Informe: ¿Puede el casete salvar a la música pesada argentina?

Entrevistas
Informe: ¿Puede el casete salvar a la música pesada argentina?
Texto: Carlos Noro

Sellos y bandas construyen una alianza para editar en un formato físico que parecía haber quedado en el olvido.

Para recapitular la historia del casete hay que remitirse a mediados de los setentas. En aquel momento se produce un hecho clave en la historia del formato tal como se conoce: la llegada de los primeros reproductores de música de alta fidelidad, algo que permitió la masividad de un formato que se había patentado en 1964 pero que hasta ese momento no había tenido la posibilidad de reproducir música en un sonido medianamente decente y equiparable a otros formatos como el vinilo.

Los ochentas fueron la era dorada del casete con dos inventos que potenciaron exponencialmente sus ventas. El primer aporte fue la llegada de la grabadora portátil de bolsillo, algo que permitió una situación hasta ese momento imposible de sostener sin una alta inversión para acceder a un estudio: grabar la propia música y editar de manera autogestiva algo que sin lugar a dudas fue clave en el desarrollo del hardcore, el punk, la ética del Do It Yourself y que permitió el desarrollo de la música under a lo largo y ancho del planeta. Fue el inició de una era en que la posibilidad de intercambiar vía carta demos y grabaciones con un costo muy bajo, democratizó de alguna manera el acceso a la posibilidad de grabar, de difundir y también de comprar música. El segundo aporte y tal vez una de las grandes ventajas del formato, vino con la llegada del Walkman patentado por Sony. Allí se terminó de dar forma a lo que hasta ese momento fue su característica más innovadora, la posibilidad de transportar audio de un lado a otro en un formato pequeño y de bolsillo. Las ventas aumentaron, la popularidad hasta que el cambio de década trajo una novedad que haría que todas sus ventajas rápidamente fueran puestas en duda: la invención del compact disc.

A partir de allí la historia es más o menos conocida. El CD se llevó por delante a casi todos los formatos durante la década del noventa pero no terminó de darle el golpe final a ninguno principalmente porque siempre hubo un resistente sector de coleccionistas y fabricantes que supo mantener con vida la existencia tanto de vinilos y en menor medida la de nuestro protagonista, que resistió buena parte de ese tiempo refugiado en su condición de grabable y regrabable. Los años pasaron y la era digital en el que el streaming (con su protagonista excluyente Spotify) parece ser el único formato posible, ha generado nuevos focos de resistencia al punto que el hasta hace un tiempo victorioso CD hoy pelea puestos de descenso frente al vinilo y en menor medida el casete que parece tener un algo de espacio en cierta moda retro.

Una de los grandes desafíos que tiene el formato en el 2020 tiene que ver casualmente como en sus inicios con la posibilidad de su reproducción. A diferencia de las bandejas de vinilo que siguieron fabricándose, los reproductores de casete se fueron discontinuando, al punto de que hoy resulta muy oneroso adquirir algún equipo de fabricación actual que los reproduzca. El Fcaso más concreto tiene que ver con Sony de Japón quien el año pasado lanzó una versión que conmemora los 40 años del primer walkman con cierto guiño a lo digital pero a un precio altísimo. Hoy en argentina dos sellos de música pesada y experimental editan bandas en casete apostando a la idea de que el formato físico es el que le da la forma definitiva a las grabaciones sin escaparle a la pregunta ¿Quién realmente escucha casete en Argentina 2020?

Dos sellos argentinos que apuestan al casete

Manicomio Discos dirigido por Fabián Palavecino y Aquatalan Records por Martín Rodriguez (también bajista de Poseidotica) llevan adelante la edición, incluso en ocasiones de manera conjunta, de bandas actuales con la premisa de “mantener el formato físico ya sea en vinilo, cd, o casete”. Con un perfil que se sostiene en el rock pesado, stoner, doom y que llega hasta algunas propuestas experimentales, tanto uno como el otro coinciden en la idea de que el formato tiene un plus fundamental: el bajo costo de producción en momentos donde la situación económica atada al dólar y a la inflación complica la posibilidad de realizar grandes inversiones y recuperarlas en ventas. En este sentido Martín Rodríguez es bien explícito a la hora de explicar por qué su sello elige apostar al formato.“La principal ventaja es que se pueden fabricar pequeñas cantidades, ediciones limitadas de treinta o cincuenta unidades. Eso mantiene activo al sello con nuevos lanzamientos sin implicar una gran inversión económica, y además es más accesible para el público, porque el precio de venta es inferior al lado de un cd un vinilo”, cuestión que Fabián Palavecino refuerza con una idea clara. “Editar en casete es lanzar un objeto distinto que el melómano puede escuchar o coleccionar, además de sumar ediciones a nuestro catálogo que se amplía con un lindo producto que a veces incluye las letras de las canciones, otras veces alguna foto especial y siempre brinda algo distinto”.

El proceso que permite que el casete llegue al público se caracteriza por incluir un alto componente artesanal que remite casi directamente a la ética de trabajo autogestiva en la que el concepto del DIY vincula a bandas sellos y “fabricantes”. Así lo cuenta Jonatan Encina de Los Pájaros Records encargado de la duplicación de los proyectos de Manicomio Discos y Aquatalan Records entre otras propuestas ligadas al hardcore y punk. “Nuestro aporte tiene que ver con el proceso de duplicación de cintas vírgenes, a partir del audio realizamos un master tape que luego tiene un control de calidad” detalla y destaca la dimensión de terminación uno por uno que incluye el producto.“Luego hay un proceso de sumar calcos, gráfica y serigrafía bien artesanal que termina con el producto final” aporta dando la pauta de que detrás de cada edición hay mucho trabajo y dedicación puesta en juego.

Sonar en casete ¿Es sonar mal?

Una de los grandes estigmas que ha sufrido el casete a partir de la digitalización que propuso el cd tiene que ver con su calidad de sonido, al punto de que se suele decir que quien compra este formato acepta una peor calidad de sonido principalmente sostenido en una idea de “nostalgia” o de “coleccionismo” que resigna la posibilidad de acceder un audio hi-fi que puede encontrar en otros formatos. Algo de veracidad tiene este argumento si se tiene en cuenta que la cinta que conforma los casetes tiene cierta sensibilidad que con el paso del tiempo o el incorrecto mantenimiento de los reproductores puede ver afectada su conservación, en franco contraste con otros formatos que no sufren un deterioro tan evidente. Nuevamente la pregunta viene por el lado de la elección de un formato que parecía haber sido superado y que ahora parece tener un revival ¿Qué hace entonces que alguien compre un casete cuando incluso los formatos digitales o de streaming permiten tener exactamente las mismas canciones con un audio supuestamente superior?

Palavecino no duda en mencionar cierta dimensión romántica y personal a la hora de elegir el casete. “La diferencia principal es que con lo digital uno tiene todo a mano, algo que está bueno pero no termina de llenarme. Cuando quiero escuchar algo especial pongo el formato físico y creo que eso les pasa a los que compran el casete”, dice respecto a las supuestas ventajas y desventajas respecto al formato. Algo similar aporta Rodríguez. “Volvió a tener valor, para cierta gente que disfruta la dimensión analógica de ver rodar y escuchar la cinta sumando al objeto en sí, que es pequeño y muy lindo. Supongo que también juega el factor de la nostalgia” para luego continuar “lo digital es instantáneo, está al alcance de un clic, y permite que más artistas puedan publicar, compartir y difundir su música con una supuesta democratización que en algún punto es relativa, lo que creo que se pierde el folclore de la escucha atenta y la valoración de ese material sonoro que tanto esfuerzo demandó. Además hay muchas sonoridades que no se aprecian desde una computadora o un celular”, aporta a la hora de establecer un paralelo entre formatos de escucha que según su punto de vista parece ser una cuestión relativa.

La idea de poder observar el arte gráfico que acompaña a la música y de tener el objeto “en las manos” en otra de las ideas que parece contribuir a cierto auge de este tipo de ediciones, algo que se convierte en una especie de respuesta simbólica respecto a los tiempos que corren. Precisamente Martín Rodríguez vuelve a destacar esta característica como el plus definitivo que le da validez al formato. “Lo importante es que es algo real, algo material, que podes mirar, tocar y escuchar, ese es el principal encanto” para luego responder con claridad la pregunta que aparece al comienzo de este artículo. “Hay personas que lo compran para bancar al sello y artistas, aunque confiesan no tener donde reproducirlo. Sin embargo la mayoría de la gente que consume el formato tiene donde escucharlo. Como sucede con el vinilo, es toda una ceremonia que incluye poner el casete, apretar play, darlo vuelta, leer las letras o la data técnica en caso de que la incluya. Allí está la magia”, concluye y da la pauta que tal vez esta sea la clave que sostenga la novedad de la edición en este formato.

 

Los músicos y el casete: ¿El sueño vintage del formato físico?

Para dos sellos independientes la elección de qué bandas editar y con qué criterio muchas veces tiene se relaciona con una cuestión de vínculo personal que sobrepasa claramente a la idea de privilegiar cuestiones comerciales. La curaduría de los grupos que forman parte del sello entonces tiene que ver más que nada como gustos y vínculos que Martín y Fabián establecen con los músicos. “Mi manera de elegir las bandas pasa por un lado por una cuestión de sonido y por el otro por la relación personal que puedo establecer con ellas. Busco más que nada que las bandas me gusten o pueda ponerme de acuerdo, algo que sucede porque me acercan material o porque escucho lo que va saliendo”, dice Fabián Palavecino de Manicomio Discos a la hora relatar cómo fue desarrollando un catálogo propio. Algo similar reflexiona Martín Rodriguez de Aquatalan Records. “El criterio es bastante random, así como con Poseidotica siempre nos gustó la idea de mezclarnos y tocar con bandas de diferentes estilos, con el sello el objetivo es similar, dejar los prejuicios de lado y abrazar diferentes géneros teniendo una afinidad con los artistas. Al ser un sello independiente, el objetivo principal es poder difundir y generar un catálogo, realmente no va por el lado del negocio, y esa también le aporta una cuota importante de romanticismo que creo que comprenden tanto bandas como la gente que compra las ediciones” concluye y da la pauta de que para los sellos independiente editar tiene una pata ideológica y autogestiva que sostiene el funcionamiento.

Durante el 2020 y a pesar de la situación económica ligada al Covid-19 tanto Manicomio Records como Aquatalan Records apostaron a la edición en formato casete de grupos que van desde la propuesta rockera de Lobison (El destructor), el rock pesado de Ambassador (con casi toda su discografía editada en el formato), el proto doom de Serpent Cobra (Anatomy Of Abuses), el doom de Luciferica (Menticide) y el rock psicodélico de Ayermaniana  (El reflejo) entre otras propuestas que en algunos casos tienen la edición en casete como única versión en formato físico.

A la hora de evaluar el porqué de la edición en el formato, Alfredo Felitte baterista de Lobison y con un recorrido en varias bandas de la escena stoner, garaje y similares; coincide en que editar en casete es una manera de potenciar un romanticismo que cada vez se torna más actual. “Todo lo analógico está en pleno retorno, posiblemente por la fidelidad y romanticismo del formato, algo que lo digital nunca logro ni logrará por más fácil y barato que sea. Además es un elemento de merch super original” afirma y deja claro que para él el formato no es ajeno por una cuestión de edad al punto de recordar que “fue lo primero que tuvimos al alcance a la hora de empezar a escuchar música”. Algo similar aporta Maxi Leivas de Ayermaniana cuando le preguntamos por la cuestión de la calidad de sonido “Comprar una edición en casete sirve para apoyar a la banda y al sello que edita, lo de la calidad de sonido es bastante relativo porque depende de donde lo escuches, como por ejemplo cómo esta bajada la mezcla por parte de la banda entro muchos otros factores”, además de mencionar que “el audio al pasar por la cinta toma cierto color que me termina gustando”, dando la pauta de que tal vez determinado sonido que buscan las bandas se vea beneficiado por el sonido analógico y en cinta.

La idea de emular un sonido cercano a los setentas y principios de los ochentas parece ser entonces una de las cuestiones que invitan a ciertas bandas a elegir el formato más por un enfoque respecto al audio que por razones económicas, lo que transforma a la decisión de editar en casete en una decisión consciente. Más allá de que los masters pueden ser en algunos casos digitales y en otros analógicos, dependiendo de cómo se grabó y se masterizó en su momento, la fabricación del casete propone un proceso de duplicación enteramente analógico lo que de por si le da un nuevo audio a las canciones editadas en este formato y con ello un sonido bastante particular para grupos que componen su música en los tiempos que corren.

En este punto Carolina Dussau de Serpent Cobra destaca el aporte que el formato le suma al audio que busca con sus canciones. “Creo que mucha gente tiene rechazo por el casete, o lo físico en general por el hecho de que puede ser anticuado o porque puede romperse. Si hablamos de calidad de sonido, a nosotros nos aporta la crudeza y esa esencia rocanrolera de nuestros ídolos. Personalmente no me gusta tanto el sonido ultra pulido y comprimido que proponen ciertas cuestiones modernas. Me enloquece el sonido lo-fi, el de mis bandas favoritas de los 60, 70 u 80. No los cambio por nada”, concluye dando la pauta de que no es casual entonces la elección del formato a la hora de emular cierta sonoridad vintage. Ignacio de Tomasso de Luciferica completa la una idea que tal vez sea compartida por el resto de las bandas. “La cinta tiene una suciedad que le aporta al audio de la música pesada” algo que Emiliano Rettino de Ambassador considera un plus para ciertos géneros. “El casete tiene algo que llamo un poco de mugre que al estilos como el doom, el stoner, el rock pesado y el garaje le suman mucho a la hora de buscar un sonido más real”, dice para luego destacar que hay un público que responde cuando se le ofrece algo distinto. “Recientemente editamos un box set con nuestros dos primeros discos formato casete más calcos púas y poster, que se agotó rápidamente. Muchos nos elogiaron el sonido”, concluye a la hora de evaluar las ventajas de editar en el formato en lo que a simple vista parece ser un interesante vehículo de promoción para llegar a un público expectante.

Entre la moda vintage, las ventajas en cuanto a costos, las posibilidades de promoción y un sonido que emula las virtudes de los setentas y principios de los ochentas; el casete parece tener nueva vida de la mano de la edición autogestiva e independiente. La escena under de música pesada argentina parece haber encontrado una nueva manera de hacer visible sus virtudes. “Es un objeto encantador, y en los tiempos que corren, es una forma de acercarte a cada artista que te gustan” dice Martín Rodríguez en lo que parece ser la manera perfecta de sintetizar el porqué de esta inesperada vuelta. “En todos los lanzamientos noté que se revitalizó la obra, es como que nace un nuevo interés por un disco aunque haya salido algunos años atrás. El formato físico siempre le da al disco una sensación de completitud, la obra alcanza su estado definitivo, podes ver bien la tapa, hay fotos, los créditos, las letras, a veces incluye algún bonus track exclusivo” concluye y da la pauta de que todos esto es ni más ni menos un acto de resistencia que tal vez pueda revitalizar a la más que interesante escena de música pesada argentina.