Cavalera no chilla

Argentina Beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (Caja Negra) Compilación de Federico Barea y prólogo de Rafael Cippolini
Crónicas | Cavalera Conspiracy
Cavalera no chilla
Texto: Laura Castellví | Fotos: Sebastián DelaCruz

Max e Igor Cavalera en Buenos Aires. Un show rápido y furioso. Una fecha para mantener el puño en alto y para revivir viejas glorias

No es desconocido para los hermanos el suelo porteño, el año pasado formaron parte de un cartel interminable, pero esta vez fueron el plato fuerte y estuvieron a la altura. Pueden pasar los años pero la magia sigue intacta. Alcanzó poco más de una hora que pasó volando en medio de un recital ágil en donde lo nuevo y lo viejo parecieron prestarse minutos. Dos hermanos, una banda, metal, punk o simplemente el estilo Cavalera.

La presencia de Max en el escenario demuestra los años que lleva en esto. Sin mucha pomposidad, sin exagerar, sin montar un personaje, se planta frente al público guitarra en mano y se pone al hombro el recital. De pocos movimientos, tranquilo, su mirada trasmite una paz que no condice con lo que suena a todo volumen. Sabe lo que hace y lo hace muy bien. Ni bien arrancó el show, el público no tardo en prenderse fuego principalmente porque  Cavalera Conspiracy tiró toda la carne al asador desde el minuto uno.  Tuvieron un sonido increíble, nítido, claro y potente pero sin transformarse en un bola de ruido, algo en lo que este género cae con frecuencia.

El show parecía una lección de conductismo, ante cada estímulo había una reacción y frente “Troops of doom”, “Desperate cry” y  “Beneath the remains”, gemas de Sepultura, el público respondió con un pogo demencial, extremo, rueda de la muerte, mosh y todo lo que pasa cuando te provocan. A eso le sumamos que Max tiraba más leña al fuego con su arengue, Igor amasijaba la batería y  Marc Rizzo ponía lo suyo en la viola por lo que era lógico que la euforia se transforme en el denominador común de todo el set.

Como suele decirse la alegría ñao tem fim, la noche se presentaba  cada vez mejor y siguieron  fluyendo los temas, esos que hicieron que sea una gran velada.  Por eso se puso  todo más pulenta con  “Inner Self”, “Arise”, “Territory”. El público estaba contento, al fin y al cabo eso era la idea. Hubo  feedback, hubo entrega.  Max cambia de viola y sigue. No hubo momentos aburridos, ni se estancó el show.  Fue ágil, rápido y lleno de canciones memorables.

Se tocaron todo, no faltó nada.  Incluso para aquellos que gustan de Nailbomb pudieron escuchar “Wasting away, los de Motorhead “Orgasmatron” y los que quieren el futuro canciones nuevas. La despedida fue la esperable: “Roots bloody roots”. Saludos, aplausos y felicidad. La causada por dos hermanos.

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