Apuntando al corazón.

Crónicas | Gabo Ferro y Rubén Szuchmacher: Espacio Contra El Estallado
Apuntando al corazón.
Texto: Carlo Noro | Fotos: Dany Martinez. Equipo Gabo Ferro.

Entre la interpretación teatral y la musical, Gabo Ferro recorre su discografía. Con ustedes una de las noches.

Un escenario ancho y profundo con desniveles. Una escalera. Un telón, luces y sombras. A priori cuando uno ingresa a este Espacio Contra El Estallado puesto en espacio por Rubén Szuchmacher para recorrer la segunda de las fechas que transita la discografía de Gabo incluyendo en este caso Mañana no debe seguir siendo esto  y Amar, temer, partir, la primer pregunta es en que se transformará ese hombre solo que suele sentarse, algo tímido, algo decidido, en el centro del escenario a cantar sus canciones que relatan su pasado, su presente y su futuro.

La segunda pregunta frente a la inmensidad del escenario oscuro,  es sobre la dinámica que cobrará la interpretación. Si hay algo que caracteriza a las canciones de G.F. son las imágenes que hacen metonimia con las sensaciones, atmósferas y sentimientos que confluyen en cada lírica y cada acorde. Trasformar ese espacio inmenso en algo propio, sería el gran desafío para el mismo Gabo y para nosotros los espectadores a lo largo de la noche. Por suerte o por virtud los resultados serán inmensos y conmovedores.

El inicio con “Ahí va tu cuerpo al fuego” despejó las dudas rápidamente. El mismo Gabo jugaría a lo largo de la noche con los límites del cuerpo, de la voz y del corazón dándole sentido físico y sensorial a cada canción. Será por eso que fue significativo, que ese fuego y ese cuerpo,  hayan mostrado a un Gabo partido al medio y casi estático en la parte más retirada del escenario. Tal vez saliendo de su propio mar (que apaga ese fuego) o simplemente tratando de aplacarlo, la idea de purificación queda clara: solo el fuego y el agua pueden aplacar tanto desamor.

“Que nuestra mirada” trajo una luz desde una puerta iluminada. La mirada del otro es la que da fuerza e ilumina, parece susurrar la canción. Tal vez por eso, la luz está por detrás de Gabo, casi sosteniendo el ritmo y la fortaleza de la lírica. “Cuando el amor no entra” y más tarde “Tu amor es como el hambre” tomarían la forma de serenatas invertidas. La primera desde arriba de una escalera relatando irónicamente la imposibilidad de forzar la llegada del amor, la otra con un pie en una silla y desde abajo, detallando un amor absorbente, asfixiante que no da lugar a la libertad del otro.

Aplausos y la sensación de que habíamos visto un espectáculo único. Junto a Szuchmacher, Gabo había resignificado su propia obra transformándola en un vibrante espacio corporal.  Solo queda pensar que este forjar estuvo hecho con el corazón y apuntando a él. Nada más ni nada menos.

“En el aire” también sobre la escalera, fue un momento conmovedor en el que mágicamente el escenario se transformó en un muelle y nosotros en un río donde viajaron las palabras, al punto que no hubo aplausos como medida coherente para no desarmar tanta belleza. “Alguacil” habló de redención antes de un pequeño texto recitado en el que las frutas, la pasión y el deseo fueron atravesados por los cuchillos y las bocas.

A esta altura, sostenido en un sonido impecable y apoyado en un juego de luces y sombras magistralmente diseñado en lo que respecta a la puesta por Gonzalo Córdova, la búsqueda de Gabo consistía principalmente en darle un marco a cada canción. Sin dirigirse al público y teatralizando cada intervención, la sorpresa y la intensidad iban en aumento. El acercamiento hacia la parte de adelante del escenario y por lo tanto al público, que deambulaba entre el aplauso y el silencio, también.

Desde un universo surrealista “Voy a montar un caballo” invitó a romper con lo cotidiano recorriendo y resignificando el propio espacio en el que transitamos día a día.  Por su parte “Que llegue la noche” lo hizo a esa redención que apaga el sufrimiento.  La oda al amor circunstancial, llamada “De paso” fue literal. Pasito a pasito Gabo Ferro se ubicó en el centro del escenario. Desde ese centro “El cuadro de mi daño” lo mostró girando trescientos sesenta grados sobre su eje o tal vez sobre ese otro que hizo arte con su daño y que transformó al hombre en arte,  en uno de los momentos más gestualmente intensos de la noche.

“Sigo el río” trajo la idea de que un hombre puede ser un mago que hace ríos lo que lo convierte en un buen partido. “Dicen” otra vez con medio cuerpo visible, fue un ruego o un convencimiento de que todo lo que angustia alguna vez llega a su fin en lo que fue el cierre simbólico para tres cuartos de espacio del escenario.

“Sobre el camino” fue la canción que sirvió para que el mismo Gabo cierre el telón empequeñeciendo las tablas y haciendo aún más íntima la escena. “Un par de cositas nuestras” fue un bellísimo juego de luces y sombras hasta caer al piso e interpretar una viva versión de “Volví al jardín” con la intensidad propia de un sujeto que vuelve a hacer crecer la flor de su amor propio. “Toda el agua del mundo” fue el antecedente perfecto para que un libro tirado sobre el escenario (aquel que recopila todas sus canciones) permita relatar la introducción al disco Amar… y conjugar la posibilidad o imposibilidad de traer a alguien a un hogar en la bellísima “Para traerte a casa”, cantada casi sentado en cuclillas.

“La casa, nuestros discos” tal vez la canción más irónicamente alegre de la noche, funcionó en franco contraste con “Nube y cielo” tan urgente como rabiosa, en lo que pareció ser el cierre formal del set.  Sin embargo el verdadero final vino con un Gabo despojado. Sin retorno y a capela interpretó “Que llegue la noche” y luego la hermanó, ya sentado en el medio del escenario con “Aquí tus manos” en donde fue inevitable para muchos y muchas no dejar escapar lágrimas de emoción sostenidos en amores presentes y futuros. Aplausos y la sensación de que habíamos visto un espectáculo único. Junto a Szuchmacher, Gabo había resignificado su propia obra transformándola en un vibrante espacio corporal.  Solo queda pensar que este forjar estuvo hecho con el corazón y apuntando a él. Nada más ni nada menos.