Monster of Rock, La batalla del tiempo

Crónicas
Monster of Rock, La batalla del tiempo
Texto: Roma Marcaletti

Como si de un designio se tratara, el sol quemaba el camino que nos conducía hasta las fortalezas de Tecnópolis. Aquella tarde, sábado cuatro de noviembre, se vería al astro caer en el horizonte y estallar en la octava edición del festival británico más grande del metal en suelo argentino. Más de diez mil personas y cinco titanes, derribaron el microestadio en una batalla sangrienta que duró más de siete horas a puro sudor.

Tras un largo camino, sorteando los Food Trucks, las promotoras pomposas posando sobre autos y motos, el escuadrón de seguridad que salía de la nada y la multitud de zombies que seguían el sonido hasta el escenario, por fin pude sentarme en la platea más alta. Allá a lo lejos, sobre el campo de batalla, los primeros soldados desafiaban con euforia los últimos temas del primer monstruo convocado para abrir la feroz velada. Nada más, ni nada menos, que PLAN4. Knario Compiano (voz), Gonzalo Espejo (batería), Matías Maharbiz (bajo), Pehuen Berdun (guitarra), arrancaron estrepitosamente con temas de su reciente álbum de estudio Llevá tu mente al límite, lanzado en septiembre de este año. Orgullo nacional corriendo por las venas, con su beta Groove más potente del metal, dejaron sangre arriba del escenario como la primera vez que se sumaban a este evento, allá por 2015. Completaron la setlist con cinco temas de su trabajo En mil pedazos (2010), entre los cuales se encontraban El verdugo y No me des por muerto. Estas cuatro bestias peludas, demolieron a golpes al público y lo van a seguir haciendo en su gira por el interior del país para lo que resta de este mes.

Segundo round, casi las cinco y media de la tarde, VIMIC se revelaba contra la muchedumbre enardecida que los aguardaba impaciente. Con un semblante sombrío y casi elegante, agigantaron el escenario sin tener que utilizar otra arma más que su música. La agrupación liderada por el ex baterista de Slipknot, Joey Jordison, compuesta por tres de los integrantes de su antiguo proyecto Scar The Martyr: Jed Simons (guitarra y coros), Kyle Konkiel (bajo y coros), Matthew Tarach (teclado), y Kalen Chase Musmecci (voz principal), sorprendieron a miles de personas con material de su primer disco Open your omen, que aún no ha sido lanzado. Siete canciones fueron las suficientes razones para demostrar lo mucho que tiene esta banda para ofrecer, entre ellas My Fate y Simple Skeletons. Sólo queda esperar a principios del año que viene para tener en manos el disco y dejarse llevar, altamente recomendable.

Silencio, escenario a oscuras, momento propicio para salir a buscar provisiones antes de la tercer embestida. Excelente coordinación del evento, cabe destacar, desde la puesta en escena, el excelente sonido, las instalaciones aledañas y la seguridad, permitió disfrutar aún más de este increíble show. Seis y media, con una atmosfera renovada, y una de las dos más grandes razones por las cuales el microestadio estaba ya completamente lleno: ANTHRAX. Scott Ian (guitarra), Charlie Benante (batería), Frank Bello (bajo y voz), Joey Belladonna (voz) y Jonathan Donais (guitarra líder) explotaron Tecnópolis con un sonido ultrapotente. Con una lista de temas muy similar al que tocaron en el Estadio de Vélez en marzo del año pasado, Among the Living (1987) Madhouse (Spreading the Disease, 1985) y Be all, end all (State of Euphoria, 1988) fueron la excepción para este evento. Una de las más grandes bandas estadounidenses del thrash metal devastaron el espectro del tiempo, esa línea que separa casi todo el pasado del presente de repente parecía haber desaparecido por completo. Con el sol perdido en alguna parte, el show cobraba ya una dimensión estética alucinante a través del juego de luces y la masa de gente saltando sin descanso. La noche y el pasado nacían para devorar la sed de la muchedumbre. Impecable el trabajo de Anthrax arriba de las tablas, una batalla más que quedara apresada en esta octava edición, que sin dudas significó el primer gran punto de éxtasis para la gente.

Casi dos horas después, afuera el viento tomaba fuerza de a poco, mientras tanto el escenario cambiaba de apariencia para recibir a la mítica banda nacional de hard rock y heavy metal, RATA BLANCA. Casi con una huella épica en su repertorio de viejos temas como La canción del guerrero (Poder vivo, 2013), Círculo de Fuego (El reino olvidado, 2008) La llave de la puerta secreta (disco que lleva el mismo nombre, 2005) y la más destacada La leyenda del Hada y el Mago (Magos, espadas y rosas, 1990), estos demonios dejaron todo lo que pudieron hasta gastar su último aliento. Ante un público que exigía una batalla más feroz, Walter Giardino (guitarra), Adrián Barilari (voz), Fernando Scarcella (batería), Danilo Moschen (teclados) y Pablo Motyczak (bajo), insistieron en dar pelea con un total de doce canciones, entre las cuales se encontraban Rock 'n' Roll Hotel y Los chicos quieren rock de su último disco de estudio Tormenta Eléctrica, lanzado oficialmente en septiembre del 2015. Mucho humo, juegos de luces y un emotivo video en recuerdo a Guillermo Sánchez, bajista de la banda quien falleció en mayo del corriente año, atenuaron la energía excesiva del público, sobre todo en los largos solos de Giardino. Otra gloriosa contienda contra el tiempo que parecía inmutarse, una agrupación que ha dado todo a través de los años y que aún, con el rugir de su fuerza, prevalece viva su llama.

Finalmente, el manto oscuro se apoderaba del cielo y con él la impaciencia de un mar de gente que clamaba por unos de los gigantes más poderosos del thrash mental en todo el planeta. MEGADETH, treinta y cuatro años de vigencia en la historia de la música, quince discos grabados en estudio y más de cincuenta millones vendidos alrededor de todo el mundo, más de diez nominaciones y casi veinte conciertos brindados en Argentina, esta mega agrupación juega de local en una noche indiscutiblemente única. Desde que las luces se encendieron hasta que se agotaron, no hubo ni una sola alma sentada en el recinto. Miles y miles de personas, de todas las edades, en familia, en números grupos que venían desde muy lejos, fueron testigos de otra detonadora noche que Dave Mustaine (voz y guitarra), David Ellefson (bajo y coros), Kiko Loureiro: (guitarra y coros) y Dirk Verbeuren (batería), supieron ofrecer con todo el profesionalismo que los caracteriza. Cada movimiento que daban estaba milimétricamente estudiado, cada golpe estremecía al público a tal punto que muchos terminaron por demás emocionados. Veinte canciones, las mejores que guarda su extensa carrera: Peace Sells y Wake up Dead (Peace Sells... But Who's Buying?, 1986), In My Darkest Hour (So Far, So Good... So What!, 1988), Hangar 18 y Dawn Patrol (Rust in Peace, 1989), Symphony of Destruction y Sweating Bullets (Countdown to Extinction, 1992), The Threat Is Real, Dystopia, Conquer or Die! y Lying in State, todos temas que incluyen su ultimo disco de estudio lanzado el año pasado, entre otros más. En cada recorrido de aquella mágica setlist, la gente se agitaba furiosamente, el calor se hacía tangible en una espesa nube que bañaba el campo. Un show que ni faltó con la presencia de Vic Rattlehead, quien se paseaba por las tablas como adueñándose de toda situación. Fue una jornada emotiva, y se sintieron en las palabras de agradecimiento que Dave Mustaine cada tanto evocaba. El fin de su tour cerraba en nuestro país y con él una nueva oportunidad para regocijarse ante una gran banda.

El movimiento lento de la tierra que gira sobre sí misma, mientras el telón se cierra detrás. Inmóvil, el tiempo, vacía el silencio con el recuerdo. No es el mismo silencio del espacio que mira la inmensidad, no es el mismo recuerdo aquel que queda como un silbido borroso. Es la sensación de despertar dentro de un sueño y dejar que fluya como la vida misma. La gente retornaba a vaya saber qué lugar de su mundo, caminaban lento como si hubieran dejado el alma ahí dentro. Más de dos horas para conseguir que un colectivo pare y más de dos semanas para dejar de recordar lo hermoso de aquella jornada.