Acorazado Potemkin en Caras y Caretas: Intimidad colectiva.

Crónicas
Acorazado Potemkin en Caras y Caretas: Intimidad colectiva.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Chechu Dalla Cia

Nueva presentación de Acorazado, esta vez invitados por Eduardo Fabregat en el contexto de una nueva temporada de su ciclo radial.

Rebeldes, Soñadores y Fugitivos se llama el programa en el que todos los sábados de 15 a 18 por la AM 750 Eduardo Fabregat intenta abrir el juego a nuevas propuestas y dar a lugar a otra música, la que no suele estar presente en los grandes medios. En este contexto la idea es hacer varios shows en el espacio que la Sala Caras y Caretas tiene en San Telmo con un objetivo claro: mostrar cara a cara mucho la propuestas novedosas y alternativas que suenan en la radio. Seguramente por eso el mismo Eduardo se encargó de presentar a Acorazado como “la BANDA QUE HAY QUE VER”, así con mayúsculas y comparándola con una mítica frase que decía lo mismo de The Clash hace varios años atrás. En el vivo y en directo las virtudes del trío se potencian y cobran nueva dimensión.

A diferencia de lo que sucedió en la presentación de Labios del Rio en Niceto en donde la novedad era el gran tema, esta vez la propuesta vino por el lado de recorrer nuevas y viejas canciones por igual. La principal noticia es que las nuevas se han amalgamado a las antiguas sin problemas, por lo que la épica lumpen de “Santo Tomé” o la historia tragicómica de desamor denominada “El Rosarino” parecen hablar el mismo idioma de aquellas que fueron parte de Mugre (2011) y Remolino (2014). Algo similar podemos decir de “Flying Saucers” y de la reversión de la canción de los Beatles “Dos de nosotros”, tanto en un caso con en el otro se notó el disfrute a la hora de una interpretación que contó con un plus clave: la presencia de Juliana Moreno en flauta que al igual que en el disco, le dio a las canciones un color y una sonoridad bien sutil y atrayente.

El resto del set dio la pauta de la impecable capacidad de Federico Ghazarossian (bajo), Luciano Esaín (batería) y Juan Pablo Fernández (guitarra y voz) para generar ese no se qué que hace que cada canción cobre vida. De alguna manera cada uno de ellos colabora para generar una intimidad arriba del escenario que va más allá de lo musical. Si bien es lógico que cada uno de ellos se comunique a través de lo que generan sus instrumentos, si uno presta atención a los gestos y a las miradas que intercambian se encuentra con una dimensión fraternal en la que esa intimidad cobra vida. Tal vez por eso Juan Pablo propone mantener las luces prendidas “para mirarnos las caras” ante el requerimiento, con buena onda, de alguien del público para que apaguen las luces. La mirada es una manera de generar empatía y Acorazado parece saberlo a la perfección.

Un público ecléctico y efusivo que se sitúa entre los post treinta pero que no deja afuera a los jóvenes supo entender rápidamente estas palabras. Entonces la participación cantando , bailando, gesticulando y ocasionalmente bailando; fue evidente. Las canciones no pasan desapercibidas y eso se nota.

Entonces cada nuevo tema se vio afectado por esta dimensión fraternal y a la vez empática que permite que cada presentación de Potemkin sea distinta. Juan Pablo es aquel que se pone en la piel de un juglar para envolvernos en la trama de cada canción. Será por eso que “Gloria” nos engancha con su fraseo tanguero y “Desert” nos hace pensar en ese no hay mas nosotros como un mantra. Su aporte desde la guitarra es clave proponiendo sutileza, ruido y distorsión por partes iguales dándole a cada canción la tensión y el dramatismo y la fuerza que precisa. Si bien Federico es el encargado se sostener la base musical donde el trío se recuesta, su aporte va más allá de eso. Como pocos en argentina es alguien que supo incorporar las enseñanzas sonoras del post punk, entendiendo que su instrumento puede generar furia, tensión y contundencia por partes iguales. Su trabajo en canciones como “Lengua Materna” es impecable, siendo protagonista y dando la pauta de lo que su presencia es clave en la búsqueda sonora del grupo. Lulo desde la batería y coros es quien le da a la banda la potencia que colabora para que las canciones tengan la sangre suficiente para encontrar su identidad. Su golpe siempre es decidido (incluso en las canciones con un tempo más calmo). Sin lugar a dudas mucho de lo pasional y sanguíneo que proponen las canciones descansan en su aporte.

En este contexto en el que como se suele decir el todo es más que la suma de las partes algunas canciones reflejan esta dimensión fraternal de la que hablamos. “Misere” con Beto Siles como invitado fue capaz de relatar con crudeza la tragedia once con una tensión dramática agobiante pero redentora, “La Mitad” fue un relato descarnado de lo que queda después del desamor y generó con interesante la presencia de Flopa Lestani un hermoso momento de intimidad colectiva. “El Pan del Facho” sonó tan contemporánea que debería ser cantada para reemplazar las puteadas al actual presidente. Su ironía es tan clara como real. Imposible no sentirse identificado.

En este contexto y siguiendo esta lógica de la intimidad de la que todos somos parte el cierre de la noche para dos canciones que mediadas por la ya mencionada “La Mitad” apuntaron a relatar las ausencias. “Hablar de vos” y “Sabés” son parte de lo mismo y generaron aquella empatía de la que hablamos: cada quien puede sentirse identificado por lo que relatan las canciones. Está en cada uno lograr una acción redentora a partir de lo visto y escuchado. No es poco en los tiempos que vivimos.

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