Es una nube, no hay duda

Crónicas | Stoner Fest: Poseidótica+Los antiguos+Banda de la muerte+Sauron+Sutrah
Es una nube, no hay duda
Texto: Erica Ferreyra | Fotos: Nacho Lunadei

Cinco bandas. Heterogeneidad reunida en un festival “entre amigos” que dio cuenta de la variedad y las posibilidades de jugar con lo que suena, hasta pervertir la escucha automática que nos rodea.

“Tengo que cubrir el Stoner Fest”, le dije el jueves pasado a Ale.“¿El Stoner Fest? ¿Vos sabés lo que significa?” Y yo que no sé nada de inglés (y estoy aprendiendo de Metal y otras yerbas) le respondí: “Quizás es un rejunte de bandas rollingueras”. No. Tal como Ale me adelantó, el Stoner Fest es (y había sido las anteriores veces) una nube de psicodelia, metal a borbotones y una noche de bandas amigas con un público que alentó sin agotarse.

El festival arrancó a las 19hs en Vorterix. Sutrah Rompió el hielo de un ambiente ya caliente. Ante todo sorprende la calidad de lo que suena. Decididamente fue el denominador común de las cinco bandas que se sucedieron durante la tarde-madrugada. Sutrah antepone como propuesta la conexión con sonidos rebuscados como arabescos matizados con una voz tan cruda como intensa. A esta altura y recién empezando a calentar motores, la atracción de la banda resultaba ser la unión de la desmesura y la posibilidad de ascenso de las guitarras desaforadas. De esta manera quedaba presentado para “los nuevos” que ahí estábamos de qué iba el Stoner Fest que recién empezaba.

Sauron copa el escenario. Banda con larga historia en la mochila. Pato Larralde a la cabeza en voz, otro de los hermanos Larralde en guitarra, Hernán Zicarelli en bajo y Claudio Fazio en batería, no se conformaron con el solo hecho de dejar en claro el peso de trayectoria. Incluso pareció que sinitieron la obligación de sonar a la altura del escenario que pisaban. Sonaron a puro trapo por esfuerzo y entrega a ese público que pudo percibir cómo las bandas se comprometían una vez más en hacer del Under un espacio de autogestión, que construyeron la relación entre músicos continuamente agradecidos con pibes y pibas con remeras quizás hasta compradas en la mesita que a un costado de la entrada invitaba a elegir amuletos para llevar puestos.

Cuando Banda de la muerte entró, impactó el sonido de guitarra que mantuvo un despliegue atractivo y estridente de principio a fin. Y entonces todos fueron unas bestias tocando, no por el preciosismo técnico sino por como invitaban al cabeceo continuo y a los pogos que de a poco se fueron armando debajo del escenario. La banda sonó como “Ejército de uno, no lo detiene nada”, en una especie de homenaje simbólico a la primer canción del último disco 8894. El sonido fue impecable en toda su distorsión. Xon, cantante de la banda, usó también su voz para agradecer la movida, la convocatoria y el apoyo a las bandas que laburaron esta fecha.

“La peste del sapo” le dió entrada a Los antiguos. Si bien el público fue heterogéneo y respondió frente a los estímulos de toda la noche, esta banda entró a romperla. Este rejunte de distintos recorridos en uno mismo (Pato Larralde de Sauron, Sergio Conforti  y Mow de Avernal, David Iapalucci de Anomalia y Pablo Andres de CruzDiablo) logra atrapar la escucha y provocar el entusiasmo, puños en alto y coros que repiten las letras como sombras de Pato Larralde. La noche venía en ascenso y este fue un punto máximo de sonido, rabia y folk metalero al palo.

Pero todo lo que sube baja, aunque el bajar sea seguir quedando bien arriba. Poseidótica cerró la noche. Antes de escucharlos, una banda de colombianos que interpretaban sin instrumentos los temas mientras tomaban unas cervezas acodados a la barra, anticiparon lo que iba a venir como una “alegoría de la vida”. Parecían exagerar pero el incesante sube y baja, la sensación vertiginosa de no poder elegir cuando se desciende en sonidos que a través del uso (y abuso, por que no) instrumental nos llevan adonde quizás no elegiríamos ir: al sin sentido y a la falta de sujeción. Entonces no estaban equivocados. Poseidótica vuela la cabeza en un ascenso roto de buenas a primeras, donde el equilibrio solo está en una base apenas mantenida. El uso de un violín furioso se burla del preciosismo clásico y puede echar a andar una oda a momentos de delirio, cortitos para que sean eficientes, como latigazos para la escucha.

En definitiva su a algún lugar había que llegar luego de este viaje, quizás sea a esa sensación que quedó cuando al salir de Vorterix  cuando en el medio del buscar de la parada del 39 el mundo sonaba aburridamente silencioso. Esperemos trepar de nuevo a la nube.

 

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