Shaman y los Pilares de la Creación en el Teatro Margarita Xirgu: La nostalgia de la luz

Crónicas
Shaman y los Pilares de la Creación en el Teatro Margarita Xirgu: La nostalgia de la luz
Texto: Roma Marcaletti

Los ciclos del tiempo. Volver a comenzar luego de haber pisado el final, es un acto que se repite como una constante dentro del Universo, dentro de la historia y de quien la vive. Una especie de infinito abstracto que cobra vida en los recuerdos, en el ir y venir de la esencia en distintos cuerpos. Lo intacto es el viaje que une los puntos cardinales de aquellos ciclos, la experiencia que se hace real en interior, disfrazada de momentos y palabras. Momentos irrepetibles, como la noche en que Shaman y los Pilares de la Creación, presentaba su más reciente trabajo “El primero es el último”, en el pintoresco teatro perteneciente a la UNTREF

Eran las diez y media de la noche, las luces opacaron el teatro con una luz tenue, parecida al calor de las velas. Las pesadas cortinas se abrían lentas, y en el centro del escenario su gran figura se alzaba con una extraña delicadeza. El piano se hacía de un eco triste en el silencio, junto con una simple guitarra y un chelo que vibraba dentro del pecho. La gente que se encontraba flotando en el ambiente inspiraba calidez, entre sus ojos cerrados y la sonrisa dibujada en sus rostros. La gracia del tiempo parecía perder su ritmo lentamente, mientras el infinito cobraba vida en el inconsciente hasta perderse por completo en un limitado espacio.

De la introducción instrumental “El año del gallo”, sobrevino “El primero es el último”, y la gran figura de Shaman despertó la luz de una nostalgia perdida. A partir de entonces, el escenario se llenó de instrumentos,  vientos, cuerdas, batería y percusión, teclado, bajos, jinetes de la oscuridad que dentro de la nada son la voz. Es como si su música supiera adentrase a los secretos de las almas más sensibles, no sólo por las letras que en aparente compleja poesía refleja la más sencilla realidad del ser, sino la profundidad sus armonías.

“Agosto” y “Murmullo cruel” continúan la velada. Arreglos de cuerdas que armonizan el tono grave de la sangre exilada  patagónica, mientras que una batería enérgica le agrega condimentos rítmicos que la sacan de la senda folk característico del álbum. En “Avatar”, bajo los efectos de un oscuro bosque reflejado en una pantalla, la voz de Herrera se materializa en  la sala, como una fuerte ola que sacude con delicadeza y se arrastra hasta llegar intacta a la arena. Quizás el punto más alto en la noche fue cuando “Palabras” se hace lugar. Ya desde el momento que uno lo escucha en su casa, deja una sensación extraña, como un pesado remolino de sensaciones que se entremezclan. En vivo, la interacción con los sentidos, es diez veces más poderosa. Imposible no dejar de conmoverse, una lágrima que rueda, la quietud de los pensamientos y las cicatrices a flor de piel.

Sumergidos dentro de un escape mental, la huida perfecta a refugiarse con uno mismo, sigue su curso como el río en un lugar incierto. Hasta este punto no fui capaz de detenerme a contarte cómo la voz de Herrera  cambia su forma entre cantos armónicos. Para quien no sabe, el canto difónico,  consiste en una reverberación sonora (generada entre la faringe y la boca) que produce dos o más sonidos simultáneos con una ligera variación (alrededor de un armónico). Este efecto, trata de encarnar un ambiente natural en el que el silbido del viento o los sonidos naturales predominan sobre la orquestación elaborada. Y esto es lo que se caracteriza en la música de Shaman, y lo que lo hace, sobre todas las propuestas que hoy en día conocemos, la más rica e interesante. Una técnica bella por sí sola, pero que en sus canciones genera una profundidad bella, poderosa y nostálgica.

Pocas eran las palabras que tenía para decir entre tema y tema, pero era tan evidente la comodidad en la comunicación entre el público y el artista. El aspecto más hermoso de esa ida y vuelta, era cuando la gente susurraba en una sola voz temas como “Govinda” (Dios hindú. Quien le rinde culto puede fácilmente cruzar el océano del nacimiento y la muerte. Esto se refiere a la creencia de que puede sacar a los creyentes fuera del ciclo del Samsara -reencarnación- y conducirlos a la vida eterna) o un tema viejo como “Caparazón” (Sueño Real, 2015). Quien no haya ido jamás podrá entender el poder que adquieren estas canciones entre el eco insondable de su voz y la entrega pasible de quien la oye.

La onírica noche llegaba a su fin, bajo el hechizo de “El primer color” (Shaman y los hombres en llamas, 2010) y “Sonriendo” (Disco homónimo, 2013). Dos temas exquisitos, intensos  introspectivos. Cuando el Teatro al fin, retomó su estado original, la gente que aún seguía perdida dentro de su cauce interior, aterrizaba a tierra despacio, entre medio dormida y desorientada. Pero aquellas sonrisas no se iban, habían permanecido durante toda la noche, y seguirían hasta vaya uno a saber cuándo. Yo la conservo nostálgica, como la última luz que se apaga y veo distante, recuerdo que no quiero perder.