Bunbury en el Luna Park: La constante

Crónicas
Bunbury en el Luna Park: La constante
Texto: Carlos Noro | Fotos: Chechu Dalla Cia

Nueva vuelta del zaragozano para esta vez presentar Expectativas. Un luna Park lleno y un amor que se renueva disco a disco.

Si hay algo que destacarle a Bunbury es su capacidad de transformarse camaleónicamente. Siguiendo el modelo de Bowie (a quien tiene tatuado en el brazo derecho) el zaragozano es un eterno inquieto que jamás eligió el confort de su historia (podría haber emulado el sonido de Héroes del Silencio en su carrera solista y no lo hizo) ni jamás repitió fórmulas. Cada uno de sus discos es tan personal como propio y en ese espacio de libertad se mueve sin problemas.

Tal vez por eso no sorprende que su nuevo disco se llame Expectativas mencionando un futuro de lo que puede suceder, pero dando cuenta de que esas expectativas no son ingenuas, relatan con fuerza todo aquello que en el presente molesta, preocupa, inquieta. Tal vez por eso las canciones son tan viscerales que en muchas ocasiones no tienen el vuelo lírico al que estamos acostumbrados. Tal vez lo urgente haya sido la prioridad en este momento y el resultado  sea un conjunto de emociones a flor de piel.

 

El inicio con dos canciones del último disco es bien claro. “La ceremonia de la confusión” es una denuncia de la alienación que propone el sistema, “La actitud correcta” también lo es pero apunta a supuestos colegas que presentan una pose que no convence. “Tienes la actitud correcta / la mirada ante la cámara / las palabras bien escogidas / y una sensatez abrumadora. / No es cuestión de credibilidad, / ni tampoco de autenticidad, / es el resultado final / el que me parece insuficiente” repite casi con furia y resulta creíble. El inicio es convincente pero la mezcla sonora en general no logra encontrar la claridad suficiente para que Los Santos Inocentes, (Quino Béjar Robert Castellanos, Rebenaque, Álvaro Suite, Ramón Gacías, Jordi Mena, y Santi Del Campo) logren generar la variedad sonora que la música de Bunbury propone, una transición entre rock clásico, hard rock, blues, soul, ritmos latinos y ritmos electrónicos más que interesante.

A lo largo de la noche uno de los Santos Inocentes toma crucial importancia. Es la figura del mencionado Del Campo quien trae a escena la presencia del saxo, sin lugar a dudas el instrumento que más presencia tiene en Expectativas y que más preponderancia tendrá durante la noche, incluso escapando junto a la voz de Bunbury de la poca claridad en cuanto a sonido de la que hablábamos al principio. En la festejada “Porque las cosas pasan” y en la melancólica “Parecemos tontos” logra ser parte y da lo que la canción necesita. En otras como las versiones de Héroes de silencio su presencia es más polémica hasta el punto que uno desea que algunas canciones prescindan de sus servicios para dar lugar a otras sonoridades.

Precisamente si hablamos de otras sonoridades, es bueno mencionar lo que sucede con las canciones que son seleccionadas para reflejar la historia de Héroes… Al igual que lo que propone por ejemplo Robert Plant con su historia, el zaragozano toma la decisión de que sus canciones se transformen en versiones en muchos casos solo reconocibles por algún aspecto de su melódica vocal. Entonces “Tesoro”, “Mar Adentro”, “Maldito Duende” y “Héroe de Leyenda” se transforman en hermosas canciones que Bunbury sabe colorear con su particular voz generando versiones intensas, emocionantes y por sobre todas las cosas sumamente arriesgadas. El resultado es bien efectivo acompañado por un público sumamente fiel que entona cada estrofa con emoción pero lo hace (y esto es tan importante como sorprendente) con cada canción que suena en la noche. Aquí no hay ningún tipo de nostalgia por el pasado: el presente es tan relevante como lo sucedido algo que seguramente pondrá íntimamente feliz al español quien siempre luchó para que las cosas fueran de esta manera.

Bunbury vestido de blanco, mientras sus músicos estas ataviados de negro además de ser el centro de las miradas funciona como quien maneja las intensidades de cada canción. Entonces se retuerce sobre el escenario, gesticula, va de un lado al otro y siempre mira fijamente a su público como dando a entender que en ese momento es capaz de relatar sus verdades más intimas. Precisamente “El rescate”, “Despierta” y “El hombre delgado que no flaqueará jamás” son tres momentos donde todo se potencia y la banda se suelta. En las primera todos construyen una versión épica, en la segunda bien melancólica, mientras que en la tercera la cosa se vuelve fiestera y procaz. En cada momento cada quien tiene su protagonismo generando instrumentalmente una interacción que termina por hacer explotar al público. Para “En bandeja de plata” la excitación se extiende y a pesar de no ser una muy inspirada líricamente crítica política, en vivo logra una fuerza inusitada al punto de que obliga a que Bunbury baje hasta las vallas y cante bien cerca de la gente sin por ello hacer desprolijo su desempeño vocal. Este gesto que realizó un par de veces a lo largo de la noche, fue una clara muestra de la potencia rockera del zaragozano. Jamás desafina, ni siquiera parece despeinarse pero deja todo. Su entrega es total y emocionante al punto de que podríamos decir que está en un gran momento vital de su carrera.

A la hora de los bises la propuesta es la de un segmento acústico que de alguna manera funcionó como resabio del MTV Unplugged que la banda lanzó hace algunos años. El inicio fue con “Quetengas suertecita” muy festejada por el público, encontró variedad y sonoridad con “"El extranjero", "Infinito"; ánimo fiestero con “Si” y melancolía con la bella “Lady Blue”, tal vez una de las más bellas canciones de su etapa solista.

La bellísima declaración de amor denominada “La constante” “Hoy te elijo a tí para estar en mi vida / Te elijo cada día consciente y libremente / Mi amor no será un problema jamás / El problema jamás” fue un cierre perfecto que invitó a todo el estadio a cantar a flor de piel y a más de una pareja a abrazarse. “No se olviden de nosotros” dijo Bunbury al despedirse. Difícil que suceda en este idilio que cada vez es más fuerte. 

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