Mayhem en Uniclub: El propio armagedón

Crónicas
Mayhem en Uniclub: El propio armagedón
Texto: Carlos Noro | Fotos: Seba Delacruz

En algunas ocasiones ver una banda en vivo (en este caso por segunda vez, ya que tuvimos la posibilidad de ver a Mayhem en su primer visita en el 2008 en la que no habían dejado la mejor imagen) permite entender cuál la dimensión real de su propuesta. El caso de los noruegos es bien particular ya que lo que transmiten en el escenario podría tener todos los adjetivos posibles menos el de accesible. Su música es extrema, oscura y retorcida por lo que el oído debe adaptarse a esa circunstancias rápidamente o uno se queda afuera. De eso se trata: o uno se deja envolver por lo que sucede o bien la cacofonía que reina en el ambiente no es más que una bola de ruido inentendible. Por suerte esa vez pudimos encontrarnos con la mejor versión de lo que tal vez sea la referencia icónica del black metal. Por fin pudimos entender cuales son sus virtudes y tal vez su legado para la las tendencias mas extremas de la música pesada.

El inicio del show (con una hora de retraso teniendo en cuenta que estaba anunciado a las 21:15 y empezó promediando las 22:00) mostró un escenario en penumbras cubierto con un denso humo. Cada quien fue ingresando por turnos. Hellhammer se ubicó detrás de la batería con su inconfundible vincha blanca, mientras que el histriónico Necrobutcher en el bajo, junto a los guitarristas Ghul y Teloch aparecieron en escena ataviados por una oscura vestimenta de monje que apenas dejaba ver sus rostros. La voz de Attila Csihar apareció rápidamente en escena y con ella su personalidad: si bien Teloch lució el icónico corpse paint, el maquillaje del cantante fue estremecedor y esa tal vez sea la manera más correcta de definir su desempeño. A lo largo del show fue casi imposible no mirar cada uno de los movimientos y gestos que de alguna manera sirven para dar cuenta del sentido que tiene De Mysteriis Dom Sathanas, el controversial disco que la banda viene auto homenajeando desde hace unos años. Tal vez la figura de un alma en pena sea la mejor manera de definir lo que su figura propuso a lo largo de esta primer parte del show. En este sentido resultó sorprendente como a través de su extrema y macabra teatralidad logró darle un sentido estético a lo que sucedió musicalmente, al punto que a lo largo de las ocho canciones que conforman la totalidad del disco, fue generando una suerte de metáfora en la que su figura se enamoró sin miramientos de la muerte. Sin miedo a lo blasfemo y a lo grotesco Attila se animó a jugar explícitamente con este significado al punto que llevó consigo una calavera a la que utilizó de distintas maneras: en algunas canciones le insertó el micrófono y cantó a través de ella, en otras buscó el efecto visual en la que la misma reemplazó su rostro, sobre el final terminó besándola como un símbolo de enamoramiento infernal. En todos los casos dejó claro que en la música de Mayhem no hay finales felices: no hay salvación posible, por el contrario, escuchar el disco en su totalidad permitió inferir que esa alma en pena de la que hablamos solo va a seguir hundiéndose más y más en su macabra existencia.

La banda de sonido para toda esta puesta en escena fue, como cualquiera puede suponer, la música más extrema e inaccesible que existe. Si Attila hizo su propio show, cada quien fue encargado de sostener de manera veloz y frenética cada grito desgarrador que vociferó el cantante. En el medio de monolíticas versiones de “Funeral Fog”, “Cursed Of Eternity”, “Buried by Time and Dust” o “From the Dark Past” (en donde Hellhammer se lució percusivamente) hubo momentos donde el grupo construyó melodías más que interesantes. Entonces podríamos mencionar la atmósfera doom / protothrash de “Freezing Moon”, el curioso gancho de la violas gemelas de “Pagan Fears” y el melódico arreglo de bajo en “Life Eternal” como los momentos en los que la banda mostró lo mejor de su propuesta siempre sostenida por un sonido que funcionó como la alquimia perfecta para que todo funcione. La versión de “De Mysteriis Dom. Sathanas” fue las síntesis perfecta para los dos mundos: monolítica, melódica, veloz, cruda y teatral dejó al cantante solo para despedirse antes de los bises.

La vuelta del grupo para las últimas canciones mostró una postura radicalmente distinta (ya sin los atuendos ni las luces que odiaron los fotógrafos pero que contribuyeron para que el clima del disco tuviera la necesaria sórdida y siniestra atmósfera). De las cinco canciones elegidas para los bises (“Deathcrush”, “Anti”, “To Daimonion, Part I”, “Carnage” y “Pure Fucking Armageddon”) las más destacada fueron To… por mostrar un interesante juego de melodías y voces accesibles y Pure Fuckin… por ser la arenga final para un show tan extremo como brutal. Como muestra de lo que decimos, tal vez la imagen de cierre sea el mismo Atila empujando brutalmente a quienes se subieron al escenario para intentar algún stage diving dando la pauta de que “con ellos no se jode”. Aplausos, saludos y gestos adustos. Pasó Mayhem y desató su propio armagedón. Sobrevivimos para contarlo. 

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