B.A.Rock 2017: Entre lo que pudo ser y lo que fue

Crónicas
B.A.Rock 2017: Entre lo que pudo ser y lo que fue
Texto: FOTOS GENTILEZA FESTIVAL BAROCK

Fuimos al B.A.Rock y realizamos nuestro propio recorrido. Este es el resultado.

A simple vista el BARock parecía una buena idea. Retomar un festival histórico (cuya última edición había sido en 1982 en las canchas de rugby del Club Obras Sanitarias), festejar las cinco décadas del rock nacional y de paso revisitar los nuevo, lo más o menos nuevo y lo histórico de la música argentina; a priori era una propuesta atrayente, principalmente porque podría dar lugar a la reivindicación de varios históricos y varios nuevos que de lo contrario deben seguir peleándola por otros lados.

Lo cierto es que la última semana fue caótica para la organización del festival. Mas allá de haber armado una grilla heterogénea y lógicamente discutible resultó desprolijo saber que Iorio no tocaría por cuestiones ideológicas (lo que conllevaría la solidaridad de la banda del Tano Marciello y de Horcas), que Hector Starc y Porchetto se bajarían por “incumplimiento de contrato” y que León Gieco y los Twist no lo harían sin una razón clara. Si a esto le sumamos la autoexclusión de Salta la Banca por graves cuestiones que ligan a algunos de sus integrantes con hechos de violencia de género, el panorama de por si invitaba a armar el rompecabezas. En este contexto, la sensación es que se hizo lo que se pudo.

En concreto fueron tres escenarios los que propuso el predio Malvinas Argentinas. En interior del microestadio, la denominación fue Artaud, mientras que en el exterior hubo un escenario principal (el más grande de los tres) denominado La Balsa y un escenario pequeño denominado Signos. En la interacción de los tres se fueron conformando los distintos momentos del festival.

Escenario Signos. Nuevas Viejas canciones.

A diferencia de lo que pasaba con el escenario Artaud, el escenario Signos dependía claramente de los que sucediera con el escenario La Balsa ubicado en frente. Entonces, los atrasos de horario afectaron a veces positiva y a veces negativamente lo que sucedía en este escenario pequeño pero que por momentos logró un sonido potente y claro. Entre lo positivo podemos decir que mucha gente, al menos por curiosidad elegía una vez terminado el acto principal pispear lo que sucedía en este escenario. Lo negativo tenía que ver con que si lo que sucedía en frente se extendía, no quedaba otra que esperar a que todo termine para arrancar el propio set.

Entre lo destacable del día Sábado, lo primero que vale la pena mencionar es la propuesta de Sick Porky. Seguramente sabiendo que no había dentro del festival propuestas que mezclen el rock valvular y moderno como ellos, los muchachos eligieron dar un show enérgico pero a la vez climático. Entonces no pareció casual que la elección de canciones, haya pasado por aquellas que van tomando fuerza y explotan al final. La fuerza de “Pura Sangre” y la intensidad de “El Barro mi enemigo” fuero dos muestras concretas de esos estados que hablamos. La primera bien rockera y la segunda bien melódica. Terminaron haciendo que la gente se acerque a verlos. Buena jornada para ellos.

Más tarde el turno fue para dos históricos. Celeste Carballo sorprendió con una propuesta bien rockera pero que hizo pie firme en el blues (algo que siempre fue su impronta pero que en el último tiempo a potenciado especialmente). Con una banda solvente y conocedora del estilo se fue muy aplaudida. Un rato más tarde el turno fue para el único Manal y Aeroblus del festival, Alejandro Medina. Con una banda bien rockera, el bajista aprovechó su corto set para mezclar pasado y presente. La icónica “Tontos” (de Billy Bond y la Pesada) fue el inició del set que tuvo puntos altos con la propia “Cosmos” y altísimos con la genial “La maldita máquina de matar” (otra de Billy Bond y la Pesada). El cierre esperado con “Aeroblus” fue un auto homenaje esperado por todos. No olvidemos que el Negro Medina fue uno de los que contribuyó a construir las bases firmes del blues y del rock en castellano desde argentina hacia toda Latinoamérica. Entre muchos jóvenes y curiosos que miraban con interés y varios veteranos que disfrutaron del show, la sensación fue que la cosa podría haber durado más. Esta vez el tiempo fue tirano.

El domingo lo verdaderamente destacable de este escenario fue la presentación de Christian Van Lacke quien fue capaz de retomar la dimensión más experimental y viajera del rock argentino de los setentas pero con una visión contemporánea. Irónicamente, aquello que en las edición anteriores hubo a montones (grandes zapadas, experimentación y búsquedas climáticas), esta vez solo estuvo presente bien temprano a través de este proyecto. Con un set corto pero intenso y volado Van Lacke hizo lo que nadie quiso hacer: dar lugar a otros músicos para crear en el aquí y ahora de las canciones. Entonces estuvieron Jorge Durietz (Pedro y Pablo) y Adrian Bar (Orions) junto a gente de Gualicho Turbio, invitados de Perú entremezclados con su propia banda Comeflor. La sensación final fue que lograron hacer lo que nadie logró en el festival: crear canciones y momentos específicamente pensados para el BA.Rock. Para unos pocos que fuimos temprano fue un gran momento.

Escenario Artaud: Barrio y Rock

A diferencia de lo que sucedió en los escenarios ubicados al aire libre, el único escenario cubierto pareció tener una orientación muy clara en cuanto a géneros. Entonces, el sábado, para el público de rock barrial, la seguidilla La condena de Caín, Nagual (quien mostró un sorprendente poder de convocatoria) y Los Gardelitos resultó más que atrayente. Estos últimos casi colmaron el estadio (algo que no sucedió con ninguna de las otras bandas que vimos). Su show tuvo una interesante producción (una orquesta, bailarines de tango y muñecios inflables) y sirvió para presentar una nueva formación en la cual el único miembro estable es Eli Suarez. Con banderas desplegándose durante todo el show y la defensa explícita del Indio Solari y Callejeros, fue claro que el grupo aprovechó la oportunidad para reafirmar la comunión con su público. Tal vez por eso solo participaron de la fiesta aquellos que saben de qué se trata.

Durante el domingo, el rock pesado fue el que tomó protagonismo a lo largo de la tarde. La Naranja y Boff trajeron su rock and roll a lo ac / dc y a pesar de que la concurrencia era mínima tocaron como si hubiera 50000 personas en el lugar. Con un show enérgico y potente, demostraron que esta dimensión del rock se toca de una sola manera. Fuerte, alto y con actitud.

Viticus, presentó una formación de trío e hizo lo que sabe: mezclar el rock pesado con el rock sureño estadounidense, a pesar de que las dos canciones nuevas que estrenaron “Equilibrio” y “Sangre Fría” inclinan la balanza más por lo primero que por lo segundo. Tal vez por eso la última parte del show mostró al trío tributando a Pappo con una gran versión de “Sucio y Desprolijo” y a Riff con “Ruedas de Metal” y “La Ciudad del Gran Rio” entre otras. Gran momento de rock sanguíneo y valvular.

Después del conflicto legal con Ricardo Soulé (al que no hizo refencia) Willy Quiroga dejó de lado el nombre de Vox Dei aunque no sus canciones. Entonces fue una gran oportunidad de encontrarse con “Jeremías pies de plomo”, “Es una nube, no hay dudas”, “Génesis”, “Libros sapiensales” y “Azúcar amarga”, con versiones bien rockeras y climáticas. Para destacar la versión de “Génesis” donde la voz de Quiroga se mostró intacta.

Massacre fue la encargada de cortar la seguidilla de rock pesado en el contexto de un estadio con algo más de un cuarto de capacidad. Si bien por momentos el sonido fue demasiado estruendoso, fue interesante encontrarse el nivel de experimentación sonora que la banda ha logrado en el último tiempo. “Mi amiga Soledad” fue uno de los puntos altos gracias a la incorporación del Theremin a manos de Wallas. “Ana no duerme” con una especie invocación protectora a Spinetta por Walas, también fue un punto alto. Buen show de una banda a la que se la nota afilada.

Escenario La Balsa: Para todos los gustos.

La primer imagen del sábado en el escenario principal es la de un lindo show de Emilio Del Guercio en el que aprovechó para mencionar a sus compañeros de ruta que por los motivos que mencionamos antes no fueron participes del festival. Con un set calmo y climático y con la guitarra criolla en la mano transitó canciones de Aquelarre “Brumas”, “Aves Rapaces”, Almendra “Las Cosas para Hacer”, “Cambiándome el Futuro”, “Fermin” entre otras y finalizó con “Violencia en el parque” no sin antes proponer una interesante canción de su autoría “Trabajo de pintor” con aire folclórico y presencia de acordeón. Se lo vio emocionado y feliz de haber estado. Algo parecido sucedió debajo del escenario con los mismos “viejos rockers” que el mismo se encargó de bautizar. No es poco.

Catupecu Machu dio seguramente el show más potente de todos lo que elegimos presenciar en el festival. Con un gran sonido fueron construyendo una propuesta sólida, concreta y monolítica sostenida fundamentalmente en el aporte de Macabre en teclados y Agustín Rocino en la batería. Algunos covers “Blitzkrieg Bop” con Macabre en las voces, “Para vestirte hoy” con Lisandro Aristimuño presentado como “lo mejor que le pasó a la música argentina en los últimos quince años”; se sumaron a “Plan B: Anhelo de Satisfacción” (a esta altura una canción casi propia) y a ciertos guiños a "Bombachitas rosas" y "La balsa" en “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”. Se fueron muy aplaudidos y dieron la pauta de qué se trata tocar en un festival como estos y salir airosos.

Litto Nebbia y Pez fue de por si una de las presentaciones más esperadas primero porque recupera la obra de los Gatos, la banda fundacional del rock argentino y en segundo lugar porque muestra a Pez en una dimensión distinta a la que nos tiene acostumbrados. Precisamente lo que uno pudo observar ademas de escuchar grandes versiones de “El rey lloró”, “Mujer de carbón”, “Lágrimas de María”, “Soy de cualquier lugar” o “Cadenas y moneda” entre otras; fue la genuina preocupación de la banda por ceder el protagonismo a la figura de Nebbia. Entonces el resultado fue una banda prolija donde los teclados de Juan Ravioli brillaron con maestría secundando el hacer e Litto sin por ello perder efectividad. Es más tanto Fósforo García como Franco Salvador y Ariel Sanzo supieron encontrar su lugar a lo largo de las canciones y de la noche con una maestría propia de aquellos que saben cuál es el aporte necesario para que todo funcione. “La balsa”, “Pato trabaja en una carnicería” de Moris y “Hogar” en una versión bien rockera, fueron el cierre perfecto para un show que tuvo el recuerdo la intensidad y la actualidad que el festival necesitaba. Bien por Nebbia y bien por Pez.

Lo que dejó el Festival.

Más allá de los problemas concretos con los artistas que no participaron del festival que afectaron a la semanas previas, la sensación fue que el festival adoleció de grupos que mostraran propuestas nuevas y novedosas para el público masivo. Más allá de lo que mencionamos en la nota hubo pocos espacios y a horarios más beneficiosos para que grupos nuevos pudieran mostrar lo que hacen. Por otro lado, resultó bastante extraño que no se intentara incentivar el espíritu colectivo que definió las anteriores ediciones del festival en donde si bien cada grupo o solista tuvo espacio para poner en juego su propuesta, se invitó a colegas para ensayar experimentos musicales colectivos. Seguramente estas cuestiones deberán pensarse para hacer una propuesta más atractiva desde lo colectivo, de lo contrario la convocatoria seguirá pasando solamente por los méritos individuales de cada banda. Si esto no sucede seguirá siendo solamente una sumatoria de propuestas individuales y el “festival” dejará de tener sentido.

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