Sueco solo.

Argentina Beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (Caja Negra) Compilación de Federico Barea y prólogo de Rafael Cippolini
Crónicas | Yngwie Malmsteen
Sueco solo.
Texto: Hernán Mazón | Fotos: Daniel Albornoz
Domingo, 17 Noviembre, 2013
Jue, 14/11/2013 - 21:00
Teatro Flores ?

Una cálida noche primaveral nos invitaba a acercarnos a presenciar el retorno a las tablas argentas del virtuoso guitarrista clásico llamado Yngwie Malmsteen. Excusas varias, primero, su ausencia en el país desde hace un par de años y por otro lado la presentación de su más reciente disco “Spellbound” (2012). Si bien esto último es una excusa, seguramente, los presentes, quienes se encargaron de agotar todas las entradas disponibles, llegarían con ciertas ansias de disfrutar de aquellos clásicos que al mítico guitarrista lo catapultaron como esa gran proeza de las seis cuerdas.

Desde el comienzo la cosa arrancó con el pie izquierdo. El show estaba anunciado a las 21 hs. y como suele suceder en actos internacionales, los horarios siempre se cumplen. Bueno, este no fue el caso. No empezó más tarde, sino que al contrario. Inesperadamente, dentro del recinto, corría un rumor de que la banda del cariñosamente llamado “gordo” se haría presente sobre el escenario media hora antes de lo pactado. Desconozco motivos, se habló de que perdería el avión que lo enlazaba con un país vecino, y que por eso se adelantaría. Lo cierto es que la gente de Instinto Salvaje, una de las bandas soportes, nunca salió a tocar, solo formó parte de la partida Arpeghy. Y como suele suceder generalmente con nuestro público, que llega siempre sobre la hora del show, muchos de estos se llevaron la (triste) sorpresa al entrar al recinto de que el show ya había comenzado, ¡¿Cómo?!, si…así que si llegaste sobre el pucho habrás rezongado de lo lindo.

Cuestión que con toda la furia Yngwie, su indumentaria, sus alhajas y su banda salieron a arremeter con todo a esa hora no pactada para decir presente. Y ni lerdo ni perezoso lo hizo con una de sus obras cumbres, “Rising Force”. Ahora si hay algo que te tiene que quedar en claro es que el sonido fue realmente muy bueno, y esto seguramente va más allá de los casi veinte (20…si) Marshall’s que estaban sobre el escenario (¿exagerado?). Desde las perillas todo fue siempre bien, así como lo fue el desempeño del sueco, de gran performance individual. Por otro lado y si bien es reconocido su ego mundialmente (tiene con que) llamaba mucho la atención la disposición del escenario y de cómo se encontraban emplazados sus músicos. Sobre el lateral derecho encontrábamos al mítico guitarrista y sus decenas de cabezales. Del otro y medio amuchados, su baterista, su bajista y Nick Marino, cantante y tecladista, quién hizo lo que pudo con la voz durante todo el show. Con lo cual si estabas desde abajo quedaba bien en claro que era lo que había que ver. Esto particularmente me llamó mucho la atención, ya que en época de “vacas gordas”, si bien el que se lucía era justamente el, sus músicos recibían otro tipo de integración sobre el escenario.

“Mi balance por un lado dice que definitivamente culturalmente no estamos preparados para recibir como se debe a nuestros ídolos, como sociedad dejamos mucho que desear. Y desde el lado musical, me sucede algo parecido. Por un lado queda bien en claro que ya no es grupalmente Yngwie Malmsteen y su banda, es él y nada más.”

Pero bueno, la cosa es que el show siguió con la nueva “Spellbound” y la clásica “Damnation Game”. Hasta ahí bien. El firme, cero pifié, pero sus acompañantes no. De a poco se empezaron a dejar entrever ciertas falencias de compaginación en materia de tiempos grupales, que hasta en algún punto hicieron de que paren con un tema y deban volver a arrancar. Si bien son situaciones de las que nadie está exento, llama poderosamente la atención con alguien tan meticuloso y exigente como Yngwie que le sucedan este tipo de situaciones en el seno de su grupo. Así fue que con la mejor cara de poker se remontaron varias situaciones a lo largo de todo el show. Seguramente todo quedaba marginado cuando un lo veía desplegarse y tocar, realmente es un lujo verlo. No solo encanta como toca, sino la onda que lo pone y demás, cuestiones que son a mi entender indiscutibles. Alguna “Overture” más la gran “From A Thousand Cuts” que combinadas con “Arpeggios From Hell” serían de los pasajes destacados del recital, como también lo fueron otros más adelante. Con algún esbozo vocal por parte del líder llegó el turno de lo que fue una gran etapa de Malmsteen como banda allá por el ’96 con el gran Michael Vescera en la voces. La invitada fue “Never Die”. Bien, prolijos, buen desarrollo. De esta manera empezaron a llegar desde el público los primeros “Olé, Olé, Olé…gordo, gordo”, situación de la que el guitarrista hizo caso omiso para volver con todo ya con una impronta más clásica, hasta genealógica diría. Ejecutó precisamente dos clásicos “Badinerie” (Bach cover) y “Adagio” (Paganini cover), un lujo y ni que hablar en materia de manejo de pedaleras y demás movimientos, gestos y sonidos del más allá por el generados. Ante la ausencia del violín, el talentoso, es capaz de que las seis cuerdas se transformen en otro instrumento. Realmente muy bueno, cuestión que esto hacía de que no puedas despegar tu vista del escenario.

El enlace posterior llegó de la mano de la gloriosa “Far Beyond The Sun”, quizás una de sus mejores obras y mejores ejecuciones de la noche. Encantado y agradecido con la gente por el coreo de cada solo de guitarra no se cansó de arrojar púas desde el escenario, situación que fue recurrente durante todo el show, eso si, acompañada de la ya clásica patadita al aire que genera su desprendimiento. Créanme, un lujo. Posteriormente las acústicas llegaron de la mano de un solo de guitarra en el que invoca a su amada April para luego dar con un temón, “Dreaming (Tell Me)”, de relativa buena interpretación por parte de Marino en las voces, aunque nunca me convenció por completo su desempeño durante el resto de la noche. El disco precursor al promocionado, “Relentless” (2010), dijo presente a través de “Into Valhalla”, que fue ejecutada de impecable manera, más allá de algún fuera de tiempo por parte de su banda. Ya a esta altura eran más que recurrentes las miradas entre el guitarrista y sus dirigidos, ya que por momentos se pasaban una vuelta o no entendían el juego cuando el guitarrista pretendía improvisar, acelerar o disminuir la marcha.

Y fue al momento de ejecutar “Baroque & Roll” que el show tuvo un antes y un después. Hacía tiempo que no veía una situación tan ingrata por parte de nuestro público. La cuestión es que adrede o no, alguien arrojó sobre el escenario un zapato con plataforma (de mujer parecía ser) y el mismo impactó en la cabeza del guitarrista mientras tocaba. Situación que llevó a la banda a terminar con el tema, para que luego el guitarrista se acerque al bajista, le comente lo sucedido y este último arremeta exageradamente con insultos para con todos los presentes por lo acontecido, dejando más que clara su furia para con lo sucedido. Así fue que el show se detuvo alrededor de veinte minutos aproximadamente por orden del sueco, quién se retiró al camarín dejando en claro que hasta que no aparezca el responsable y que lo retiren del recinto, el show no continuaría. El bajista mostró el zapato en público, nos siguió insultando (para mi entender, se fue de tema) y el responsable nunca apareció. Con lo cual, el fanático de la marca más conocida de autos italianos, decidió volver a tocar -los ánimos en el público ya se estaban caldeando- pero con otra cara y así todo nos deleitó, por ejemplo, con “Trilogy Suite Op. 5”, un lujo. Lo que si quedaba definitivamente en claro, es que ya no se respiraba el mismo ánimo y el resto del show sería para cumplir, como lo fue el caso de “Blue”, “Fugue” y un mediocre solo de batería.

Así todo, la parte más grata del show llegó de la mano de “Heaven Tonight” previo a los bises para cerrar con “I’ll See The Light Tonight”, clásico de clásicos. Ambas de las más coreadas y poguedas de la noche sin lugar a dudas. Así fue, que me retiré con un sabor un tanto amargo, quizás como el, no solo por lo acontecido, sino porque seguramente dejó afuera del setlist un par de gemas, que de haber sido de otra manera hubiese tocado al menos veinte minutos más sin lugar a dudas. Mi balance por un lado dice que definitivamente culturalmente no estamos preparados para recibir como se debe a nuestros ídolos, como sociedad dejamos mucho que desear. Y desde el lado musical, me sucede algo parecido. Por un lado queda bien en claro que ya no es grupalmente Yngwie Malmsteen y su banda, es el y nada más. Digo esto porque me hace pensar y remontarme a esas épocas gloriosas de grandes cantantes y músicos, como por ejemplo la presencia en su momento de los Johansson en teclados y batería o bien las voces de Jeff Scott Soto, Mark Boals, Joe Lynn Turner, Michael Vescera, o sin ir más lejos sus dos más recientes, Doogie White o Ripper Owens.

A él,  seguramente desde lo musical poco tengamos para reprocharle, y ya sabemos como es, ególatra, soberbio y demás, pero sabemos que tiene con que para demostrarlo. Lo que si no voy a perdonar ni justificar es verlo en el año 2013, con todo lo que su trayectoria implica, más aún cuando hablamos de una banda que siempre ha gozado de buena salud. Duele y molesta verlo hoy acompañado de músicos que no están a la altura de las circunstancias, más aún cuando suponemos que lo económico no es impedimento. Y no le esquivemos al bulto, ya que si de líder hablamos, la situación tiene un responsable, y es ese mismo que nos cautivó los oídos cientos de veces, y como en esta, que a causa de algún inadaptado social, perdimos la chance de escuchar clásicos que marcaron un antes un después en la escena del heavy metal clásico. Si existe eso que se llama revancha, la quiero.

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