Acid Mothers Temple en Niceto: La música y la libertad.

Crónicas
Acid Mothers Temple en Niceto: La música y la libertad.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Jorge Sebastián Noro

La visita de Acid Mothers Temple & The Melting Paradiso U.F.O. tranquilamente puede compararse con lo que sucedió hace un tiempo con sus compatriotas Mono. Si bien aquí la cosa va más para el lado de la psicodelia que del post rock, la búsqueda parece ser la misma: generar sentimientos y sensaciones que impacten concretamente en lo corporal. Tanto en un caso como en el otro lo que sucede instrumentalmente escapa con maestría del concepto de canción para recorrer caminos que buscan conmover las fibras más íntimas de su inconsciente. Ese parece ser el objetivo y lo interesante, es que tanto en un caso como en el otro lo logran por diferentes caminos.

La noche empezó en lo que parece ser el regreso de Reynols (en realidad Reynols combo) con una formación distinta a la original. Sin Miguel Tomasín (el baterista que síndrome de down que en su momento fue el líder de la banda) la propuesta vino con Alan Courtis y Rob Colanzo en guitarras y electrónica y Pacu Conlazo en batería y percusión. Con un sonido fuerte y estruendoso, la cosa vino por el lado de generar climas sonoros cercanos al noise y al drone no tan disruptivos y vanguardistas como la formación original. Seguramente seguirán surcando sus caminos experimentales. Interesante vuelta.

 

Lo primero que llamó la atención de AMT fue que ellos mismos fueron los encargados de manejar su puesto de merch. Entonces en una saludable iniciativa varios pudimos charlar con el barbudo cuasi maestro zen Higashi Hiroshi (sintetizadores), la guitarrista de pelo rosa furioso Mitsuko Tabata y el bajista Wolf quienes generosamente vendieron sus discos, se sacaron fotos y firmaron autógrafos tanto al principio como al final del show. El resultado fue un lindo intercambio que los acercó con naturalidad a su público. Bien por ellos.

Cuando alrededor de las diez de la noche los japoneses se dispusieron a subir al escenario, Niceto contaba con una interesante y ecléctica cantidad de público, lo que confirma que este tipo de bandas tienen la saludable fuerza para convocar tanto a gente entrada en años como a jóvenes, mezclados con curiosos dispuestos a ver de qué se trata la propuesta. Seguramente esta fue una de las razones que permitió que el show de los japoneses fuera tan disfrutable. No es necesario conocer su discografía (de por si imposible ya que contiene alrededor de 100 títulos) para entender de qué se trata lo que hacen. Lo suyo está más cercano a lo performático proponiendo un aquí y ahora que promueve que los shows sean una experiencia única e irrepetible. No por nada el guitarrista y líder espiritual del la banda Kawabata Makoto nos hablo de que “iba a tocar lo que le dictara el cosmos” cuando lo entrevistamos. En su lógica y en la de la banda es la única forma de construir su propio universo musical.

En este contexto el inicio con el mencionado Hiroshi interpretando con la armónica “The Wizard” de Black Sabbath fue solamente un punto de partida para la explosión de sentidos que sucedería a lo largo de la noche. Lo cierto es que la canción se fue deformando y deconstruyendo al punto de que no tuvo nada que ver ni con la versión de Iommi ni con cualquiera interpretadas por los mismos japoneses con la gran virtud que a lo largo de la misma todo sucedió de manera natural y fluida. En este punto la guitarra y el manejo de Makoto tuvo un protagonismo clave. De alguna manera guiados por su sensibilidad, el grupo comenzó el viaje a distintas dimensiones en los que melodías de distintos géneros (pop, rock, blues y todo aquello que se les ocurra) instantáneamente desembocó en furiosos arranques de furia. En ese contraste fueron apareciendo varios de los grandes momentos de la noche: el ir y venir entra la calma y la furia, entre la melodía y la disonancia; de alguna manera construyendo una música oximoron donde los opuestos paradójicamente supieron atraerse.

En medio de reversiones o citas libres de canciones “Flying Teapot” de los geniales Gong y “Pink Lady Lemonade” de ellos mismos, todo lo sucedido durante la noche lo fue de manera hipnótica. Tal vez por eso cada quien se dejó lleva por la música sin tener en consideración qué pasaba a su alrededor. Algunas chicas bailaban con los ojos cerrados, algunos agitaban los brazos extasiados, otros observaban con la mirada perdida, lo concreto es que cada quien pudo ejecutar su propio viaje.

De alguna manera sobre el escenario sucedió algo parecido. La ya mencionada Tabata (encargada de la guitarra rítmica) se animó a bailar graciosamente algunas canciones en contraste con la concentración oriental del canoso Hiroshi capaz de sumar capas y capas de ruido a lo que sucedió en escena sin perder jamás su rostro adusto y serio. Lo de Kawabata como dijimos es clave a la hora de que el grupo pueda encontrar vuelo y estructura ese jam eterno que propone. Lo mismo que Hiroshi propone con relación a la posibilidad de transformar el ruido en música, el guitarrista lo hace con las melodía de su guitarra siendo un poco el director espiritual que puede encausar lo que sucede. Es imposible imaginar que todo se desenvuelva en torno a ese caos ordenado sin su presencia. Wolf y Satoshima N en batería fueron los encargados de que todo fuera un magma denso, pesado y contundente. Sin esa estructura los viajes siderales que propone el grupo no serían posibles. En este contexto la banda como un todo fue capaz de mostrarse con una fuerza inusitada en el que cada bien hizo lo necesario para que todo funcione a la perfección y si fisuras.

El cierre sin bises y con otras de las explosiones sonoras que se sucedieron a lo largo de la noche, terminó por cerrar un ciclo en el todo comenzó con la armónica sabbathica y se transformó en una demostración conmovedora de lo que puede lograr la música entendida como un espacio de libertad. Parece que los japoneses saben de qué se trata esto a la perfección. Será cuestión de aprender de su sabiduría. Ojalá vuelvan

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