Solid Rock Festival en el Estadio del Bicentenario Tecnópolis: La importancia del presente

Crónicas
Solid Rock Festival en el Estadio del Bicentenario Tecnópolis: La importancia del presente
Texto: Carlos Noro | Fotos: Jorge Sebastián Noro

Concretando una apuesta importante en el medio de un contexto económico complicado, el Solid Rock terminó ganando y superando ampliamente a su edición anterior. Judas Priest y Alice In Chains confirmaron que lo se venía afirmando de su presente y sus discos no es casualidad en un show que tuvo en partes iguales clásicos y temas nuevos. Black Star Riders fue una interesante sorpresa y los créditos locales Humo del Cairo, Helker y OnOff dejaron en claro porque estuvieron invitados. Todo en el contexto de una interesante organización que respetó horarios, ubicaciones, ingresos y salidas sin ningún tipo de problema. Aquí la cobertura de cada una de las bandas

Humo del Cairo, Helker y OnOff: A la altura de las circunstancias.

Seguramente para Humo del Cairo la presencia dentro de este festival haya sido una especie de reivindicación (al menos simbólica) referida al 2008, donde compartieron escenario con JP en el Luna Park y algunos desaforados terminaron por revolearles algún que otro zapato. Incluso sin acercarse al micrófono Gustavo “Tano” Bianchi soltó risueñamente un “pensar que hace diez años nos tiraban de todo” al final de un set que resultó una interesante muestra de lo que puede dar la banda en vivo. Si hay algo que caracteriza al trío que hacer poco volvió a su formación más reconocida (al mencionado “Tano” Bianchi en bajo, Juan Manuel Diaz en voz y Federico Castrogiovanni en batería) es su capacidad de transitar distintos estados sonoros sin caer en obviedades. Entonces si bien hay cierto aire psicodélico y de “cuelgue” en sus canciones, también hay canciones como “Indios” o “A tiempo” en donde el riff concreto, pesado y conciso toma protagonismo sin por ello resignar experimentación: Humo del Cairo también es una banda en donde las sonoridades cercanas al post rock y a noise tienen lugar. Canciones como “Sepia” dan cuenta de esa búsqueda. Se fueron aplaudidos por quienes llegaron desde temprano (terminaron el set promediando las 5 de la tarde).

Helker subió al escenario para demostrar que lo suyo viene por el lado del heavy metal más clásico sin por ello caer ni en la obviedad ni en la repetición. Sin lugar a dudas lo que los muchachos ha ido construyendo a lo largo de los años los convierte en una de las bandas con mejor actualidad y mayor proyección dentro de un género en el que suele ser bastante difícil crecer para bandas locales. Su show fue enérgico y potente además de ser un acierto que tuvieran a disposición la enorme pantalla que luego usaron AIC y JP en algunas canciones. Si tuviéramos que destacar una canción que dé cuenta del poderío que propusieron sería “Libertad” del disco “Resistir” que a pesar de tener diez años, hoy en la voz de Aaron Briglia cobra nuevo significado, algo no menor para una banda a la que se nota muy enganchada y enérgica en la actualidad que propone. La sensación es que estuvieron a la altura de las circunstancias y se llevaron más de un nuevo interesado tanto en las potencias de sus guitarras gemelas como en el despliegue vocal y físico del ya mencionado Briglia. Bien por ellos.

Lo de OnOff (sumados a último momento al igual que en el show de Nick Cave donde también fueron soportes) fue una manera de hacer la espera que posibilitó el armado del escenario para las bandas principales. El dúo integrado por Poly Perez en stick y el ex Catupecu Machu Javier Herrlein en batería mostró un set enérgico y bastante particular. La mezcla ente post rock, rock progresivo y algunos toques jazzeros, esta vez estuvo más amalgamada con la faceta más experimental del festival, algo que en el show de Cave había resultado más disonante. Sonaron potentes y se fueron aplaudidos. Buena manera de sostener la espera.

Black Star Riders: Con el corazón en Dublin

Es imposible hablar de BSR sin mencionar a Thin Lizzy principalmente porque en su momento la banda recorrió el mundo con el nombre de la leyenda irlandesa. El tiempo, los cambios de integrantes y la necesidad de tener nuevas canciones hicieron que Scott Gorham (uno de sus guitarristas más identificables) decidiera seguir con un proyecto que incluyera nombre propio pero que siguiera reverenciando a una de las bandas más queridas del hard rock por contar entre sus filas al eterno Phil Lynnot lo que da la pauta de lo que fue el set que propusieron la experimentada formación,  con el no casualmente irlandés Ricky Warwick (ex The Almighty) en voces y guitarra rítmica, Luke Morley protagonista de Thunder en la otra guitarra,  Chad Zseliga (Black Label Society) en batería y Robbie Crane (Vince Neil y Ratt) en bajo.

En este sentido pudimos ver una banda que tiene como principal característica el aplomo para reproducir los yeites más clásicos del hard rock sin por ello dejar de lado algunos sonidos más contemporáneos. A la hora de transitar por los canciones clásicas de los de Dublin, “Jailbreak” y “The Boys are Back in town” sonaron bien fieles a las originales principalmente porque el color vocal de Warwick es bastante similar al de Lynnot aunque con una impronta más pendenciera y contemporánea que el morocho. En cuanto a los temas propios, lo interesante vino por el lado de la variedad de canciones y de la capacidad de una mostrar distintos tipos de sonoridades. Entonces pasaron algunas canciones con alguna lejana melodía propia del folclore irlandés (un ejemplo claro fue “Finest Hour”) mezcladas con algunas que propusieron fraseo propio a lo Lynnot (“The Killer Instinct”) sin por ello resultar copias descaradas a T.L. Canciones como la ortodoxamente hardrockera “Before the War” mezcladas con “Kingdom of lost” (una balada de perdedores que los acercó al Social Distortion menos punk) o la hiper ganchera “Bound for glory” terminaron de convencer a un público que se había acercado con curiosidad a verlos principalmente porque ese fue el momento donde el sonido terminó de acomodarse con la claridad necesaria para dar cuenta de la propuesta fina y elegante de la banda. Buen show y posibilidades de vuelta. El legado de los irlandeses está vivo y en buena forma. No es poco.

Alice in Chains: Venciendo los propios demonios

La sensación del show que Alice In Chains había dado en el Luna Park en 2011 parecía insuperable por cuestiones emotivas (primera vez de ellos en el país) y por lo que fue finalmente: una gran demostración de oscuro poder para una banda capaz de renacer de sus propias cenizas (la muerte de Layne Staley en el 2002) y generar una serie de canciones a la altura de su propio legado.

Shows con el que vimos el domingo dan la sensación de que los de Seattle han realizado un gesto poético y sanador, en definitiva se han amigado con su propio pasado, para mirar su presente y futuro sin miedo. En ese sentido tal vez una de las razones más contundentes que justifican la renovación pase por la presencia de  William DuVall, en quien recayeron las miradas a la hora de pensar esta nueva etapa y quien supo encontrar un lugar sin tratar de emular el pasado. Su actualidad  y su manejo del escenario tal vez sea uno de los puntos más altos de una banda en lo que tal vez sea uno de los mejores momentos de su carrera: consolidados, enfocados y con shows como el que vimos el domingo en Tecnopolis.

El inicio con “Check My Brain”, un nuevo clásico de esa última etapa, fue la mejor manera de encarar lo que sería un set sin fisuras. Retorcidamente ganchera, fue la mejor forma de presentar a una banda que con “Again” empezó a generar distintas reacciones en el público: algunos miraban embobados, otros intentaban saltar acompañando el riff, otros cantaban cada frase sin descanso en lo que para cada quien era un viaje personal e intransferible.

 “Never Fade” fue la primer representante “Rainier Fog” lanzado recientemente en lo que fue una metodología durante el todo el set: combinar canciones nuevas y viejas generando climas contrastantes. En este sentido, la atmósfera hardrockera de la canción contrastó con una oscurísima y pesada versión de “Them Bones” entrando a una de las etapas más oscuras, opresivas e ignominiosas del show. Si hay algo que caracteriza a AIC es la idea de que la música sirve para generar espacios de empatía con los momentos más oscuros del ser humano. En este sentido las cuatro canciones que vinieron “Them Bones”, “Dam That River”, “Hollow”, “Rainier Fog” fueron una manera simbólica de ingresar a un pozo oscuro para buscar la propia salida, a pesar de pertenecer a distintas etapas discográficas del cuarteto.

Una hermosa y sensible de “Nutshell” extendida por un Jerry Cantrell comandando la sonoridad y extendiendo la versión con su guitarra, se transformó en “No excuses” una canción que podría servir para explicar la estructura de sonora de la banda. Así podríamos decir que el golpe percusivo y preciso de Sean Kinney desde la batería, da cuenta de una simplicidad en los arreglos que esconde una complejidad conceptual. Tal vez por eso a lo largo del show se pudo observar su mayor virtud: un golpe justo, groovero y consciente de las necesidades de la canción. En este sentido el trabajo de Mike Inez también escapa a lo convencional principalmente porque propone melodías que aquí sirven como cimientos para que las canciones se sostengan. Lo de Cantrell a esta altura parece de otro planeta. Deudor tanto de los riffs de Iommi, como del blues clásico y del rock en general, es innegable que su talento es inconmensurable porque tiene una virtud que pocos tienen: la de proponer el acorde, el riff o la nota justa en el momento preciso. Junto a Duvall, quien además realiza un interesante aporte desde la guitarra rítmica dándole cuerpo y potencia a las canciones, genera armonías vocales que son la principal marca de las canciones de los de Seattle. Ahí descansan, se oscurecen, mueren y renacen con una variedad y una sonoridad francamente conmovedoras.

La mastodónica “Stone” bien densa y pesada como fue concebida, fue contrastada con una intensa versión de “We die Young” en la que Duvall hizo saltar a todo el estadio con la cadencia del riff y de los coros antes de proponer una dupla inolvidable “Angry Chair” y “Man in the box”. Si la anterior hizo saltar a todo el estadio, estas dos fueron dos golpes certeros a la mandíbula. En cada uno de los casos la imposibilidad de luchar contra los propios fantasmas quedó claro desde lo lírico y  desde lo musical en lo que fue un impecable final antes de que los bises tomaran el ambiente.

Luego de un pequeño descanso “The One You Know”, una de las canciones más crudas y filosas del último disco, se mezcló con la sorpresiva (para bien) “It Ain't Like That” no tan frecuente en los sets de los Seattle. La sensible y semi acústica “Got Me Wrong” fue otro de los momentos de sensibilidad alta hasta que una demoledora versión de  “Would?” y una densa y pesada versión de “Rooster” (en la que el dramatismo y la paranoia fue potenciado) cerraron un set perfecto. Aplausos generales y la sensación de que los AIC han ganado la batalla contra sus propios demonios. Los que estuvimos también sentimos lo mismo.

Judas Priest: La gloriosa JP

Para hablar del show de Judas Priest es bueno comenzar por el final: solamente una actualidad como la que están viviendo los ingleses posibilita que se banquen un peso pesado como AIC como soporte, algo impensado para una banda que en poco tiempo perdió a sus dos guitarristas más identificables (K.K. Downing se fue por motivos personales y Glen Tipton por sufrir Parkinson) en lo que parecía un golpe certero para su carrera. Lo que nadie suponía es que los ingleses iban a tener la capacidad de sacar un disco como “Firepower” con críticas hiper positivas a lo largo del mundo, con la consecuente gira mundial para presentarlo.

En este sentido la introducción del show vino como una especie de amuleto llamado “War Pigs”, lo que hace pensar en Birmingham y en una especie acto fundacional del heavy metal. Sabbath y JP son de la misma oscura y opresiva ciudad inglesa aunque cueste creerlo. A partir de allí una enorme bandera cayó al piso y dio inicio a “Firepower” que además de ser el nombre del disco es una canción que transpira heavy metal por los poros. Veloz, ganchera, con voces agudas, incluye todo lo que el manual no escrito del género debería proponer.

“Running Wild” y la pesada “Grinder” fueron dos interesantes versiones actualizadas de clásicos que a la hora de “Sinner”,  “The Ripper” tomaron forma definitiva. Si decimos que la banda pasa por un gran momento el primer responsable es el despliegue de Halford quien luce un estado vocal envidiable. Si bien se acompaña de algunos efectos para favorecer sus virtudes vocales, lo que hizo en estas dos canciones fue sencillamente genial. En la primera manejó los climas a su antojo generando una versión intensa, extensa y pesada. En la segunda fue capaz de reproducir el dramatismo necesario para dar que uno crea que el destripador existe. Difícil no creerle.

A diferencia de lo que suele suceder normalmente las canciones del nuevo disco fueron festejadas como clásicos. Entonces “Lightning Strike” y “No Surrender” fueron cantadas a viva voz por los presentes y eso tiene una razón concreta: la banda es la que está convencida que esas canciones tienen tanta valía como los clásicos. En este punto, desde las violas la dupla Richie Faulkner – Andy Sneap (conocido productor que se sumó recientemente a JP) fue capaz de aportar intensidad, furia, precisión y velocidad a las canciones sin perder nunca el respeto por las versiones. Si bien las nuevas canciones son suyas, las versiones de los clásicos también lo fueron porque tanto en un caso como en el otro supieron entender lo que implica ocupar el puesto donde están. Sin miedo y con una valentía envidiable hacen que la actualidad de los ingleses luzca joven, vital y con futuro, algo poco frecuente para las bandas clásicas que suelen visitarnos.

Mucho de esto que decimos tuvo que ver en las enormes versiones de “Desert Plains” y “Turbo Lover”. La primera fue bien pesada, machacante y densa. La segunda fue una de las más festejadas de la noche e hizo mover a todo el estadio algo que continuo con una rockerísima versión de “The Green Manalishi (With the Two Prong Crown)” el cover de Fleetwood Mac  a esta altura hecho propio.

“Night Comes Down” fue un medio tiempo denso y con aire de blusero que permitió descansar a la banda en un frenesí de potencia y velocidad que rápidamente volvió con increíbles versiones de “Rising From Ruins” y “Freewheel Burning” en la que fue admirable como Halford llegó a sus tonos más agudos. “You've Got Another Thing Comin”, otras de las bien rockeras y la metalera “Hell Bent for Leather” con Halford subido literalmente a la moto, fueron el preludio de “Painkiller” en otro de los momentos más rápidos y certeros de la noche. Fue en esta canción donde la vitalidad de Scott Travis tras la batería se percibió en toda su dimensiónJunto a la potente simpleza Ian Hill constituyen una verdadera pared sonora que sostiene lo que pasa en cada canción. Con un sonido impecable fue interesante ver como sus respectivos aportes, resaltan tanto en las canciones rápidas como en los medios tiempos. En cada una la impronta personal de cada quien se percibe con claridad y eso no es poco para una banda con tantos años en la ruta.

El triple bis con “The Hellion/Electric Eye” a la que se sumó “Breaking the Law” y “Living After Midnight” fue el cierre definitivo con la frase “The Priest will be back” en las pantallas y “We are the champions” sonando por los parlantes. ¿Volverán el año que viene a dar la vuelta por los 50 años? Esperemos verlos de nuevo. Su presente ansía futuro.

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