Moonspell en The Roxy: El poder de la imaginación

Crónicas
Moonspell en The Roxy: El poder de la imaginación
Texto: Carlos Noro | Fotos: Jorge Sebastián Noro.

Los portugueses dieron un show contundente y original. Allí estuvimos.

Shows como el que brindó Moonspell en The Roxy dan la pauta de lo injusta que es la suerte con ciertas bandas. Tal vez los cambios de estilo o simplemente el tiempo, han transformado a los portugueses en una banda de culto en argentina para la que su convocatoria tiene un límite: el lugar estuvo lejos de llenarse, una lástima para un espectáculo en el más amplio sentido de la palabra. En esta caso decimos espectáculo y no show porque la presentación de los lusitanos tuvo de todo: dramatismo, teatralidad, pesadez, melodía, grandilocuencia y por sobre todas las cosas una intensidad pocas veces vista para una banda que hace de la interacción entre lo gótico y lo extremo una manera original de construir su atmósfera músical.

 

Desde el inicio la idea de que este iba a ser una presentación distinta se hizo presente. En “Em nome do medo” Fernando Ribeiro apareció con un farol antiguo que mantuvo consigo mientras cantó. en “1755” lució una máscara de tipo renacentista e incluso ensayó algunos pasos de baile. Para “In tremor dei” y “Desastre” el ambiente había cambiado completamente: en Buenos Aires llovía intempestivamente y esa tal vez era el único link posible con la historia que recrea el álbum “1755”, la del terremoto que sucedió aquel año en Lisboa y que muchos anuncian como el paso de la edad media a la modernidad para gran parte de Europa. En este contexto no es difícil imaginar el nivel de dramatismo que tuvieron las líricas. Cada una (promediando el set sonarían también “Ruinas”, “Evento” y “Todos los santos”, donde Ribeiro alumbraría a todos con una original cruz evangelizadora de rayos laser) representó algún aspecto de la catástrofe: el temor, la pérdida de la fe en Dios, la sensación de desprotección, la sorpresa ante lo sucedido. En este contexto Fernando se presentó como un oscuro relator de historias. Entre voces graves, gritadas y guturales supo transmitir con maestría cada uno de los momentos de las canciones. El resto de la banda acompañó toda esta presentación con contundencia a pesar de que en los primeros minutos del show la batería de Miguel Gaspar junto con los teclados y pistas desplegadas por Pedro Paixão (hay que decir que 1755 tiene muchísimos arreglos orquestales que fueron reproducidos de esa manera en vivo) resaltaron demasiado sobre la mezcla en vivo. Aires Pereira en bajo fue un aporte importante a la hora de sumar contundencia a la propuesta, mientras que lo de Ricardo Amorim en guitarra tuvo altibajos a lo largo de la noche. En las canciones más rápidas y extremas la distorsión de su viola (bien filosa y aguda) pareció estar más cómoda, mientras que en los momentos donde la banda eligió bajar un cambio y contruir atmósferas más oscuras que extremas, le costó más encontrar su espacio sin por eso ser una tragedia sonora. Tal vez la presencia de una segunda viola con una afinación más grave libere al muy buen violero de este compromiso que además incluye un aporte vocal más interesante.

Además de los buenos momentos logrados con 1755 los portugueses fueron mostrando a lo largo de la noche los contrastes sonoros que atraviesan al resto de su discografía. Entonces con “Opium” se transformaron encontraron un nivel de oscuridad melódica más interesantes que se sostuvo en la presencia de los samplers, mientras que “Extinct” dio la pauta de que la banda puede ser moderna y épica a la vez en otro de los grandes momentos de la noche. Cerca del cierre el doblete “Vampiria” “Alma Matter” fueron dos citas concretas a la faceta gótica - extrema de la banda. En la primera Ribeiro escenificó un vampiro e intensificó el gesto de poner los ojos en blanco que el cantante reprodujo a lo largo de la noche con oscura maestría. La segunda, con la rudeza del un black metal primitivo pero sin llegar a serlo, generó algún que otro pogo para un público que fue un más que nada un observador expectante que un participante concreto de lo propuesto en escena. Todas fueron momentos eclécticos y de gran nivel, dando la pauta de que el grupo tiene mucho que ofrecer a aquellos que buscan propuestas que no se centren solamente en un género.

El cierre también mostró tres facetas bien contrastantes. Arrancó con “Everything Invaded” que recordó vagamente a Type O Negative en la interacción de voz gruesa y profunda con voz gritada, “Scorpion Flower” que tuvo la voz sampleada de Anneke Van Giersbergen al igual que en la canción (el sonido no favoreció la interacción y la banda quedó tapada por el sampleo) y el final con “Full Moon Madness” que propuso un ritual licántropo solo para entendidos. El cierre con aplausos, dejó la sensación de que lo de Moonspell fue algo fuera de lo común, sin por ello necesitar grandes producciones o despliegues. Con ejercitar la imaginación es suficiente. A tenerlo en cuenta. 

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