Que se extienda el virus, que la fiebre nunca acabe

Reseñas | Relatos Salvajes de Damián Szifrón
Que se extienda el virus, que la fiebre nunca acabe
Texto: Marcelo Javier Acevedo | Fotos: Ilustración: Juan Manuel Dirassar

El fenómeno de Relatos Salvajes es la excusa perfecta para que nuestro cronista nos analice la actualidad del cine argentino. ¿Esperanzas? Muchas.

A esta altura sería una necedad no reconocer que Relatos Salvajes es la película más importante del año. Un estudio certero  –y sincero-  del tercer largometraje de Damián Szifron debería exceder lo estrictamente cinematográfico, si no queremos correr el riesgo de caer en el análisis superficial y mezquino de una obra que se extiende más allá de la pantalla, como todo objeto posmoderno destinado a un determinado tipo de consumo que trae aparejados otros productos -OST, posters, libros, remeras, videojuegos-,  en los que acaba disgregándose. 

Más allá de gustos y teorías especulativas, Relatos Salvajes fue la película más publicitada, visionada y comentada del año. Un virus cinéfilo contagió a los espectadores argentinos y los llevo a llenar las salas donde se exhibió el film, dejando atrás a esos tanques extranjeros que suelen acaparar la mayoría del público. Y si a eso le sumamos la reciente elección para competir en los premios Oscar como representante de la República Argentina, el resultado es un combo completo y agrandado por 2 pesos, lo que la convierte en la reina de las producciones nacionales de este 2014 en franca retirada.

Cuando digo que excede la mera cuestión cinematográfica, me refiero a, por ejemplo, al tan comentado Mirtha Legrand affair y la subsiguiente discusión sobre los dichos de un realizador que pretende instalar el debate de la lucha de clases en la mesa más burguesa de la televisión toda, o el desatino de cuestionar su nivel socioeconómico y su pertenencia cultural  al momento de analizar una película comercial.

Relatos Salvajes es una obra episódica la cual relata seis cortos estructurados a partir de temáticas similares que no escapan a los tópicos universales -la furia, el odio, la venganza, la muerte-, un humor que se pretende negro pero sólo está en función de bajarle el nivel de violencia y oscuridad a los relatos, y la pericia técnica de un realizador con un talento indiscutible.

Existe una clara búsqueda de empatía del espectador para con los personajes a través de cierta identificación con las situaciones que estos atraviesan.  Las historias de esta película pueden intuirse universales, pero todas tienen un tinte especial que las hace bien argentas, a veces en forma de pequeños detalles que sin decir demasiado cuentan mucho -la naturaleza del usurero chanta y violento, un claro futuro barón del conurbano- y otras de forma clara y evidente -la porteña ciudad de Buenos Aires y la burocracia maligna como arma desconcertadora de los empleados inhumanos y aburridos de su trabajos monótonos-. Ese es el secreto de la aceptación mansa de todo lo que se cuenta, la risa fácil hasta en los momentos que no son graciosos y la empatización inmediata con la mayoría de los personajes que se nos exhibe: sentimos que el ser argentino está representado en cada una de esos relatos, y como buenos argentinos que alguna vez hemos sido atrapados por el tristemente célebre road rage, esa furia que nos lleva a bajarnos del auto para pelear contra quien nos insultó sin medir las consecuencias, nos sentimos partícipes por identificación en esos conflictos. Posiblemente más de un espectador haya colocado al paradigmático personaje “Bombita” como su redentor, un Josef K vernáculo que termina mutando en una especie de V liviano y sin la máscara de Guy Fawkes, pero con la cara del cortador de entradas más importante de nuestro país.

Relatos salvajes es una película técnicamente impecable, con una fotografía cuidada y un montaje que se acomoda a lo que demanda cada secuencia. Todo está tan bien planificado, que hasta lo que el manual del buen cineasta dice que no es lo correcto -la voz de los personajes sonando en primer plano cuando estos se encuentran muy lejos de la cámara- está realizado de forma deliberada y en beneficio de lo que busca el director. En otras palabras, todo está  armado para que el espectador no se sienta incómodo nunca, que jamás se desconcierte y salga de la sala 100% satisfecho.

Claro que nada de esto está mal. Si es lo que buscaba el director, le salió redondo. Todo lo respectivo a esta película es un golazo: millones de espectadores, ovación en Cannes, competencia en los premios Oscar. ¿Entonces? ¿Bajamos la persiana y nos vamos todos contentos y orgullosos de nuestro cine criollo sin decir más? Yo creo que no, si queremos que el cine nacional siga avanzando y mejorando.

Lo correcto es pedirle algo más a este tipo de películas, un plus que las diferencie del resto, y ahí es donde falla Relatos Salvajes; es en este sentido y no otro donde fracasa al no cumplir con ciertas expectativas.  La última película de Szifron no ofrece nada fuera de lo común. No arriesga nunca, ni en lo narrativo ni en lo ideológico, permanece cómoda en un equilibrio facilista que parece buscar quedar bien con todos –si caricaturiza al Gobierno de la Ciudad y su burocracia estatal, más tarde en la misma secuencia se burlará de la AFIP, como para equilibrar la balanza-, pocas veces se anima a llegar hasta el final de las consecuencias, y cuando lo hace matiza lo salvaje con pequeñas dosis de humor negro que alivianan la oscuridad del clímax y hacen que el espectador respire aliviado y se distienda riendo con nerviosismo.

El director demuestra una gran capacidad para transformar a sus personajes en arquetipos del argentino medio con el cual el espectador se pueda sentir identificado, pero al mismo tiempo dota a esos mismos personajes de una personalidad excesivamente estereotipada, sin matices: el codicioso, el violento, el vengativo, el empleado público sorete, el político malvado, el rico desalmado, el cheto ultra-canchero, etc., etc. Las historias narradas tampoco desbordan originalidad: El corto “El más fuerte” remite automáticamente a Duel (1971) de Steven Spielberg; “Bombita” tiene varios puntos en común con Un día de furia de Joel Schumacher (1993); la última historia llamada “Hasta que la muerte nos separe” tiene claras reminiscencias a la primera mitad del film Melancholia (2011) de Lars Von Trier, y así se podría seguir buscando analogías con otras películas extranjeras en cada uno de los cortos que componen este largometraje.

 

Así y todo, es la película más importante del año. Y no por ser distinta, rompedora o arriesgada.  No necesitó nada de eso para ganar sin esfuerzo su lugar en la competencia hollywoodense representando a la Argentina; sencillamente le alcanzó con estar bien filmada, correctamente narrada y mejor publicitada.

Si Relatos Salvajes sirve para posicionar al cine argentino a la cabeza de las carteleras, si ayuda a que los argentinos sintamos un lindo fervor por nuestras películas, si motiva al espectador a apostar por el cine nacional, si su triunfo comercial produce subsidios y salas a otras películas argentinas con menos infraestructura,  bienvenida sea. Cuesta creerlo cuando un giallo argento con buen pulso y mucho amor por el género como Necrofobia de Daniel de la Vega –primer film argentino filmado en 3D- tuvo problemas para ser distribuido y exhibido, motivo por el cual llegó a menos gente de lo que debería haberlo hecho.

Sin embargo, hay que tener esperanza. Hay que seguir apostando por el cine nacional, yendo a los estrenos –que es lo que en muchos casos garantiza su permanencia en cartelera- mirando antes de criticar, criticando con buena leche y dándole una oportunidad a otras películas y no solo a “la nueva de Darín”. 

Y cuando se acabe la fiebre por Relatos Salvajes, apoyemos más que nunca a nuestro cine. Arriba el cine argentino.