes de la banda quienes muy amablemente estuvieron dispuestos a firmar discos, sacarse fotos y atender a las preguntas, un lindo gesto que estaría bueno que se viera más seguido.

A la hora de subirse al escenario, la principal sorpresa vino por el lado de la formación. Inesperadamente el líder y mentor de la banda Kawabata Makoto (guitarra), no pudo llegar a la argentina por unas cuestiones relacionadas a su visado en Canadá, lo que culminó en que tuviéramos la posibilidad de ver una formación “especial” de la banda con Higashi Hiroshi (sintetizador), Jyonson Tsu (guitarra y voz), Wolf (bajo) y Satoshima Nani (batería), algo que de ninguna manera complicó la propuesta si tenemos en cuenta el carácter colectivo y colaborativo del proyecto.

De alguna manera la versión sintetizada de A.M.T. se apoyó con claridad en la interacción generada entre la base rítmica (bajo y batería) y al aporte de los sonidos del sintetizador. En este punto tal vez uno de los gestos más visibles de la noche vino por el lado de Hiroshi. Siendo consecuente con su aspecto de sabio oriental fue capaz de adaptarse a las situaciones que el universo le propuso. Cuando al inicio del show, los soportes de su synths “decidieron” que no sostendrían más el instrumento en el aire, el piso fue el espacio donde el japonés construyó su catarata de ruidos, delays y sonoridades, dando la pauta de que cada cosa tiene un sentido en el universo de A.M.T. Esto fue un gesto claro que simbolizó a la banda en vivo, principalmente porque sus canciones fueron transformadas hasta darles nuevas vida, al punto de que uno pudo identificar alguna que otra (“Pink lady Lemonade” o “Dark Star Blues”) pero rápidamente fueron llevadas a nuevos y laberínticos caminos en donde lo improvisado y lo imprevisto fue parte del juego.

En este sentido, mucho de lo que sucedió en vivo se sostuvo en el frenesí percusivo de la batería de Nani, capaz de elevar su velocidad y su potencia hacia límites inimaginables. En ese contexto atronador, el bajo de Wolf (vestido con una especie de mono que cambiaba de color con la luces) fue el protagonista de un conjunto de canciones en donde riff distorsionados, delays y distintos estados fueron construyendo una pared sonora tan imponente como impactante.

Alguna bella melodía folclórica japonesa (ejecutada por Tsu que muy ocasionalmente aportó su voz), fue uno de los únicos remansos de una noche que terminó como era esperable en el nivel más alto de intensidad posible en un contexto donde los riff fueron tocados de manera espiralada, mántrica y sin descanso. Linda manera de salir de lo cotidiano. Que vuelvan.

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