Taura en Uniclub: La forma del recuerdo.

Crónicas
Taura en Uniclub: La forma del recuerdo.
Texto: Carlos Noro | Fotos: Silvana Morsenti

Taura tuvo su despedida como banda de rock en Uniclub. Una noche inolvidable.

La lluvia sin duda es una cosa que sucede en el pasado” decía Jorge Luis Borges en su poema La Lluvia para intentar explicarnos que, así como la lluvia, el presente es efímero. Esto nos lleva a una única salida para volver a revivir nuestro pasado: recurrir a los recuerdos. Los recuerdos tienen una desventaja o desventaja según el punto de vista del que los recuerda: a veces hacen sufrir, a veces dan felicidad, a veces simplemente suceden, en el contexto de una azar que jamás puede programarse. La única certeza que tenemos es que jamás serán iguales a ese presente que hemos vivido.

A partir de las 23:31 de la 4 de Mayo del 2018 Taura como banda de rock se convirtió en recuerdo. No casualmente una versión de “Muelle” cruda y catártica fue la despedida final que eligió el grupo para dejar el escenario. Las palabras“Solitario caminaré / Furia sol, furia mar / tras paso, hacia el final” sonaron justas y necesarias. De elegir se trata todo esto y los muchachos están eligiendo continuar sus propios caminos, algo por sobre todas las cosas indiscutible.

Antes en un show con la intensidad a flor de piel, el grupo tuvo la despedida que se merecía. Con un Uniclub lleno (bien por la gente de Convergen desde la producción por encarar esta propuesta) y sostenidos por una iluminación y sonidos sin exagerar, perfectos, el grupo fue transitando las canciones que dieron vida a su historia sin por ello caer en estados demagógicos. Taura murió como vivió podríamos decir si exagerar. Por eso las canciones del nuevo y testamental disco La Vigilia” - “Combate” y “Nada Misma”, las dos primeras del concierto; “Las Cruzadas”, “El grito” y “El día eterno”, que sonaron promediando el show y “Abismal” que tomó protagonismo casi al final - fueron una demostración cabal de lo que nos perdemos no teniendo a Taura entre nosotros. Cada una de ellas sonó densa, pesada y esperanzadora al mismo tiempo. Podríamos hablar de post rock, de stoner, de grunge, de reminiscencias a propuestas oscuras como las de Katatonia, pero nos quedaríamos cortos. Si hablamos de géneros, Taura es una banda interesantísima sostenida en la lírica de Gaby Raimondo (una poética sensible y sutil) que en este caso, fue cobrando vida en cada gesto, en cada mirada, en cada movimiento que propuso. Lo suyo jamás fue estático, es más sus movimientos se acercaron más a un cantante hardcore que se retorció y gesticuló y estuvo a punto de saltar en cada fraseo. Mucho de lo que el grupo comunica pasa por su impronta, por lo que no fue extraño entonces que su voz se escuchara bien adelante en la mezcla a lo largo de la toda la noche.

Santiago García Ferro desde la violas Leonardo Della Bitta desde el bajo fueron los encargados de generar el color necesario para que estas canciones cobren vida. Lo cierto es que cada quien sabe perfectamente qué puede aportarle al sonido general de la banda y tal vez esta sea su mejor virtud. Es difícil pensar las canciones sin las distorsiones y los efectos de viola de Santiago así como también resulta díficil separarlas del pulso que marca el bajo de Leonardo. Juntos mostraron las dimensiones que pueden transitar. Por momentos su sociedad se transformó en potencia, por momentos en sutileza, pero siempre estuvieron concentrados en dar los que las canciones lo que simbólicamente pidieron. Alfredo Felitte el último eslabón de esta despedida, tuvo la difícil tarea de regresar a la banda (fue el primer baterista del grupo) para este último show. Aportó su pulso rockero y contundente que no casualmente, tuvo protagonismo en estas nuevas canciones. En este sentido la ya mencionada “Abismal” generó un clima de pesadez, mántrica difícil de explicar. Tal vez porque la canción que dio paso a los bises o simplemente por la repetición metafísica del estribillo (“El tiempo es abismal”)fue uno de los momento más intensos de la noche, transportando a los presentes a otra dimensión.

En el medio de todo este recorrido hubo tiempo para recorrer la propia historia y en ese punto dos frases de Gaby Raimondo fueron reveladoras. “No voy a decir el nombre de las canciones para que se sientan sorprendidos” dijo antes de dos hermosas versiones de “Mi mejor lugar” y “No luz”, más tarde a la hora de “Rompevientos” (tal vez lo más cercano a un hit que tuvo la banda en su carrera) se encargó de aclarar lo que pasaba por su cabeza. “Que loco es que cada canción que va pasando va dejando de ser, que bueno que queden en ustedes”, dijo visiblemente emocionado y todos fuimos parte de esa sensación.

Como todo show especial, algunos amigos (en este caso muy cercanos) fueron invitados a ser parte de la banda. Carlos Villafañe de Sick Porky ayudó a construir una hermosa versión de “Miramar” en la que la interacción entre las voces fue casi perfecta. “A Cantaros” contó con el aporte de Paul Crest en bajo manteniendo su solidez, “Días abandonados” tuvo el aporte de otro amigo de la banda llamado Freddie que no tuvo problemas en hacer suya la canción, mientras que Pablo Huija de Los Antiguos pudo concretar su sueño de amigo y fan siendo parte de una sentida versión de “Aconcagua”.

A la hora del cierre “Rick Hunter” y “Muelle” fueron las elegidas para dar cierre a dos horas de canciones, de sueños, de melancolía pero también de esperanza. Caras felices pero melancólicas dieron la pauta de que para muchos de los presentes algo de su historia estuvo presente y tal vez se haya ido en esas canciones. Quedan los discos y la posibilidad de revivir lo vivido en el confort de nuestras casas aunque, coincidiendo con Borges, jamás esos recuerdos serán iguales al presente que hemos vivido. Lo cierto es que nos llevamos en nuestras retinas y en nuestros corazones todos lo sucedido. Gracias Taura. Hasta siempre.

 

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