La patria riffera

Crónicas | Noiseground Festival
La patria riffera
Texto: Día 1: Sebastián Sanchez/ Día 2: Hernán Mazón/ Día 3: Jorge Sebastián Noro | Fotos: Día 1: Martín Darksoul / Día 2: Sebastián Delacruz/ Día 3: Jorge Sebastián Noro

Nueva edición del festival ¿La última? que nuclea casi toda la variedad posible del rock pesado que huele a humo y alcohol. Allí estuvimos.

Dia 1: Llenando espacios

En principio uno podría entristecerse al pensar que esta pudo ser la última edición de un festival tan lindo como el Noiseground, pero hay que entender que la logística de armar un evento semejante trae sus dificultades. La primera impresión que genera el atravesar bien temprano esas puertas es de completa desolación, más que nada por ver el recinto casi vacío. El relativamente pequeño Uniclub se ha ganado un lugar en la escena a base de darle lugar a bandas de todo tipo y color, y este Festival en particular siempre supo nuclear muchos estilos bajo un mismo techo. Al mirar el reloj y ver que este marca las 19 horas apenas pasadas, uno se da cuenta instantáneamente de lo que vendrá y siente esa absoluta certeza de que para el cierre del día el lugar va a explotar de gente.

Si de aperturas hablamos, la responsabilidad de poner la gigantesca rueda en movimiento recayó sobre los muchachos de Herpes. No resulta sencillo salir a tocar temprano y ante poco público, pero es el karma de los festivales y ellos se lo bancaron como se debe. A primera vista, podría parecer que tienen una influencia de Candlemass desde lo visual, por eso de vestirse como monjes encapuchados, y hasta hay algo de esa banda sueca en el sonido. De todas formas parece que tienen influencias de muchos estilos, localizándose entre el punk rápido, el thrash y algo de ese doom tocado también a gran velocidad. Dieron un show relativamente corto, tocaron unos seis temas, entre ellos “Blues del Inframundo”, “Nabucodonosor” y “La Iglesia Universal”. Hay letras con bronca, pero también algo de humor. Tal vez la propuesta no encante a todos, pero el sonido fue bueno sin dudas, y el tiempo dirá si ajustan más el estilo o si se quedan con la velocidad como característica general.

Ya más cerca de las 20 hs, Gripe vino a dar la primer sorpresa de la noche. Un trio ajustado y potente, anclado entre la psicodelia y la densidad de un rock pesado de antaño. El sonido tiene una cadencia particular, que tiende a hipnotizar al oyente, y si bien hay cambios de ritmo interesantes, también se les puede seguir el ritmo. No se engañen, hay melodías excelentes dentro de temas como “Sublimato”, “La Revolución Permanente”, “Cacto” y “Bromuro de Pancuronio”, y así paso otro show de corta duración pero que fue tan intenso como interesante. A esta altura vale decir que Uniclub estaba comenzando a llenarse, una tendencia que se fue manteniendo a lo largo de toda la fecha hasta llegar al comienzo de la última banda.

El tercer round de la noche estuvo a cargo de los geniales Sutrah. A ellos se los había visto desde temprano entre el público, y para cuando les tocó subir a tocar, el lugar se hallaba mucho más lleno. La música de este trío conforma un mantra poderoso, algo parecido a perderse dentro de un fuerte oleaje hipnotizador. La mente simplemente se sale del cuerpo y se va para cualquier lugar, de modo que solamente queda dejarse llevar por la corriente y disfrutar de su embrujo. Si hay una banda que represente el stoner local, con temáticas autóctonas y cierto aire gauchesco, pues esa banda es Sutrah. No hay un fuerte énfasis en las letras, y más bien se concentran en lo instrumental con largos pasajes, pero son tan efectivos que no logran que uno se cuestione sobre esa extensión. Joyas como “El Gaucho”, “Los tibios” y “Sandoval” hablan por sí solas.

Ya se iban aproximando las dos bandas finales del día, y ante un público expectante los Banda de la Muerte hicieron su aparición, a eso de las 20:40 horas. Como era de esperarse, eligieron abrir su show con un tema de su más reciente álbum 8894, “Ejército de uno”, pero rápidamente pasaron con “Parte de mis historia” y “Te estás dejando mentir” a repasar material anterior. Se trató de otro número que se pasó rápidamente, pero que resultó entretenido a la vez. En pos de cubrir la mayor cantidad de terreno posible dentro del tiempo limitado que ofrece un festival, la banda eligió mostrar un poco de cada uno de sus discos editados, ofreciendo un show relámpago pero bien articulado. El sonido acompaño de maravillas, y el público también. De hecho, ya resultaba complicado movilizarse dentro del recinto, y eso que faltaba el plato fuerte todavía. La banda eligió cerrar una presentación de más de media hora con “Hombre muerto caminando” y “Madera Sagrada”, así que solo restaba esperar por lo que vendría.

Ya cerca de las 22:30, Los Antiguos se hicieron presentes sobre el ya familiar escenario, y abriendo con su ya fiel “C.O.C”, aquellos comandados por el Pato Larralde hicieron explotar un Uniclub que se hallaba absolutamente colmado de gente, algo parecido a lo que sucediera cuando estrenaron su disco Madera Prohibida. Si la artillería desatada con la sucesión de “Te lo vengo diciendo”, “La Peste del Sapo” y “Nervioso y Ebrio” no basta para darse cuenta de que se está ante uno de los fenómenos del momento, entonces no sabemos realmente que hace más hace falta. Gente cantando durante “La Gran Campana”, pogueando con “Los Grises” y “Eslayer te va a matar”, y tarareando “El Inventor del Mal” no hacen otra cosa que llamar la atención y poner el foco sobre la presentación definitiva de la noche. Fueron casi cincuenta minutos de puro rock pesado que vieron su fin con un celebrado “Hecho a mi medida”.

Mejor impresión y cierre para el primer día del Noiseground Festival, imposible.

Día 2: El Gran Final

Antedios, sería la banda encargada de abrir la segunda noche de la cuarta edición del festival. Podemos decir que hubo tiempo y forma para ellos. A ver, estamos ante una banda poco convencional, desde sus preceptos musicales como lo mostrado desde su formato, que no son más ni menos que dos personas. Los contundentes golpes de Nahuel Sanguinetti llegan desde el fondo para que la guitarra y la voz de Patricio Lerma  hagan lo suyo al borde del escenario. Se respira sludge, pero por sobre todo, psicodelia experimental, quizás el eje moderno que traen varias bandas hoy en día. Bien por ellos, una apertura distinta.

Ya en formato trío la cosa iba a cambiar, dado que llegaría el turno de Valle del Diablo, banda que a fuerza de voces podridas y un Wah-Wah que acompaña todo movimiento musical, harían lo suyo sobre las tablas. De todo lo escuchado en la noche, erijo a los presentes como banda revelación, y de hacerse en festival en otra oportunidad, los premiaría haciéndolos subir más tarde, cuestión de que sean disfrutados por más gente, ya que a decir verdad, en la primer hora y algo del festival, poca gente cayó. Como si fuera poco, se dieron el lujo de invitar a tocar en uno de sus últimos temas, a “Pendejo”, guitarrista de El Triángulo.

Senegal Grindcore Mafia me aburrió. No les encontré onda. Fusionan un poco de todo, pero por sobre todo realzan la faceta progresiva combinada con embates extremos. Ellos arriba del escenario dejaron todo, y seguramente estamos hablando de muy buenos músicos, pero lo que practican, no me sedujo. Cabe acotar que son los ex Random, banda oriunda del Tucumán. También entendí que representan en vivo un mano a mano con la psicodelia, pero si de armonía de sonidos hablamos para mis oídos, nada de eso pude comprender. Cambios bruscos de ritmos, de géneros, de voces o situaciones muy técnicas, que poca interacción tuvieron con la fecha en si o al menos con lo que la misma planteaba. Tampoco los vamos a desmerecer, pero siempre hay gente que puede gustarles lo que practican. Tuvieron su hinchada y festejo por los adeptos, pero si hablamos de música, hay algo que para un oyente y claro, te gusta o no.

Acto seguido llegaría Altar, otra banda rara, atípica. Quizás fue el momento también para que la gente se desate y arengue un poco más. Hasta el momento todo venía como muy analizado por parte del público, no más que algún “headbanging” sin mover los pies de la tierra. La interacción más cercana se vivía con algunos gritos y aplausos, pero hasta ahí. La voz que lleva todo a puro grito y con desprolijidad adrede, sería el casual de la devastación mostrada. Buenos riffs de su violero, bien engendrados, y bien la bata. Al final, mandaron fruta, volaron latas de birra desde el escenario para abajo y viceversa, hubo mosh, hasta alguno se bajó el lienzo. Terminó todo medio picante. En lo que a la faceta musical más armoniosa respecta, poco para destacar tengo. Así todo, fue la banda que comenzó a calentar la noche.

Buffalo tuvo una presentación normal. Es una banda que no falla. Dio en apariencia que no tan cómodos ser sintieron en el primer tema, pero ya al segundo tema, la banda y el sonidista, llevaron la performance a otro plano. Aprovecharon para tocar temas de distintos discos que representan ni más ni menos los 14 años de trayectoria de la banda, y también se dieron el lujo de presentar un tema adelanto de "Anatomía de la Soledad", el nuevo disco pronto a salir. Bajo esta premisa sonó "La Maldición de San Antonio", y como si no hubiese alcanzado con esto, se dieron el lujo de invitar al escenario para el cierre a Cristian, cantante de Avernal y a Hernán Rupolo en la viola, quién ya ha sido invitado otras veces.

La anteúltima banda de la noche sería Sauron, banda que garpa, toquen donde toquen y toquen como toquen. No hay vuelta que darle. Soy adepto a sus recitales, me reconozco seguidor, lo cual hace también que cada vez que uno los ve, trate de encontrar algún resquicio, alguna filtración. No sólo que no se encuentra, sino que siempre sorprenden. Recorrieron parte de su historia haciendo sonar a canciones como “Humo eléctrico”, “Hechicero”, “La luz mala” y para el cierre, “Madura el limón”, entre otras. Fue un show muy suelto, práctico y con mucha onda, y junto a Avernal, fueron merecidos aciertos de cierre. Y de Don Pato Larralde,  que querés que te diga que no sepas, desde los chistes que hace, la manera en que se dirige al público, como canta y como gesticula, se termina transformando definitivamente como el as de espadas de la banda, llevándolos hacia un plano más teatral por momentos, que musical. Parece mentira, tiempo atrás quizás sonaría impensado postularse bajo estas premisas, pero en un recital en vivo de estos muchachos cualquier cosa puede pasar.

Cerca de las 23 diría "Hola que tal?" Avernal. “La espada sin cabeza” sería la canción elegida para aceitar el molde. Claro está que de todas las presentaciones, por ser la de cierre, se extendería un poco más, lo cual merecido está. Ojo, esto no quiere decir nada, seguramente necesitás que la banda sea congruente con el lo pretendido por el festival y dejen todo, y así fue, objetivo cumplido. Tuve la chance de verlos ya varias veces con esta formación y me dio le impresión de encontrarlos mucho más sólidos grupalmente. Quizás suene lógico por la estadía juntos, pero no siempre esto sucede con cualquier banda si no hay química y en ellos puedo visualizarla. Viste cuando ya no te tenés que mirar arriba del escenario con tu compañero de al lado para entenderte o ver que parte de la canción viene, bueno, eso pasa, ya no hay dudas, y si las había, hoy están firmes como un roble. La gente los acepta, los corea y los respeta. Sonaron entre las que mi memoria de oyente me permite destacar canciones como “Mil navajas”, “Voracidad”, “Betray”, “Catalepsia”, “Desmembrado en vida”, “Huacalera”, con lo cual como verás, repasaron todos los discos. Es más, presentaron un adelanto del séptimo disco de estudio a llamarse “El habitante de cadáveres”. Dieron un show contundente, al cual también lo llenaron de color también con canciones como “La resurrección”, “La cloaca del mundo”, “Condenado al olvido” y “El Sangriento”, más alguno que otro. Fue un cierre digno para una noche digna. Y a decir verdad, terminé entendiendo que armaron un show “hitero”, buena apuesta del quinteto, pero saben que, si tuviera que concluir algo en un contexto, esperé un poco más de las primeras bandas, ya que al menos bajo mi punto de vista, fueron disfrutables con mayor énfasis las tres últimas junto a los Valle. Así todo, quedaba una noche más de este festival, que año tras año tiene más y más por contar.

Día 3: La voz del fotógrafo

A pesar de que la última jornada arrancaba muy temprano -para colmo domingo y día de elecciones- al abrirse las puertas un grupo de gente ingresó rápidamente.

El mute arriba del escenario se rompió con la presencia de Los Asteroide que propusieron una musica atmósferica, llenando poco a poco los vacíos del lugar. Luego la multitud de Los Sprengers dió un vuelco hacia otro lado con variantes sonoras a partir de algunos instrumentos atípicos para los tres días de festival. Güacho le dio pesadez y contundencia a la noche mostrando un trío muy certero en cada nota, de lo mejor en la jornada. Llego el turno internacional del siempre esperado rock patagónico representado por los Hielo Negro, simples, directos, sin vueltas, lamentablemente tuvieron que enfrentar algunos problemas sonoros. Dejaron a la gente con ganas de más, para la próxima.

Los marplatenses de Luzparis cortaron de cuajo la linea no solo del día sino también del festival con algunos toques incluso ligados al pop. Para tenerlos en cuenta, arriesgados. Sick Porky fue lo mas genial a nivel sonoro y en presencia arriba de las tablas, hace mucho que no se los veía a los puercos de esa manera, tienen todo para dar el gran salto. La noche finalizó con un renovado Dragonauta mucho mas prólijo, que a pesar de todo, con cambios de integrantes, mantiene esa manera de ver la música pesada que a esta altura es una marca registrada.

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