Heavy Noise Festival en el Teatro Vorterix: El futuro llegó hace rato

Crónicas
Heavy Noise Festival en el Teatro Vorterix: El futuro llegó hace rato
Texto: Pablo Tassart | Fotos: Seba Delacruz

¿Un show metalero en el que nadie pidió Destrucción? Si loco, se puede. De eso se trató el Heavy Noise Festival en el teatro Vorterix, ver nuevas bandas o ya viejas, pero con nuevas propuestas. Todo un desafío en el espinoso camino de la música pesada. Por eso la idea de la productora Noiseground de juntar representantes de géneros como el nü metal, el doom o el death (o sea Nvulo, NUM, Dragonauta y Avernal) más lo más “moderno” de la vieja guardia, como Oconnor, no pudo haber sido mejor.

La noche fue de menor a mayor, con su pico máximo de audiencia y expectativa al comienzo del set de Oconnor. A esa altura de la noche Avernal había dejado la vara alta, y el público más tradicional que había ido a ver exclusivamente al ex Hermética ya había entrado en pleno, dejando el lugar en un aceptable 80%.

Pero todo había comenzado apenas pasadas las 18 cuando abrieron los debutantes Nvlo, demasiado temprano para el metal y para esta cobertura. Luego vino NUM con su propuesta nümetalera. Algo podridos por momentos, algo cancioneros melodiosos por otro, con muchas guitarras y pocos solos, su música parece extraída de los últimos estertores de la MTV de comienzos de siglo. No llamaron la atención del escaso público que había llegado alrededor de las 19, contando las monedas en este fin de mes lluvioso y fantasmal.

Con la aparición de Dragonauta en el escenario dio la sensación de haber comenzado realmente la velada. Firmes y concisos, comenzaron su performance apoyados principalmente en el juego de sus dos guitarras sorteando con éxito ese interrogante que a muchos se les presentaba: cómo reemplazar un frontman como Topo Armetta. Sin embargo, ese claro buen comienzo, no tan doom y si más stoner-metalero, se fue diluyendo hacia el final con temas instrumentales más colgados. De tal manera perdió cuerpo su presentación, que el publico pasó de festejar ciertas apiladas rabiosas a literalmente bostezar. Su cierre pasó casi desapercibido.

Avernal una vez más destrozó cráneos con su “death&roll”. Más death en esta ocasión, acapararon la atención de los presentes, ya en mayor cantidad, pisando las 21hs. Fueron los primeros en contar con público propio, quienes, sin llegar al pogo, agitaron a su manera coreando los riffs y cantando sus canciones. Más allá de Cristian Rodríguez, su tremenda voz líder, cabe destacar en esta ocasión a su versátil baterista, Germán Rodríguez, quizás una de las claves de esta historia. Joven, enérgico, también integrante de Eterna Inocencia, desfachatadamente moderno con su remera de Depeche Mode, encarna con solvencia todas las caras que le exige el monstruo: desde el golpeteo cavernario de los temas de las primeras épocas, a un despliegue de platos y demás cuerpos de su instrumento en las canciones más actuales. La pared que despliega combinando el doble pedal con el doble redoblante es una marca característica difícil de ignorar.   

Ni bien terminó la presentación de los death metaleros estaba claro que el ambiente iba a cambiar, y así fue. Desde los parlantes del lugar surgió Pappo’s Blues y fue como una señal para que los fanáticos de Oconnor se acerquen al escenario. Y allí reside una de las pistas de lo que sucede en la actualidad de la escena pesada argenta. Para las 21.30 horario en el que terminó Avernal, el público del ex cantante de Hermética, era mínimo dentro del Vorterix, cosa que se iba a notar al comienzo del set de al ver como había aumentado considerablemente el número de asistentes. Por eso cabe preguntarse qué asidero se le puede dar a las opiniones de la gente cuando asegura “no haber nada nuevo” si en definitiva cuando se presenta la oportunidad de ver nuevas bandas o con nuevo material, los fans más tradicionales casi obligadamente se tapan lo oídos o miran para otro lado.

Desde lo artístico la presentación de Oconnor despertó sensaciones encontradas. Fue un show disfrutable pero lejos de la excelencia. Al conjunto se le nota los años de ruta por lo bueno y por lo malo. El lado positivo es que, luego de la vuelta de Malón y el homenaje a Hermética con Acido Argentino, ver a la banda de Claudio O’Connor ha dejado de ser un acto de nostalgia. Hoy la gente ya no concurre a sus shows a escuchar en los bises algún tema de sus viejas bandas. Por el contrario, su propia discografía se banca bien la parada, provocando autentico gancho y pogo principalmente con los temas de su primera etapa.

Sin embargo, por otro lado, los años se van notando con Claudio algo limitado en la vocalización y Pablo Naydon pesado y poco fluido en la batería. Y quizás esa haya sido la sorpresa ya que para muchos los interrogantes eran ver a Carlos Kuadrado reemplazando a Hernán García o presenciar una vez más a un nuevo guitarrista, en este caso el ex D-mente Lisardo Alvarez. Los dos superaron la prueba sin mayores contratiempos.

Hacia el final del set buena parte del público ya se había retirado, sin embargo, poco le importó esto a los más fanáticos quienes se quedaron aullando con clásicos como Se extraña araña, No te aflijas o Caníbal. En el balance final se podría decir que Oconnor cumplió. Muchos llegaron pensando en aquel tema que dice “Alguna gente no sabe lidiar con lo que hace”. No fue el caso, Claudio supo domar a sus demonios y, por esta vez, ganar la batalla. Así le torció el brazo a los malos augurios, e hizo que muchos se fueran pensando por esta vez en aquel ya histórico disco: “Yerba mala nunca muere”.  

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