Los Espiritus en el Estadio Malvinas Argentinas: Así de fuertes somos.

Crónicas
Los Espiritus en el Estadio Malvinas Argentinas: Así de fuertes somos.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Jorge Sebastián Noro.

“La rueda que mueve al mundo, va a girar y girar” repiten a viva voz Maxi Prietto y Santi Moraes como despedida a dos horas y media de música. Suena obviamente “La rueda que mueve al mundo” una canción que le debe tanto a la tradición del blues argentino como a Roadhouse Blues de The Doors y que tiene un poco de todo lo que propone la banda: hay una melodía ganchera, hay un coro recordable y hay una letra que reflexiona con astucia sobre la realidad . Tal vez por eso "lo de viva voz" no es casual. Sin temor exagerar esta canción en especial (por eso difícil de explicar que tienen el devenir de la propias canciones) es el mayor símbolo de lo que hoy son Los Espíritus. El público (alrededor de cuatro mil personas que colmaron el Malvinas Argentinas) también hace que la canción cobre vida. Grita las injusticias (La rueda alimenta a unos pocos / Para nosotros no hay mas que palizas o entretenimientos / Para poder aguantar) y literaliza lo que sucede. El campo del estadio se convierte en una rueda cada vez más grande en la que algunos y algunas bailan, otros ensayan una especie de pogo y todos y todas cantan en lo que es una especie de festejo – comunión colectiva. La sensación es que Los Espiritus están camino a lograr algo que los trasciende y eso es es el resultado de un trabajo propio autogestivo y colectivo: nadie más que ellos ha hecho méritos para que esto suceda.

Inicio Percusivo.

Antes, mientras el estadio se fue llenando el Ensamble Muraturé y Gali Dundun Camara fueron los encargados de hacer que la espera no fuera tal. En el medio del campo y con un público que al principio los rodeó con timidez pero que después terminó bailando su música africana, mántrica y ancestral fue una acierto haberlos invitado principalmente porque potenciaron el clima bailable que tanto disfruta el público de Los Espíritus. A diferencia de otras bandas en las que la propuesta pasar observar y disfrutar estáticamente la música, aquí cada quien puede mover el cuerpo libremente. Tal vez ese sea uno de los mayores símbolos de libertad que propone el grupo.

Un escenario a media luz mediado por atmósfera percusiva generada por Pipe Correa (bateria) junto a los aportes de Fer Barrey (percusión) y de Francisco Paz de Mambo Surf en semillas y bongos (invitado permanente durante toda la noche) generó rápidamente un clima que fue claramente aprovechada en “Huracanes”. Si antes hablabamos de “La rueda...” como uno de los símbolos de este año para el grupo, tal vez esta canción sea el otro. “Así de fuerte somos” cantan todos al unísono y no queda más que creerles. “La crecida”, la primer canción en que la voz de Santi Moraes fue protagonista, bajó un cambio y mostró algo de lo que insinuá el grupo en sus canciones. Si bien mucho de lo que suena coquetea con un blues rítmico también aparecen otros estilos como el funk entremezclados. Sin ser puristas los muchachos se dejan atravesar por las influencias y suman su impronta. Mucho de eso tiene que ver con el aporte de la Maxi Prietto como guitarrista. Su uso de los efectos y en especial del pedal wah wah distorsionado muchas veces saca a las canciones de su zona de confort y las transporta a otros estados que tienen que ver con el rock más ácido, viajero y psicodélico.

“El viento” fue un ejemplo de esto que hablamos. Si bien su estructura propone un blues clásico en donde la percusión tiene un lugar clave, los efectos de guitarra le dan otra impronta. La cita simbólica a Spinetta (“No enseñes a tus hijos, preguntales mejor” recuerda a “Todas las hojas son del viento”) da la pauta de donde viene la cosa. Algo parecido sucedió con “La mirada”. Una canción bien contemporánea (El pasaje sale el doble y ninguno dice nada) fue acompañada con el ritmo cadencioso que es la marca registrada de la banda. Muy festejado por el público, fue uno de los momentos más disfrutados de la noche.

“Perdida en el fuego” con la guitarra acústica y la voz de Santi Moraes sonando con una fidelidad asombrosa (el sonido a lo largo de la noche fue sin exagerar perfecto) es parte de aquellas canciones en las que el sexteto va desgranando melodías volátiles que construyen una interesante melancolía. En estos momentos el aporte de Miguel Mactas con un sonido clásico de guitarra en donde no hay ningún tipo de distorsión ruidosa es evidente. Gran parte de la cadencia de la canción cae en sus manos y está bien que así sea.

El riff implacable y atractivo de “Jugo” fue un contraste interesante con lo anterior principalmente porque despertó de la ensoñación al público. La canción, casi un hit instantáneo tuvo la particularidad de respetar a raja tabla la versión original algo que no fue frecuente durante el resto la noche. Si bien las estructuras básicas se respetan las canciones se alargan y se expanden llevadas por el frenesí propio del toque en vivo.

Primer invitado desde Colombia

“Esa luz” muy similar en esta idea de lo cadencioso y volátil a “Perdida en el fuego” dejó rondando la idea de cuan bien podría quedarle a la banda tener un piano en escena. Luego una pequeña presentación como “nuestro capitán” del colombiano y padre de Pipe Saul Antonio Correa Suarez en bongó, sirvió para construir dos versiones bien latinoamericanas de “Mapa Vacío” y “La mina de huesos”. Tanto en un caso como en en el otro las canciones fueron dominadas por la percusión y se extendieron sin problema, armando asociaciones puntuales con las guitarras y con las voces. El resultado fue uno de los momentos más interesantes de la noche principalmente porque lo que el sexteto puede generar desde los percusivo parece no tener límites.

“Las armas las carga el diablo” fue otro de los momentos bluseros de la noche que llevó la atmósfera en una línea cercana a lo que podrían proponer Clapton o Gary Moore. La letra una descripción descarnada de la represión policial y como la aceptamos como parte de la cotidianeidad resultó una de las más festejadas. “Mares” fue uno de los momentos más funk de la noche por lo que el bajo de  Martin Ferbat fue clave. “Ruso Blanco” uno de las canciones que pertenece a “Guayaba de Agua Ardiente” un mini ep recientemente lanzado mostró un riff bien marcado que terminó por transformarse en una versión bien extensa de “Jesus rima con Cruz”. A partir de aquí lo que la banda venía insinuando (esta idea de extender al máximo sus canciones) fue llevada al extremo. No es exagerado decir que junto a “El gato”, “Perro viejo” y “Luna llena” todo fue una gran canción en las que transitaron varios de los estados musicales que puede generar el grupo. La mencionada “Jesus...” resultó plagada de efectos, acelerada, extendida, construida y deconstruída con una gran maestría. La otras tres fueron bien distintas y a la vez parecidas. La primera propuso una especia de funk lisérgico, la segunda enseñó que el blues puede ser festivo y bailable, en otro de los momentos en donde las voces que venían del escenario y las del público lograron hermanarse con fluidez. La tercera fue una gran manera de cerrar este momento de la noche. Bien evocativa y emotiva fue una interesante forma de cerrar este micro momento en la que la idea de improvisación dirigida fue llevada al máximo.

Bises propios y colectivos

Walter Broide de Poseidotica, Audion
y NdRamirez
 en bombo legüero, Tulio Simeoni de La Patrulla Espacial en percusiones y Tomas Vilche de Los Bluyines en guitarra eléctrica fueron los invitados a participar (luego de la presentación de rigor) de la última parte de la noche. En cada caso su aporte fue evidente y trascendente. En “El palacio” todo comenzó como una especie de Western campero y todo fue subiendo de tensión percusiva. El resultado fue una intensa explosión sonora en donde todo termino por convertirse en un magma sonoro. “Alto Valle” y “Vamos a la luna” fueron dos caras de la misma manera. La primera eligió un ritmo cansino y climático donde la percusión fue protagonista, la segunda con las luces realizando un interesante juego permitieron un buen y viajero solo de Vilches. El publico se quedó coreando el estribillo por largo rato lo que dio la pauta de bien que había funcionado la interacción con los invitados. Buena decisión haberlos convocado.

El cierre de la noche fue una buena muestra de la gran virtud que tienen Los Espíritus. Por sobre todas las cosas es evidente que el sexteto busca hacer canciones en el más estricto sentido de la palabra. El resultado es que logran una fluidez orgánica, natural y única que luego se percibe en las dimensiones temáticas que proponen. Entonces no resulta contradictorio que la crudeza y visceralidad de “Perro chico” y “Las Sirenas” (dos relatos descarnados de la vida y muerte de los chicos de la calle) tengan la cadencia de un blues bailable y puedan convivir con una hermosa versión de “Noches de Verano” hecha para bailar como si se acabara el mundo. “La rueda...”, esa que mencionamos al principio, es el cierre de la noche aunque parece un comienzo para Los Espíritus. Veremos como encausan su propio girar y girar. Con shows como estos habrá muchísimas cosas lindas por delante.

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