Magma en vivo en el Nd Teatro: Distinto a todo

Crónicas
Magma en vivo en el Nd Teatro: Distinto a todo
Texto: Carlos Noro | Fotos: José Becerra

La primer visita de Magma es un acontecimiento en si mismo principalmente porque lo de los franceses es imposible de clasificar. Encuadrados dentro de la música progresiva pero siempre dispuestos a ir más allá de esa etiqueta; cuando uno los ve en vivo se da cuenta de la intensidad musical que poseen. En medio de una estructura que permanentemente desectructura donde uno puede percibir la libertad del jazz, la potencia e intensidad del rock, la grandilocuencia de los coros operísticos y hasta momentos de profunda introspección que tranquilamente podrían ser parte de una relectura de los spiritual o de los cantos gregorianos; el colectivo musical puso en escena su propio e inclasificable legado: tres canciones, la primera de ¡48 minutos! La segunda de ¡36 minutos! Y la tercera un auto cover de 6 minutos fueron suficientes para que todo esto sucediera.

A esto debemos sumarle que su radicalidad (palabra que mejor se ajusta a lo que hacen) de ninguna manera se remite a lo estrictamente musical. No conformes con romper los cercos que establecen los géneros establecidos, los franceses llevan al limite la idea de que la música tiene un idioma universal, hasta el punto de que las mayoría de la canciones son cantadas en kobaino un idioma especial que también nos permite reflexionar sobre el presente: fue creado por el líder musical, espiritual y creativo, el baterista / cantante Christian Vander para contar la historia de un grupo de seres humanos que han logrado sobrevivir a su propia destrucción en un planeta lejano a la tierra. En ese punto los franceses proponen una cosmogonía tan particular como propia. Parecen relatarnos un futuro que nos permite dar cuenta de nuestra propia actualidad como seres humanos y tal vez cambiar nuestras propias acciones.

En este contexto el inicio del show con la canción - disco “Ëmëhntëhtt-Rê” (una suite de diez partes) no hizo más que enfrentar a los presentes (desafortunadamente un Nd Teatro a medio llenar) con todo lo que puede generar el colectivo musical en vivo, una denominación que no es casual si mencionamos lo que sucede en las tablas Como es lógico Christian Vander ocupa el centro del escenario, pero sin estar al frente. Claramente es un director de orquesta que funciona como dinamizador rítmico de lo que sucede. Su groove es oscuro y a la vez luminoso cuando alguno de los fragmentos (intensos y complejos) precisa logra encontrar intensidad, fuerza y sutileza. Su lugar de alma mater se nota y se percibe. Sin él todo lo que va transcurriendo no sería posible.

El resto del grupo, los cantantes Stella Vander (quien es parte de la banda desde los setentas) , Isabelle Feuillebois y Hervé Aknin, Rudy Blas en guitarra, Philippe Bussonnet en bajo, Jérôme Martineau en teclado y un espectactular Benoit Alziary en vibráfono, son capaces de generar cada uno a su modo una experiencia conjunta pocas veces vistas. Muy enganchados con lo sucede, ese todo que fluye en la canción es fruto de una suma de partes en donde cada instrumento sabe perfectamente qué hacer. El resultado es una experiencia por momentos mántrica en donde los coros dobles y hasta triples hacen que todo gane en grandilocuencia y dramatismo. La conclusión es que cuando la canción de repente termina, la sensación es la de haber estado viajando con ellos por el espacio exterior sintiendo sus sueños, pero también sus miedos y sus angustias.

Es un placer estar en Buenos Aires, la conozco porque tengo familia acá, dijo Stella Vander tímidamente para contar que como no podían conformar a cada quien que pide una canción de la banda, deciden ellos mismos qué tocar. En este caso la decisión fue la más esperada y que incluyó una monumental versión de “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” (otro disco - canción que en su momento fue censurado por las discográficas por tratarse de una obra de más de treinta minutos). Si tuviéramos que elegir una canción para definir el universo magmático sin lugar a dudas sería esta. A lo que ya habíamos percibido y disfrutado en los minutos anteriors (encuentro de voces y de instrumentos, diversidad de intensidades) se le sumaron ritmos, sonoridades, climas, atmósferas que transformaron al teatro en una especia de caleidoscopio de sensaciones. Sin lugar a duda aquí está el principal aporte de Magma al universo musical: romper esquemas establecidos y generar sensaciones completamente distintas a lo que uno ya conoce.

 

Frente a todas esta altisonancia (una de los adjetivos que también sirven para definir la música de Magma) el final del show fue pequeño, emocional y sutil. Por primera vez Vander dejó la batería, se paró enfrente del escenario y junto al resto de los cantantes ejecutó una hermosa versión de “Ehn Deïss” de Offering (un proyecto que el baterista puso en funcionamiento en los ochentas debido a un pequeño hiato de Magma). Solo acompañada por el piano y el vibráfono contrastó con lo sucedido hasta el momento y dio la pauta de que lo de Magma había sido histórico: pocos pueden darse el lujo de sobrevivir sin ser parte del sistema. Los franceses parecen hacer su propio camino de vanguardia y ruptura. Bien por ellos.

 

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