Amon Amarth, Powerwolf y Azeroth: Guerreros del heavy metal

Crónicas
Amon Amarth, Powerwolf y Azeroth: Guerreros del heavy metal
Texto: Carlos Noro | Fotos: Nacho Lunadei

Suecos, alemanes y argentinos llenaron el Teatro Flores generando una efusividad que hace tiempo no se veía. Bien por ellos.

Azeroth, fueron los elegidos para abrir la noche lo que no parece casual ya que desde un tiempo a esta parte vienen realizando un trabajo sistemático y a conciencia para promover y visibilizar su propuesta que tuvo cierta notoriedad en el año 2000 (cuando sacaron su primer disco en el que la dupla Bertoncelli – Barilari eran los vocalistas) y que hoy tiene un formato completamente distinto en cuanto a integrantes pero no tan diferente en cuanto al estilo musical que propusieron en aquella época. Hoy la música de Azeroth es épica, aguerrida y por sobre todo defiende las banderas del power metal, un estilo que sigue conservando e incorporando una interesante cantidad de fans. Canciones como “El Mandato”, “Campaña al Desierto” o “Más allá del caos” dan cuenta esto que decimos principalmente porque generan una interesante reacción y efusividad en el público. Parecen haber encontrado su lugar. No es poco.

Powerwolf: La virtud de hacer el camino fácil

 “Mr. Crowley” como una especie cábala fue la canción que los alemanes de Powerwolf eligieron para mostrarse por primera vez en los escenarios argentinos. La primera conclusión es que la elección de la canción fue tan efectiva como la recepción del público. Tranquilamente se podría establecer un paralelo entre como la gente coreó el tema de Ozzy Osbourne y el aplauso ensordecedor con que recibieron a los alemanes en el escenario. Sorpresivamente desde el minuto cero, los alemanes fueron locales.

Nadie debería ofenderse si decimos que lo de los teutones está lejos de ser una propuesta original. Los suyo es un heavy metal clásico, aguerrido y por momentos sinfónico que no escapa a las convenciones del power metal contemporáneo: melodías gancheras y recordables, coros que uno recuerda a la primera escucha y la sensación de que lo que sucede en el escenario es alegre y disfrutable. Claro que más allá de esto que decimos, hay una banda que tiene muy claro de qué se trata su música y como comunicarla desde el punto de vista conceptual. Con un estado de arenga permanente las canciones de los alemanes pasaron casi sin descanso mostrando cuáles son los espacios de confort donde se mueve el grupo. De esta manera “Fire and forgive” se transformó en una fantasía épica, “Incese and Iron” trajo el elemento religioso (incienso mediante) que tan bien le está funcionando a muchas bandas contemporáneas (teléfono Ghost), “Amen and Attack” con una bandera similar al vaticano, dio ganas de cazar infieles; “Demons Are A Girl’s Best Friend”, trajo un poco de joda a la noche mientras que “Armata Strigoi” llevo las sonoridades hacia el folclore europeo más épico y efectivo.

Con una banda hiper enganchada en brindar un show con mayúsculas (recordemos que tocan todos pintados mostrándose como “personajes”) la sensación es que la efectividad de la banda es tan impecable como contundente principalmente porque aprovechan sus recursos con maestría: un vocalista, Attila Dorn, con un interesante caudal vocal; un grupo que acompaña con perfección su desempeño y la curiosa presencia de su tecladista Falk Maria que sale permanentemente de su instrumento para arengar durante la mayor parte del show; lo que termina por redondear en conjunto un show efectivo, entretenido y ganchero.

La despedida, a puro aplauso, dio la pauta de que habrá una vuelta asegurada. La contundencia del show seguro habrá congregado a nuevos fieles y confirmado a otros.

Amon Amarth: Skol para todo el mundo

Si alguien tuvo la posibilidad de estar las cinco visitas que los suecos realizaron desde el 2009 para acá, seguramente habrá sido testigo del crecimiento que los escandinavos han realizado a través de los años, al punto de que en el último tiempo se han convertido en una presencia constante en los lugares más altos del cartel de los festivales europeos.

La sensación es que con el tiempo A.A. ha sabido transformar su sonido sin dejar de lado ciertos aspectos de su identidad que incluso a simple vista parecen que se han potenciado. Si al principio los suecos estaban dentro de lo que se consideraba death melódico hoy esa caracterización les queda chica. Lo suyo incluye sonoridades de esa época (en especial Johan Hegg sigue cantando de manera gutural) pero a lo largo del tiempo las canciones han incorporado un conjunto de sonoridades y gancho que antes no tenían, sin dejar de lado el leit motiv de la banda: la tradición vikinga, lo que tal vez es el punto más atractivo para los fanáticos.

Al igual que lo que sucedió con los alemanes, una canción clásica fue el amuleto de inicio para los suecos quienes cambiaron al príncipe de la oscuridad por “Run to the Hills” de Iron Maiden (todo un símbolo tomar una canción que relata la invasión de los extranjeros cuando sucedió algo similar con los vikingos y el cristianismo) con el objetivo de calentar los motores y dar inicio al show.

Definir en dos adjetivos el show de los suecos es fácil, uno tranquilamente podría ser contundencia, el otro podría ser perfección y si arriesgáramos un tercero debería ser despliegue. En vivo los escandinavos son una especie de maquinaria que da cuenta del lugar que hoy por hoy tienen dentro del mainstream de la música pesada. Su lugar ha sido ganado gracias a shows en donde lo vertiginoso, lo ganchero y lo épico conviven sin dramas sin producir ningún tipo de contraste entre las distintas variantes que proponen las canciones.

Si bien mucho de lo que sucede en vivo refiere a la enorme figura de Johan Hegg muy comunicativo con el público, haciendo gestos e “invitando a la fiesta vikinga” (así en castellano) después de “Deceiver of the Gods” y antes de “First Kill”, no todo lo que sucede en vivo depende exclusivamente de él. Con una precisión de relojería la banda es capaz de pasar desde la arenga (la monumental “The Pursuit of the Vikings”) a las atmósferas más percusivas (“First Kill”) a versiones extremas de canciones como “Runes to my memory” casi sin despeinarse y generando un show con una intensidad que no tiene ningún tipo de momento calmo.

Con un público enganchado en cada momento del show y del pogo, la sensación es que con el tiempo el grupo ha logrado ubicar las canciones de tal manera que lo melódico y lo extremo tengan un contraste que permita disfrutar de los distintos momentos del repertorio. Tal vez por eso canciones como “Death in fire”, “War of the Gods” o “Ravens fly” sonaron en distintos momentos para encender distintas fibras en la audiencia: la primera mostrando una impecable dinámica percusiva, la segunda invitando al coro colectiva y la segunda mostrando la faceta más vertiginosa. En todas es bueno decir que la actuación del Chileno-Sueco Jocke Wallgren desde los parches fue sencillamente fenomenal. Desde su ingreso en el 2016 ha aportado un nivel de perfección que sostiene rítmicamente a la banda. Hoy por hoy sería imposible imaginar a los vikingos sin alguien como él detrás de los parches aportando la prolijidad y al mismo tiempo la contundencia para que el despliegue sonoro sea efectivo más allá que desde el punto de vista de ejecución el grupo atraviesa un gran momento colectivo.

En este contexto y con una última parte del show orientada específiciamente a “la fiesta vikinga” (no fue casual que sonaran hermanadas “Shield Wall”, “Guardians of Asgaard”, “Raise Your Horns” y “Twilight of the Thunder God”, el grito de “Skol!” (salud en Sueco) retumbó con vehemencia de la garganta de Hebb con el cuerno en la mano. Los suecos volvieron en lo que tal vez haya sido su mejor presentación desde el 2009 para acá. Hoy por hoy pocas bandas pueden hacerles frentes en cuanto a concepto y efectividad. Después de todo, de esto también se trata la música pesada. Que vuelvan.

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