Premiata Forneria Marconi en el Teatro Opera: El arte de hacer arte

Crónicas
Premiata Forneria Marconi en el Teatro Opera: El arte de hacer arte
Texto: Roma Marcaletti

Cuando el telón se abre, la obra del músico cobra vida entre el público presente. Entre recuerdos y emociones cada persona queda abstraída en el tiempo, como una pausa en el universo. En esa comunión introspectiva, la conexión entre el lenguaje musical y la percepción crean una huella profunda. Siendo honestos, esto no ocurre seguido ni con todos los artistas, sólo con aquellos que poseen una visión que traspasa los horizontes impuestos, virtuosismo a base de trabajo y, sobre todo, una sensibilidad capaz de convertir una nota en magia. Uno podría pensar, en el caso de PFM, que sus más de cuarenta y cinco años arriba del escenario alrededor del mundo, más de veinte discos de estudio grabados, premios, reconocimientos, podría ser la señal de encontrarnos con una magnifica banda. Pero no, no nos quedemos sólo con eso. Es la poderosa energía que transmiten en vivo, capaz de dibujar en el alma lo más hermoso de la vida, lo que los convierte en una de esas grandes bandas. Y esa huella es lo que nos dejaron este sábado en el Teatro Ópera.

Todo comenzó con los rastros de la lluvia en la calle y la humedad en el aire. A las Ocho y media de la noche, el Teatro era un oasis. Arriba del escenario Fughu, banda nacional de metal progresivo, interpretaba sus últimos temas. Imponentes, llenos de fuerza, se desplegaban por el espacio dejando un sello propio con originalidad. Si no los conoces, recomendamos que los vayas a ver. Vas a tener una gran experiencia

Un poco más tarde, tras aplausos que se replegaban impacientes por toda la sala, el gran telón rojo, finalmente, se abría para recibir a la banda de rock progresivo italiana más importante de la historia. El primer foco de atención caía en Franz Di Cioccio (Voz, batería), parado en el centro del escenario frente a un atril y en Patrick Djivas (bajo), dos de los miembros más antiguos de la banda. Comenzaba a sonar Il Regno (Emotional Tattoos, 2017), seguido de uno de los viejos temas La Luna Nouva (L´isola di niente, 1974). Para el tercer tema, el público ya estaba sumergido en un océano de emociones. Si uno miraba por detrás veía agitar manos al compás de batería o el teclado, cantando los temas. Todos los presentes (en su mayoría hombres y mujeres acompañados de sus hijos), conectando el pasado con el presente en un elipsis surrealista que parecía conducirlos aotro universo. Con Photos of Ghost (Disco del mismo nombre, 1973), se produjo el primer momento de climax en la noche, una hermosa obra donde se destacaron Lucio Fabbri (violín), Alessandro Scaglione (teclados) y Alberto Bravin (segunda voz y teclados): una explosión composicional combinada por improvisaciones entre el jazz, el rock progresivo y una influencia notoriamente clásica, proveniente del mediterráneo.

La noche siguió su onírico curso, atravesando paisajes de increíbles texturas de la mano de temas tales como Il Banchetto (Per un amico, 1972) y Dove..quando (Storia di un minuto, 1972). A la lista se le sumaba una hermosa elección: Impressioni di settembre (Storia di un minuto, 1972), una sugestiva balada inspirada en King Crimson, de acordes simples y una delicada atmósfera. En Harlequin (Chocolate Kings, 1975) la actuación de Di Cioccio sobre el escenario, con sus gestos corporales e incluso la cadencia de su voz, erizaban la piel. Hasta entonces la comunicación de la banda con el público había sido cálida y afectuosa, con breves charlas entre canciones saludando, contando un poco su historia como grupo o agradeciendo, por su parte, la gente se entregaba contenta entre aplausos y canticos.

Pero lo mejor de la noche, sin duda alguna, estaba por suceder. El cover a Prokofiev con Romeo y Giulietta: Danza Dei Cavallieri fue lo más emblemático, donde la actuación del violinista Fabbri y el guitarrista Marco Sfogli se robaron toda la atención y ovación de la gente. Hasta este momento, PFM dejaba bien en claro su esencia, aquella que los mueve a avanzar siempre por terrenos desconocidos, transformando el pasado, la música, creando nuevos caminos. Como una llama creativa que fluye y rompe contra todo lo establecido. Y esa ambigüedad de romper la estructura, el pasado, el orden natural se vio reflejado en las dos últimas canciones. Por un lado, Dolcissima Maria (L´isola di niente, 1974) y E´Festa (Storia di un minuto, 1972), parecía lo más correcto: en medio de emociones profundas, ir desde el pop al jazz, hasta el rock progresivo a lo clásico, Premiata Forneria Marconi dejaba en claro lo que pocos pueden hacer: de la música una obra de arte que excede el tiempo y el espacio, dejando su legado grabado en el alma de quien tenga la suerte de apreciarlos en vivo.