La dialéctica de los extremos

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Martin Kohan. Ojos brujos. Fábulas de amor en la cultura de masas. Ediciones Godot. 2015
Crónicas | Deafheaven + Bhutan + Tan frio el verano
La dialéctica de los extremos
Texto: Carlos Noro | Fotos: Seba Delacruz
Uniclub ?

No pasa seguido que una banda de esas que hacen ruido en el aquí y ahora de la escena internacional venga de visita. Lo cierto es que en medio de una gira latinoamericana en el que incluso llegaron a tocar en el festival Rock al Parque de Colombia (al aire libre y sin que la gente deba pagar entrada) los estadounidenses de Deafheaven pisaron Uniclub. Para el que no conocía la propuesta, hay varias cuestiones que la invitaban a recorrerla. Por un lado había una banda de Black Metal en el que la batería y las voces son casi de manual: la primera a puro beat blast y velocidad, la segunda gritada y aguda como dice la historia de una de las vertientes más extremas de la música pesada. Sin embargo no solo eso es Deafheaven. Detrás de la velocidad y la brutalidad había una banda que es capaz de transitar la belleza del postrock y el shoegaze, convirtiéndose casi sin mediar palabra en una máquina de emociones y sentimientos bellos y etéreos.

En esta aparente contradicción transcurrió en show de los estadounidenses que entendieron que su público gusta de las dos vertientes o es capaz de enfocar su mirada en una para luego incorporar la restante. En este sentido los organizadores comprendieron que el perfil más experimental es el que debía potenciarse desde los soportes. Los drone de Bhutan aportaron un clima denso, pesado y además esperanzador. En toda esa cacofonía de notas simples que se repiten al infinito uno encuentra un sentido complejo y atrayente. Solo es necesario cerrar los ojos y disfrutarlo. Tan Frío el Verano resultó interesante porque aportó un sonido electrónico y psicodélico sostenido principalmente en el uso de sintetizadores. Ataviados con máscaras y con muy pocas voces en escena,  son una banda inclasificable porque invitan a romper límites lo que hace imperiosamente que uno deba dejar de lado la posibilidad de entender qué estilo practican para disfrutarlos. Si uno se deja llevar el resultado es más que satisfactorio.

A la hora de que Deafheaven subiera a escena, el clima era expectante principalmente porque muchos  se preguntaban cuál de las dos personalidades  sería la que se impondría en escena. ¿Sería una banda brutal? ¿Se impondría su aspecto más climático? Lo primero a destacar sería la elección de canciones. Con una infrecuente confianza en su último trabajo, a excepción de las dos últimas canciones del set toda la noche transitaría New Bermuda su obra más reciente.  Desde inicio con “Brought the Water”  las respuestas a las dos preguntas quedarían a medio camino. Dialécticamente la banda transitaría los dos estados dando por resultado universos, sensaciones y sentimientos encontrados. A pesar de que el sonido no sería atronador como uno esperaba  (y que por problemas relacionados con los vuelos debieron tocar con instrumentos prestados), cada canción cobraría vuelo por mérito propio. La mencionada “Brought…” daría el golpe inicial. Su inicio extremo, brutal y veloz contrastaría con un final digno de cualquier banda de post rock bien volada. “Luna” le agregaría a todo esto un riff ganchero y casi thrashero.  Luego sucedería lo esperado. Casi sin anestesia, el grupo pasaría de los estados más calmos a los más violentos sostenidos  simbólicamente en el desempeño de cada integrante sobre las tablas. George Clarke (algo así como un Ian Curtis completamente sacado) aportaría movilidad y entrega. Gran parte de lo que es Deafheaven en el escenario responde a su capacidad de agitar la escena y las masas. No es casual que el cierre de la noche con “Sunbather” y “Dreamhouse” (las únicas dos canciones que no pertencecieron a  New Bermuda) quede casi exclusivamente su garganta y en su gesto de arrojarse al público. Él es capaz de encerrar toda la angustia existencial que contiene al grupo y transformarlo en un grito primal. En un contexto donde los músicos suelen ocuparse más por el aspecto estético que por hacer canciones, su propuesta es una bocanada de aire fresco y una manera interesantísima de entender por dónde va la música pesada actual. Daniel Tracy es un soberbio baterista capaz de cambiar el chip entre velocidad, sutileza, vitalidad, calma y desenfreno sin perder la lógica de su toque. Al igual que Clarke distingue la propuesta con claridad. A priori parecería complicado transitar tanta amplitud sonora sin alguien que responda con tanta contundencia a las exigencias melódicas. Kerry McCoy es el cerebro detrás de las melodías de la banda. En este sentido  su estatismo en escena se relaciona lógicamente con lo que aporta.  Su guitarra parece decir en cada una de las canciones que no es necesario jugar carreras en el diapasón para hacer música extrema. Claro que cuando la banda surca las aguas del post rock sus melodías brilla hermanadas con  lo que aportan Stephen Clark  en el bajo  y  Shiv Mehra en la otra guitarra. Canciones como “Baby Blue” son gemas preciosas de melancólicos sentimientos que le dan otro vuelo a la banda.  Da la impresión que si siguen caminos como estos o como los que insinúa “Gift  for the Earth” no tendrán límites.

El cierre con una despedida escueta pero sentida ante un público que fue expectante y  participativo a lo largo del  show,  dio la pauta de que una vuelta será posible. Estaremos ansiosos de ver en que se transforma Deafheaven. Ojalá haya segunda parte.

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